Cultura

Sirãt: una fábula visual nominada a dos Óscar merecidos

Fotograma de 'Sirat', de Oliver Laxe. (Foto: EFE).

CRÍTICA DE CINE

Joaquín del Palacio | Jueves 29 de enero de 2026

Oliver Laxe es un director que en poco tiempo se ha ganado un espacio importante en el disputado mundo del cine gracias tanto a sus películas, como a su facha y discurso, que le han convertido en todo un personaje que por momentos trasciende a su creación… ¿O quizá el discurso y el aspecto son parte de la creación? No digo esto para quitarle valor ni mucho menos, es un indiscutible gran director/creador y en Sirãt nos mece y agita con historias conmovedoras, y lo hace además con ritmo, luz, paisajes, vida, muerte y muchas metáforas sensoriales cuyo significado cada espectador debe replantearse. De inicio es un extraño canto a la libertad que deja de serlo conforme adviertes que los piojosos en realidad no son libres, son rehenes de una vida que solo es huida o trance y que, pese al buen rollo, esa huida tiene una última melodía que nos llevará a traspasar el puente.

La Rave

Siempre que contemplo el mundo de los hippies drogados bailando como zombis me pregunto qué hacen el resto de sus vidas. ¿Cómo consiguen dinero para gasolina, comida o incluso sus drogas ¿Acaso son todos ellos rentistas que han renunciado a la comodidad burguesa para llenarse de mugre hasta la última capa de sus pieles tatuadas y enrojecidas? Porque entiendo que bajo esa apariencia de libertad se encierran muchas micro ataduras que deben hacerles la vida muy incómoda, y no creo que el simple acto de fumarse un porro las haga desaparecer como si por arte de magia dejaran de existir. Mejor sería una ducha. En todo caso, Sirãt comienza con un padre (Sergi López) que busca a su hija en medio de una especie de Rave en el desierto marroquí. Y lo hace en compañía de su hijo pequeño. El comienzo es fulgurante, con un paisaje grandioso, un cortado rojizo fotografiado con pericia sublime, y acompañado de música techno donde un grupo de raveros lo dan todo, como si no hubiera un mañana. Para los no entendidos —como quien escribe estas líneas—, una rave es una fiesta de música electrónica, clandestina, autogestionada y de larga duración (a veces varios días). Se baila intensamente bajo la guía de un DJ que busca el trance general. A menudo usan luces estroboscópicas, suelen celebrarse en lugares abandonados o rurales como desiertos, enfocándose en la comunidad y el baile más como algo trascendente que como diversión.

Si algo tiene esta película es su realismo fílmico, cebado con metáforas y efectos que nos hacen sentir que estamos dentro de ese universo, siendo espectadores no de una película sino de un concepto sensorial, y ese concepto es el tránsito entre la vida y la muerte que a todos nos espera en alguna parte, pese a la fiesta que supuso nuestra existencia previa. De tan cerca que estamos casi nos llega el olor a sudor y a aliento cósmico que se estila en ese tipo de eventos. Luego, en plena mística del desierto, aparecen los militares marroquíes en pie de guerra y expulsan a nuestros esforzados bailarines. A partir de aquí comienza una road movie en toda regla en busca de otra fiesta en un nuevo desierto junto a Mauritania, en una especie de caravana a lo Mad Max con desenlace que os ahorro, pues no creo que destripar una película recién estrenada sea mi cometido.

El rodaje

La película está rodada en Teruel en esa primera fiesta inicial y luego en Marruecos, país en el que Laxe vivió diez años. Los dos actores principales son el mencionado López y su hijo Esteban (Bruno Núñez) acompañados de un grupo de fiesteros profesionales que hacen de sí mismos, la mayoría de ellos franceses. Esto de la rave es muy internacional porque allí no se habla, solo se baila y se trasciende en una liturgia que vista desde fuera más que religiosa parece un baile de muecas con un punto depresivo. Las nacionalidades e idiomas son, por tanto, irrelevantes en ese circo sin palabras. Me pregunto qué sería estar allí de verdad, lleno de químicos y con esa música que sin duda tiene algo místico. Todo es probar en la vida.

Esa fealdad trufada de buen rollismo nos lleva por vericuetos extraños donde varios de nuestros compañeros son además tullidos que nada nos cuentan de sus vidas. Entiendo que no es casual, y que es parte de esa puesta en escena en la que Laxe nos introduce ciertos conceptos visuales como parte del argumento. Porque el cine de este autor huye de la representación literaria y busca únicamente sensaciones, imágenes, sonidos, fotografías, estéticas, texturas. Es más poesía que narrativa. Sin duda necesita una historia, y la tiene, pero no es suficiente, no se conforma y va más allá. Reconozco que no soy fan del personaje, pero esta peli me ha gustado mucho más de lo que me esperaba. Es un peliculón extraño, nada convencional pero merecedor del premio del jurado en Cannes ganado el año pasado y también del Óscar a la mejor película extranjera y al mejor sonido.

Sirãt son dos películas en una, con una transición en forma de camino sensorial, y con un giro de guion impredecible que nos deja descolocados. Culmina con un final que hace honor a su título y concepto: «Sirãt es un puente sobre el infierno que las almas deben cruzar el día de la resurrección para llegar al paraíso».

La música

Laxe nos introduce durante todo el recorrido una música que antes de ver la película calificaría de machacona, pero después de verla entiendo que es el ritmo más adecuado de todos los posibles para acompañarnos en ese viaje. Es una música que complementa y sublima las imágenes, se fusiona con ellas de manera orgánica se convierte en parte de la narración creando una experiencia inmersiva. Compuesta por el Dj francés David Lettelier (Kangding Ray) que además hace de sí mismo y sale en la fiesta inicial pinchando como sumo sacerdote de esa misa química, la música es uno de los elementos más importantes de esta película y se creó y desarrolló en cooperación con el director para que cada escena tuviera su ritmo exacto. Es especialmente delicada en el tramo final, antes del hipotético Sirät religioso. Os aseguro —y lo digo en plenas facultades mentales y con una química reducida a un café con leche de soja— que la música, el ambiente, la luz y la coreografía del momento me hicieron entrar en un cierto trance también a mí como espectador. Pero tranquilos, ya pasó y estoy bien.

Otro aspecto de esa fealdad tan inherente al retrato sensorial es que los fiesteros, que son todos ellos auténticos y no actores profesionales, tiene edades muy indeterminadas debido al deterioro físico y mental que suponen esas fiestas de varios días en las que se desayuna revuelto de peyote, se merienda pastel de hachís y se cena sándwich de mescalina sin pan. Es decir, no comen, no duermen, y probablemente tampoco copulan. Vida, baile, muerte y trance son parte de un camino del que no conocemos ni las curvas ni los baches que nos llevarán a destino. Solo conocemos el final de ese baile que sabemos no será eterno.

La esencia

Sirãt es una película no solo original sino única. Laxe nos confunde con su propuesta y nos muestra cosas que tienen un significado para él, pero que como espectadores no podemos llegar a entender del todo a no ser que utilicemos la química de sus protagonistas. Un elemento fundamental y autentico de ese grupo de personas es la desconexión. Si en la vida real ya están desconectados de la realidad, incluso de la propia mediante ausencia de pensamiento, estupefacientes varios y funciones fisiológicas reducidas a su mínima expresión, durante este viaje se supone que comienza la Tercera Guerra Mundial y cuando perciben en la radio noticias molestas sobre ese tema, ajenas a su motivación, la apagan sin más, y no comentan nada. Es una especie de apocalipsis invisible y silencioso, perceptible para el espectador pero no para ellos. Es decir, en medio del desierto hay una desconexión absoluta con todos los aspectos de la vida excepto con ellos mismo, que operan como dendritas dentro de un extraño orden natural. La inteligencia ha desaparecido, pero la suma de voluntades erráticas mueve el circo en el que conviven hacia una nueva fiesta en ninguna parte, en la nada. Y en esa nada está todo. Están unos paisajes que son parte de la propia historia, están los muñones para recordarnos la fragilidad humana, está la liturgia incomprensible para los no iniciados, está la música que nos transporta entre las sucesivas tormentas y estamos nosotros, los espectadores, que asistimos a esa fiesta sin haber sido invitados, con la sensación de colarnos y ser testigos, atorados por una marea de sensaciones.