Nos va a venir bien esto de la IA a los que nos dedicamos a la cosa artística. Igual que le vino bien a la pintura la fotografía, haciéndoles ver a los pintores que la gracia no está en reproducir la realidad tal como es, sino en revelar lo que está oculto para la mayoría de los mortales.
La IA viene a esto mismo: a hacernos reflexionar. Sirve a los artistas para que se planteen qué es lo que ellos pueden aportar ante este gigante. ¿Acaso es el arte una combinación de lo que hicieron otros y nada más?, ¿eso es todo? Porque eso es precisamente lo que hace la IA: volver y volver sobre lo mismo. La IA es el epígono más perfecto de todos. Y si no lo es aún, le queda muy poco para serlo. Porque un epígono hace exactamente lo mismo que la IA hace: utilizar toda la información almacenada para hacer una copia. Con la salvedad —por eso ahí no tenemos nada que hacer— de que José Luis no puede conservar tantos datos como ChatGPT. Moriremos sin haber leído todos los buenos libros del mundo. Pero la IA no; la IA se lo ha leído todo. La IA es el niño empollón que te da un poquito de coraje. Ese niño repipi que hoy diríamos que tiene altas capacidades y que no sorprende a los adultos por su originalidad, sino por su prodigiosa capacidad memorística. O lo que es lo mismo: por ser un perfecto papagayo.
La IA nos hace reflexionar de que ahí no está la gracia. La gracia está en lo original, lo inesperado, lo genuino que surge y pasa a formar parte de lo que consideramos arte. Está muy bien ser un gran conocedor de las formas; pero se corre el riesgo de entender que eso que has leído y has visto es todo. El riesgo de que ahí termine el arte. Hay quienes consiguieron grandes cosas sin tener ni idea de nada. Así empezó a rodar Orson Welles y le salió Ciudadano Kane. Nada mal.
Pero no pretendo decir que, tras la venida de la IA, hay que dejar de leer y de formarse. Para nada. Pero hay que entender que no se puede repetir y caer en la referencialidad extrema. De eso ha pecado últimamente el arte. Y no poco. Se me ocurren decenas y decenas de libros y discos que adolecen de esto. Sin ir más lejos, el último fenómeno editorial: La península de las casas vacías de David Uclés. Cojo un poco de guerra civil, lo que ya habíamos visto en innumerables ocasiones, le ponemos un poco de realismo mágico, lo pasamos por la túrmix y tachán: un libro olvidable. Y es por eso: porque hay una extrema conciencia de lo que se estaba haciendo. ¿Os imagináis a Gabriel García Márquez ahí, en su estudio, haciendo como el doctor que creó a las Supernenas: un poquito de azúcar por aquí, otro poquito de especias y muchas cosas bonitas? Claro que no. Y en esto han caído C. Tangana con su El madrileño o Rosalía con El mal querer. “Pues me he leído una novela del siglo XIII y tal, escrita en occitano antiguo, y he tomado esa estructura para el disco; en cuanto al sonido, he cogido el flamenco de toda la vida, le he metido un poquito de electrónica, blablablá…”. Lo de desconocer, dejarse llevar, el instinto, las tripas… ya tal.
Pero no todos los artistas han caído en el error de convertirse en IAs. Otros se han dado cuenta de lo que supone este invento. Como Albert Serra, que demostró tenerlo todo muy claro, cuando el pasado 24 de enero, en la Gala de los Premios Feroz, fue a recoger el Premio Arrebato de no ficción por su película Tardes de soledad: “Aquí han salido varios temas esta noche de que si uno copiaba a uno o que si se repetía o no sé qué. Y todo ahora es esto de acumular data: collect data. Pues en esta película mi actitud fue lo contrario: delete data”. Esta es la lección que nos enseña la IA, artistas: que nos toca olvidar un poco, borrar datos, delete data, hacer en cierto modo tabula rasa para evitar ser en exceso sabiondos a la hora de crear. Es esto o ya sabéis lo que hará la IA: delete artists.