Opinión

Yannis Ritsos en invierno

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 25 de enero de 2026

El género literario es sólo un molde en el que cada uno intenta encajar lo que considera y entiende como adecuado con las supuestas características que lo conforman. Lo que queda de ello, la carcasa que pueda reciclarse para las invenciones de los que vengan después, es igual de fértil que el material que se puso a su disposición. La teoría pesa lo mismo que la práctica, pero con la segunda hay que conseguir que la primera se oculte, se haga muy poco perceptible, nada, para que el esfuerzo creativo no valga lo que una copia sobresaliente. Que cobre autonomía, que se refleje en lo que ya se ha hecho, sí, pero que marche también hacia adelante a pesar de que la previsión vaya siendo más y más borrosa.

Esta mañana, al comenzar a escribir estas líneas, apenas se veía más allá de unos cincuenta metros. Desde la terraza o cualquier parte que diera a la fachada, la niebla disponía sus algodones sucios por todo lo que a su paso fuera digno de ser tapado. Las aceras, los edificios sacando a sus habitantes a la rutina laboral. Si acaso, los coches eran los únicos que se escapaban y ofrecían pequeñas señales de guía con sus faros yéndose, apresurados, colorados. No eran tampoco ningún asidero. No se prodigaban los ruidos como lo harían durante cualquier otra mañana. No sería un inicio de año provechoso si no viniera cubierto de nieblas, el verdadero momento de paso, el ritual para dejar atrás el año pasado.

Ante esa libertad de movimiento, la poesía es el mejor pretexto para hacerse uno con el ambiente, para sumar a la distracción de lo climático un significado artístico y ver si casa bien con ese molde. Por intentarlo, que no sea.

El poeta griego Yannis Ritsos, recuperado progresivamente estos últimos años con las traducciones de Selma Ancira para la editorial Acantilado, ha sido el que me ha acompañado en el propósito de fundirme sin reparos en la cuestión atmosférica. ¿No se suele decir que toda la poesía es mística, que es himno, que es el racheado de sus imágenes lo que acaba dando sentido a la inteligencia y emoción que pretenden aliarse junto a las palabras? Altísimos vuelos pueden tomar estas consideraciones, no acabaríamos nunca.

Es mejor ceñirse a lo sentido tras la lectura de sus soliloquios La casa muerta, Sonata del claro de luna y Orestes, adecuados para estas fechas, aunque no sean las que se recreen en los textos respectivos, pero tanto da. En el primer caso, la confusión de dos hermanas en una casa abandonada por fantasmas y ensoñaciones literarias. En el segundo, el ruego de una mujer que ansía postergar la juventud, que permanece sorda e inmóvil ante el espejismo lunar que falsea el mundo. En el tercero, la asimilación del destino antes de ejecutar una venganza, pero acaba siendo más fascinante el canto, de nuevo, a los años juveniles, turbulentos.

Extraño, ¿verdad? La voz entrecortada de este héroe no quiere perdonar. La furia que lo rodea es alimentada, pero él quiere sustraerse, renunciar, liberarse. Igual que la mujer de Sonata…, igual que las hermanas de La casa…, han creído mejor la escapada hacia lo inalcanzable, más un punto vacío que un objetivo. No pueden ver más allá de su niebla. Allí siguen. Nosotros también.