Opinión

La locura del violentador

TRIBUNA

Carlos Díaz | Lunes 26 de enero de 2026

Por lo general resulta fácil acusar al psicópata de infractor inmisericorde de reglas. Cierto. De todos modos, habría que tener en cuenta que con/vivir es también un hecho relacional donde la destructividad dentro de ciertos límites tiene un valor positivo. Como siempre, el problema son los límites. Un periodista trataba de poner en aprietos a Borges: ¿En su país todavía hay caníbales? -Ya no, contestó Borges, el sabio ciego, nos los comimos a todos. Así que:

  • O el palo es superior al hombre, o el hombre es superior al palo.
  • No toda violencia, por el mero hecho de darse, es perversa. Construir a base de palos es destruir la identidad, por lo que no existe la menor posibilidad de superación del trauma. A veces no se define bien qué sea lo destructivo. Mantener un orden precario estancado es un mal síntoma de salud mental. También pasa por constructivo lo destructivo.
  • Nada impide que ella sea susceptible de gradación y de control.
  • Toda violencia es relacional, porque las palabras (o los silencios) son pares de palabras. A veces somos bombas de relojería cuando se activa la espoleta por cualquier nimiedad. Uno se lleva grandes sorpresas con las apariencias y con los entornos relacionales.
  • Quien se violenta a sí mismo violenta antes o después al tú que le acompaña pues todo yo (incluso el unipersonal) es yo-y-tú, según venimos repitiendo.
  • Por idéntico motivo, dada la unidualidad de cualquier relación, quien violenta al tú se violenta de algún modo a sí mismo.
  • A más abundamiento, el yo patológico daña a su entorno parental generando sufrimiento y amargura.
  • En consecuencia, el yo social remoto, es decir, la sociedad en general, es violento por los mismos motivos que lo son mi yo y los yoes de los míos. No es buena terapia la que ignora la raíz de las psicopatías, las cuales resurgen modificadas.
  • La actitud psicopática es inter/generacional, las atrocidades de las generaciones anteriores disparan las de las generaciones ulteriores. La génesis de la violencia psicopática atraviesa la historia de la humanidad.
  • Todas las violencias llevan al olvido de los valores humanos mismos, llegándose a una inversión axiológica tal, que lo malo parece bueno e incluso lo doblemente malo doblemente bueno. Entonces la cultura ha cavado su fosa, la civilización se ha tornado barbarie.
  • No basta con combatir la violencia egocéntrica pre/convencional, ni con frenar la violencia convencional familiar, hay que plantearse la cura pos/convencional: pacíficos todos para uno, pacífico uno para todos. No hay terapia que pueda saltarse este esfuerzo de “descentramiento del subjetivismo”.
  • Las terapias convencionales son miopes, parciales y yatrogénicas, pues introducen males mayores que aquellos que pretenden sanar.
  • La terapia permisiva de la violencia en general, rentable a corto plazo para los terapeutas buitres, no lo es para la humanidad.
  • Cuando no basta con devolver la agresividad, es lícita la violencia defensiva, pero no en su formato de paci/fanatismo, que es más de lo mismo. Ampliar la mente, ensanchar el corazón, purificar la mirada, com/padecer, reconstruir, restablecer vínculos cuando sea posible, perdonar, son las grandes palabras olvidadas terapéuticamente.
  • La superioridad psicológica se mide por la capacidad de hacer el bien y de luchar contra el mal. El problema es hallar algún tipo de concordia en torno a lo que sean el bien y el mal, dado el antagonismo entre conocimiento e interés.
  • Mientras tanto, con estos bueyes hay que labrar nuestro humus para deshacer los terrones apelotonados a lo largo de la historia del homo, una historia que lo es al mismo tiempo de humanidad y de inhumanidad.
  • La felicidad es una utopía necesaria en cuanto que lanzadera de la realidad, y no como mera fábrica de nubes donde los angelitos hacen pipí y tocan la lira. Sin ese horizonte esperanzado, la terapia fracasa antes de empezar.
  • No niego la necesidad de los calmantes, afirmo a su vez la necesidad de excitantes. El sano equilibrio terapéutico consistiría en ese equilibrio entre la homeostasis y la homeorresis.
  • A cada día le basta su afán. ¿Qué va a hacer usted hoy que no haya comenzado a hacer todavía?
  • Haga lo que haga y lo que no haga, que también es otra forma de hacer, take it easy, no pierda la calma que da el humor. Hoy por hoy, no hay mal que ciento cincuenta años dure, ni cuerpo que lo resista.
  • Hay en la naturaleza gluones, portadores de fuerza fuerte; piones, partículas mensajeras de la fuerza fuerte; bosones, portadores de fuerza débil, pero debilidad y fortaleza se conjugan en la siguiente invitación, que me parece de una extraordinaria agudeza psicológica: “amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os maltraten. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Da a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que los hombres os hagan, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a quienes los aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos”. Por lo demás, ¿cómo amar al prójimo odiándose a sí mismo? La fuerza bruta aún puede tolerarse, pero la razón bruta jamás.
  • En la primera salida que de su tierra hizo el Ingenioso Hidalgo comenzó a ser él mismo. Llegó a la venta un castrador de puercos y así como llegó sonó su silbato de cañas cuatro o cinco veces, con lo cual acabó de confirmar Don Quijote que estaba en algún famoso castillo, y que le servían con música, y que el abadejo era trucha, el pan, candeal, y las rameras, damas, y el ventero, castellano del castillo; y con esto daba por bien empleada su determinación y salida. Empero, lo que más le fatigaba era el no verse armado caballero todavía, por parecerle que no se podría poner legítimamente en aventura alguna sin recibir la orden de caballería. Nuestro buen Alonso Quijada, o Quesada, o Quejana, todo lo idealizaba. Asombra hoy leer el siguiente juicio de Ménendez Pidal en su Flor nueva de romances viejos (1938): “el extraño que recorre la Península debe traer en su maleta, según consejo de cierto viajero entendido, un Romancero y un Quijote, si quiere sentir y comprender bien el país que visita. Faltan todas las salidas por esos campos interminables de Utiel, que a muchos les parecerán salidas erradas por los cerros de Úbeda. Toparemos con los desalmados yangüeses, con el yelmo de Mambrino, con la pastora Marcela, con la hermosa Dorotea, sostendremos litispendencias con cabreros y disciplinantes, dialogaremos con el bachiller Sansón Carrasco y podremos sorprendernos viviendo extrañas aventuras con el bravo caballero de los Espejos, nos acaecerán extravagantes aventuras con el caballero del Verde Gabán y participaremos en las bodas de Camacho, nos haremos presentes en las galeras y en mil lugares parecidos, que el camino es largo y estrecha la ración, ars longa vita brevis.