Traducción de Jorge Ferrer. Acantilado. Barcelona, 2025. 240 páginas. 20 €.
Por David Lorenzo Cardiel
El futuro es un mapa que recorremos a ciegas. Es Navidad, y miles de niños acuden a la Plaza Roja, en Moscú, a recoger un pequeño obsequio. Se trata de un diminuto dulce, una figura del Kremlin hecha de azúcar. Es el símbolo de la esperanza, de la oportunidad, de la nueva Rusia. Pero ¿qué nueva Rusia? ¿La de 1917, la de 1991? No, es el país en 2028. Y no es una imagen halagadora, precisamente.
Aunque los seres humanos, hoy por hoy, no podamos conocer por adelantado nuestro devenir inmediato, sí podemos aventurar algunos detalles gracias al análisis reflexivo. Por ejemplo, que la «inteligencia artificial» va a ocupar un lugar central como herramienta, y seguramente algo más, en los próximos años. También, que la robotización va a ganar terreno, como la deprimente doctrina transhumanista. Habrá intentos de colonizar definitivamente la espiritualidad, en modo Warhammer; habrá revueltas y obcecación. Habrá obediencia ciega, resistencia intelectual y popes que les insultarán en hologramas.
Pero la humanidad se jugará algo más importante que la supervivencia o la libertad, que son principios primarios y muy animales: sobre el tapete, pondremos como apuesta nuestra posibilidad de trascendencia. No porque haya riesgo de que las futuras máquinas decidan considerarnos obsoletos (algún riesgo, por modesto que se calcule, existirá), sino porque los seres humanos somos hijos e hijas de la infinitud, de la plenitud del cosmos, y estamos llamados a mirar más allá del hilado de átomos y del colapso sistemático de funciones de onda que definen el mundo macroscópico.
Dicho esto, el afamado escritor ruso Vladímir Sorokin ha construido en su nueva novela, El Kremlin de azúcar, publicada en castellano por el sello barcelonés Acantilado, un reflejo que mira más allá de Rusia y de su futuro. La Rusia que dibuja Sorokin es el mundo occidental que habrá de sobrevenirnos: una Segunda Edad Media entre la modernidad y alguna parte. La nueva sociedad que ya está configurándose mientras usted lee estas líneas estará compuesta por estratos sociales y jerarquías más marcadas. Pero la novela de Sorokin no es un oráculo, sino una obra de arte que, como sucede con las mejores y más lúcidas exquisiteces, son visionarias.
A través de las figurillas de azúcar, el autor construye una novela mordaz, inteligente y muy divertida, a ratos seria, vacía de prejuicios y colmada de una rabiosa modernidad. En El Kremlin de azúcar sobra talento: hay un rico y profundo elenco de personajes, de distintas funciones sociales; hay androides, hologramas, inteligencia artificial y una humanidad que no sabe bien cómo posicionarse en la nueva Rusia, que representa, en realidad, el nuevo mundo. Además, sitúa la trama imaginaria en el futuro inmediato, apenas dentro de poco más de dos años de distancia del presente. En un nivel más literal, la lectura de esta novela conduce a una crítica feroz de Rusia como Estado y país, en cierta manera, fallido o, al menos, falible. Todos los aspectos crudos del país en nuestros días quedan magnificados en una obra escrita a medio camino entre la destreza narrativa y el libreto teatral. El resultado es una novela de ritmo fresco, sumamente divertida y grata de leer. Y, por supuesto, profunda, sin pasarse del límite que obliga el arte por el arte.
¿Qué más quieren que les cuente sin desmigarles el argumento? Les invito a descubrir cada uno de los quince capítulos que componen esta trama, en mi parecer, deliciosa, brillante, a ratos descarada. Cuenta con el delicado trabajo de edición de Acantilado y un magnífico trabajo de traducción de parte de Jorge Ferrer. Lean esta joya, atrévanse a sumergirse en el futuro de una Rusia (y de un futuro inmediato) que, por suerte o por desgracia, puede parecerse a esta rutilante obra de ficción. Se divertirán, gozarán de su lectura y se llevarán un Kremlin de azúcar que se disolverá no en té o café, sino en sus mentes, repiqueteando feliz, a modo de recuerdo.