Opinión

Variados ejemplos de la avidez poética

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 01 de febrero de 2026

Desde los pasos de un petirrojo hasta los que uno pueda dar por un bosque a solas, el poema sabrá captar el bullicio de esos movimientos, insignificantes si se tiene en cuenta la grandeza del mundo, pero vitales para el que los mira con pudor de acercarse a su significado, a su efecto que dé al traste o magnifique. Que nos deje embobados con su preservación. El escritor y poeta Manuel Astur quiso hacer hincapié, valiendo la redundancia, con su libro El fruto siempre verde, en esos casos de actitud lírica, de tópico, elección o mirada, como se prefiera, que rescatan la hermosura de los elementos naturales y cotidianos. La poesía china es la clorofila que recorre los versos de Astur, cruzándose a veces con una herencia imagista: ‘La hierba está tan crecida y verde/ tan fresca como las moras a la sombra/ un día de verano/ puedo sentir sus mil lenguas en mi espalda/ el mundo todo es sol/ el vacío está tras mis párpados’, dice en el titulado Se levanta el telón. Un consejo materno de poda de un cinamomo del que dependerá su florecimiento anual o no, se mezcla con los homenajes a los familiares muertos, al vacío casero que dejan y al que uno debe enfrentarse desde la serenidad. Entre medias, una voz poética, a veces naif, que cultiva la pequeñez sin desmerecer la trascendencia, lo sencillo que se alía con la gravedad en la descripción de la lluvia cayendo o la conversación ante una tumba y el cielo de fondo desdibujado.

En páginas paralelas a las emociones recogidas en el anterior párrafo, podríamos situar el nuevo libro del aforista y poeta Carlos G. Munté. En Las horas terribles, eso de la trascendencia es un cuento que se transmite —muchas veces inapropiadamente— a los poetas que más desean serlo, y Munté lo es no porque atienda a llamados de la sangre y encendidas sacudidas del alma, lo es porque no puede remediarlo. En sus escritos, la poesía está, más propensa a los lirismos o a su versión abreviada aforística, pero es reacia a levantar el más mínimo cántico. De hecho, ahí reside su potencial, en lo que sí pueda considerarse propiamente como ‘mínimo’. Un cuerpo femenino saliendo de la ducha, decir en voz alta el nombre de un hijo, un cigarrillo que se consume. Sin más vuelta filosófica, los versos de Munté indican que ha sabido llegar a un sentido ascético-estético y una mirada que se debaten entre el sarcasmo, la doliente ilusión y el pesimismo que acaba pasando, porque todo pasa y no somos tan importantes. La poesía tampoco, pero ahí continúa resurgiendo. Demasiados subrayados en las obsesiones de algunos poemas aminoran ese leve aleteo que consiguen otros, como Todo esto es mío o Caminos del deseo, donde se pierde ese temor a hacer literatura y la aspereza no impide un desenfado mejor humorado.

Si lo que ocurre en la vida es suficiente como motivo de inspiración respecto a lo mencionado líneas más arriba, la vida en sí puede ser tanto o más apasionante si es repasada desde el primer al último momento. Lo exhaustivamente documentada y narrada que se nos cuenta la del poeta Ángel Guinda se debe a una firma habitual del género de memorias, J. Benito Fernández. Las claves de lo oscuro. Biografía de Ángel Guinda, me acompañó en las semanas del pasado diciembre y no pudo dar más sentido a la palabra ‘avidez’ y no pudo descubrirme con mayor alegría una obra —reeditada en un solo volumen por Olifante— y un autor que desconocía y con el que guardaba ciertas similitudes vitales. Gracias a la escritura puntillosa de Fernández, el lector llega a sumarse a todos los viajes, las publicaciones, las cartas y postales enviadas y remitidas, las celebraciones con los amigos, los exabruptos y los aciertos y la genialidad verbal que dominaron los días y los poemas de Guinda. Un recuerdo que se vuelve presente y aviva los versos de su libro más famoso, Vida ávida: ‘Tú, que interpretas los ojos del suicida/ en su belleza plena de renunciamiento,/ haz del corazón una taberna abierta/ de luna a sol a todos los que sufren,/ buscadores de estrellas en un pozo de cieno./ Y a la vida agresiva agrédele’.