Óscar Puente va como Diógenes con una linterna de televisión en televisión a encontrar el responsable de Adamuz. Este tipo de farragosa búsqueda de responsabilidades en la huerta del vecino va desgastándose. Se inició en la pandemia cuando las huestes feministas fueron a celebrar una manifestación con guantes y mascarillas porque ya se conocía que el virus propagador era vorazmente contagioso y hubo que encerrar en sus casas a la ciudadanía pues era la responsable. Desde entonces, cuando el gobierno tiene que encontrar un culpable lo encuentra designándolo sin más. Al principio, era fácil, pero de tanto llover sobre el mismo piso se hace cada vez más complicado hallar al responsable.
El ministro Puente está habituado, lo ha aprendido de su patrón, a decidir quién tiene que ser el responsable para que sus correligionarios se lo crean y certificar, como en Paiporta, que el designado juega en equipo ajeno, nunca en el propio. En la dana los cauces que se llenan de matorrales y retienen el agua, resultaron inocentes y fue muy fácil averiguar que ha de forzarse a dimitir un tonto útil del PP para zanjar el asunto. Se cantó la misma palinodia durante los fuegos de verano, los montes no se limpian mientras los fuegos avanzan año tras año, pero como incendian comunidades donde no reinan los que gobiernan, se les atribuyó la competencia. Igual cuando, con el apagón, surgieron los sobresaltos de energía que las renovables producen y las nucleares compensan, pero quién lo diría, si la dogmática ideológica lo desecha, el responsable es la empresa, no la institución oficial creada para mantener la red eléctrica.
Lo ocurrido en Ademuz está resultando más farragoso para el ministro de Transportes. No se puede culpar al presidente Juanma Moreno, porque no tiene atribuciones sobre el estado de las vías férreas, su mantenimiento corresponde a la competencia ministerial. No se vaciló, un tren Iryo de fabricante privado tiene que ser el responsable mientras no se demuestre lo contrario. Demostrado lo contario en algún lugar hay un responsable oculto que trata de fugarse, un fragmento de vía que, ¡oh cielos!, procede de fabricante privado. El responsable encontrado es esquivo, porque ¿a quién corresponde la responsabilidad de comprobar si es o no idónea la marca de fábrica y la adjudicación del pliego de encargo? Entonces el responsable es la prensa insensata que hace la pregunta para encrespar a la ciudadanía y contribuir a un relato que no encaja en la retahíla de datos del relato de un informe oficial. El responsable es el relato de la prensa, que pone en duda el relato de datos del informe.
En el informe hay un dato que recuerda que el ministro de transportes griego dimitió cuando ocurrió una catástrofe en Grecia similar a la de Adamuz. Si alguien fuera ministro de Transporte sospecharía de la intención que se oculta en el dato. Si la responsabilidad la asume el presidente que lo hizo ministro, puede que el ministro quede amordazado. Si fuera forzado a dimitir por desgaste tampoco sería novedad. Ha venido ocurriendo cada vez que Sánchez se decide a asumir responsabilidades desgastadas. La fatiga de material se instaló en la mesa del gobierno desde antes de la corrupción florecida en la pandemia.
La catástrofe de Ademuz ha abierto otra vía de agua o de tren en sede gubernamental por donde circulan las mismas corrientes que inundaron Paiporta, cuando el presidente escondió su responsabilidad tras su guardia de corps para fingir que le habían aporreado ultras fascistoides disfrazados de vecinos. Como ya no cabe señalar a los ultras y no es posible apuntar al presidente de la comunidad ni a la torpe ciudadanía, se acusa de irresponsables a los datos, son encargados de subir la velocidad de un tren un día para que el ministerio la baje al siguiente. En la red ferroviaria más segura del mundo los datos no han visto durante una hora donde se ha perdido un tren.
Si el ciudadano tuviera memoria recordaría que ya van para ocho años los ministros de Transporte que han empleado sus presupuestos para ampliar nuevas vías que se puedan lucir en una inauguración electoralista, no para renovarlas por desgaste. Recordaría que, cuando no hay presupuestos porque no se tiene mayoría parlamentaria, tampoco hay presupuesto para mantener las vías, las carreteras y los demás servicios públicos. Son datos insignificantes porque no hablan por sí mismos en informes como los del gobierno. El equipo de información sincronizada que une a la Ser con TVE para airear el escándalo de Julio Iglesias, no dispone ya de tiempo para tapar los efectos de una ponzoña que se instaló hace mucho más de ocho años en un Peugeot 405, pues tiene su origen en el gobierno del ahora silencioso o silenciado Rodríguez Zapatero, hoy abrumado por las sospechas de colaboración con el chavismo corrupto, pero encargado de llevar al país a la quiebra, como oportunamente esconden los de Sumar cuando toca abrir la boca. La corrupción llega a tantos datos que hay que pasar por encima de todos, como el bogie que saltó del vagón del Iryo, para no tener que comprobar que Koldo patrocinó una de las empresas encargadas de restaurar las vías que no se restauran.
Sánchez asume la responsabilidad diciendo cosas más inverosímiles que los bulos que propaga la campaña de datos que tratan de camuflarle. La credibilidad gubernamental hace tanta mella como las encuestas del CIS dirigidas a asegurar que los electores socialistas mantengan la confianza en el equipo dirigente. El problema de la confianza procede de que, quienes creen cualquier cosa que diga Sánchez, como que “las víctimas van a contar siempre con el Gobierno”, es porque no son víctimas, sino porque, como el equipo de información, también ellos viven a costa de lo que el gobierno quita a las víctimas por su gestión.