El presidente de la comisión de investigación del accidente de Adamuz, Ignacio Barrón, dice que todo parece evidenciar que causa de la muerte de 45 viajeros ha sido la rotura, no tanto del carril, como de una soldadura. Quizá esta sacudida de los muertos que nos gritan es lo que da más valor aún a la necesidad de despertar cuanto antes, a esa voz interior dormida, domesticada, apagada y latente cuyo mutismo, en contraste con el griterío de la chusma política, solivianta la vida de los españoles.
Todo el dolor de los familiares que rodea la pérdida de estas personas sirve ahora de impulsión para la ira y el enfado, pero también su sangre inspira el espurio uso partidista, el funeral propagandístico, el luto como postureo… Qué asco dan nuestros representantes, cada día más. De ahí que padres y hermanos hayan dicho que el duelo lo llevarán por dentro, en casa, de puertas muy adentro, como se llevan estas cosas desde siempre, con la inquietud y la desazón vital que ocasiona ese nuevo vacío en sus vidas, que en algunas familias es múltiple. Parece que hoy día ya no podemos llorar a los muertos, sino solo celebrar sepelios institucionales, medidos, falsos…
La muerte de los cuarenta y cinco viajeros de los dos trenes es absurda y muchos la usan como valor excitativo, temerario, político, impregnada de una insolencia contumaz: la que prostituye todo lo que sale de ciertas bocas. Los tertulianos de los programas le quitan importancia, llegando a considerar algunos esta tragedia como “un tributo a la movilidad, a los muchos desplazamientos”. Lo que siente de avidez la madre o el padre, que ha sobrevivido a la muerte de sus hijos, se debe a que ha enloquecido de dolor, que necesita calmarse porque ha perdido la razón, y más que consuelo o indemnizaciones que el Estado buscará mínimas, esperan el regreso de sus muertos, verlos entrar por la puerta, que jamás hubiesen subido a los trenes de la muerte, los de la vía rota por la negligencia humana, el parche y la chapuza. La España política es el remiendo en las conciencias, sin el contrapeso ya de la rectitud moral: ventajas de la corrupción institucionalizada, amigos.
Digo que los heridos del alma y del cuerpo quieren reintegrarse al descanso y a la ordenación de esta muerte en vida que les queda y, si el engaño institucional llega, rebelarse como lo hace un resucitado que escapa de la Parca. En la víctima no hay más sumisión programada al argumentario del político, todo tiende a rebosar los límites de la paciencia. Descontada la vida, el capital de la muerte crece y la soltura y la superación de la contención aumentan. Lo que excentrificaba antes lo esencial –los valores, el sosiego, la paz, la empatía–, lo concentra todo en el llanto desgarrado y es exigencia y estímulo. Los muertos no piden explicaciones: exigen cambios radicales en este país, como el que han experimentado en contra de su voluntad. A esa cotización de la catástrofe como valor político al que nos están acostumbrando desde la pandemia mortífera de 2020, como valor antivital, hay que añadir otros nuevos “valores” que vienen a congestionar la capacidad de aguante de un pueblo y su vida actual, así también la aleación novísima de las nuevas tecnologías y la amoralidad de la clase dirigente. Se sustituye inmediatamente y sin problema a los que mueren, como ocurrió con los 130.000 fallecidos con el coronavirus o los ahogados de la dana. La muerte se presenta así con más rigor e insolencia que nunca y su palpitación de sangre es más convincente que muchos discursos tejidos de mentiras y falsas argumentaciones para salir del paso. Como si sucedieran muchas desgracias al mismo tiempo y hubiese infinitas vidas en cada minuto a punto de segarse. Una lumbrarada mortal mueve el tiempo presente y hemos pasado los últimos años en trance de superación del duelo. La muerte colectiva de Adamuz, a los pies de los travesaños, reclama ahora una meditación sobre la vida que queremos vivir en España, sobre qué vamos a exigir a nuestros gobernantes. Se lo debemos a los muertos, a nuestros muertos.