Silogismo bicornuto: “te digo la verdad, te estoy mintiendo”, o “te digo mentira, te estoy diciendo la verdad”. Ambas formas de defender la dizque verdad no pasan del cantinfleo. Como andamos con la ambigüedad de sus verdades a medias y con sus medias mentiras, todos tan contentos por dentro como disconformes por fuera. Proclamar verdad alguna sería como darle de golpe cuatro litros de agua helada al náufrago que en alta mar ha pasado sin beber una semana: reventaría, no podría soportarlo. A la verdad la pones en una escalera y no sabes si sube o si baja, como en las parodias de Fray Gerundio de Campazas. Preferimos regresar a casa cum scuto aunque sea mintiendo, antes que volver a ella supra scutum por haber dicho la verdad sin arrugarse.
El error también miente, pues dada su ignorancia, culpable o inocente, al fin y al cabo, tampoco da él con la verdad. Escudarse en la ignorancia para mejor disculparse viene a ser un arte sofisticado. En los países latinoamericanos, y no solamente en ellos, llevados desde la Conquista por su necesidad de responder lo que fuere al colonizador, aunque no sepan qué decir, por temor a ser castigados si callan. Mejor callar que desorientar, decía Baltasar Gracián.
Tenémosle sobre todo un espantoso horror a la verdad cuando ella amenaza con tirar de la manta, y entonces Quinto se levanta y huye al Tibet, a Portugal, o a Kuwait, buen refugio para pecadores. Hay que mucho sujetarse los machos para poder afrontar los pitones de la verdad a cuerpo torero sobre el albero del ruedo, razón por la cual nos encontramos dispuestos a culpar incluso al lucero del alba por su claridad lumínica cuando necesitamos oscuridad: entonces tú eres el toro que mató a Manolete. Hasta Sócrates fue cabeza de turco para los satíricos envidiosos como Aristófanes, que en su libro Las nubes no pone al maestro de maestros precisamente por las nubes pese a su eximia dignidad.
Las verdades a medias, por muchas que fueren, suman una verdad entera, por lo cual, y contando con la ajena complicidad, nosotros ponemos la mitad de la verdad a fin de que el otro se imagine la otra media, algo que merecería la calificación académica de cambalache críptico con olor a algo podrido en Dinamarca. Hoy por ti, mañana por mí: “en Jaén, donde resido, /vive don Lope de Sosa, /y direte, Inés, la cosa / más brava de que has oído. /Si es o no invención moderna,/ vive Dios que no lo sé; /pero delicada fue/ la invención de la taberna”. Mester de clerecía unas veces, mester de progresía otras, siempre al final Asunción, échale vinillo al porrón. De los más penosos pillos es propia la versificación totalmente regular, en cuatro estrofas, de versos alejandrinos con cesura en la sílaba séptima, y de rima consonante, los tetrástrofos monorrimos, nueva manera de versificar de la cual se jacta el mentiroso: “Quiero fer una prosa en román paladino, / en cual suele el pueblo fablar a su vecino, / ca non so tan letrado por fer otro latino, / bien valdrá, commo creo, un vaso de bon vino”.
Por otra parte, la prudencia del pusilánime cae en la cobardía. ¿La verdad? Yo nada vi, yo nada oí, busquen a otro; en realidad no hay que exagerar, él solamente la mató un poquito porque era suya, pero llevando ella una minifalda semejante no se puede juzgar con dureza al asesino. Nunca las verdades son aquí verdades fuertes, total para qué si vamos a morirnos, aunque sea de tedio. Los pusilánimes no prefieren una cólera impura antes que una resignación indiferente, maestro Gandhi, se entregan a los juegos yóguicos y tántricos para reblandecer la potencia veritativa y así tragarla mejor.
En la plaza contigua a ésta existe un mercadillo barato donde se compra y se vende también escepticismo a dos reales. Si el escepticismo es por amor a la verdad, y si no hay más remedio, bueno, qué le vamos a hacer, aunque siempre me pareció arrogante creer saber de forma negativa lo que los demás no saben de forma afirmativa, pero también despectivo; cuando proclama que nada existe, que si existiera no sería cognoscible, y si existiera y fuera cognoscible resultaría incomunicable, me parece que el gato con botas de siete leguas está haciendo un flaco favor cognoscitivo al marqués de Carabás, convertido de tal guisa en una cotorra por enfatizar cuanto ignora.
Y lo siento mucho más por mi poeta favorito con su no querer decirme su verdad, expulsándome brutalmente de la coeundia que propone, porque al mismo tiempo que la suya rechaza también la verdad mía: “la tuya guárdatela”. En ese momento prefiero al romancero clásico: “yo no digo mi canción, sino a quien conmigo va”.
La verdad, esté donde esté si es que está, o incluso aunque no la encontrásemos, habríamos de seguir buscándola, porque siempre será verdad que se busca y, aunque la hubiésemos hallado, continuamente está mostrándonos nuevas perspectivas. A quienes insisten en por qué seguir buscándola, yo suelo responderles: ¿y por qué no? La verdad es un deseo irrefrenable, y por ello mismo del estilo de las verdades a las que se refiere la dialéctica trascendental kantiana. Más aún, aunque Dios no existiera, la búsqueda de la verdad seguiría siendo una obligación por dignidad humana. Aunque no haya razones para la verdad, necesitamos la verdad por honor a la verdad misma. Si la verdad no existiera, habría que inventarla.
De nada sirve dejar enfriar la mentira porque la verdad dañina en caliente queme sin cauterizar, aunque en ocasiones pueda resultar necesario dar su espacio al tiempo para que éste sitúe las cosas en su real espacio, pues -así como una justicia tardía es una injusticia-, así también una verdad a la que se aplica durante demasiado tiempo la ley de hielo termina por ser una mentira. Y eso, aunque la verdad pueda doler más que la mentira; aun cuando la mentira proferida tuviese la intención de consolar. Difícilmente la verdad está exenta de causar daño, ella enemistará a padres e hijos, a hermanos y a hermanas poniendo acechanzas contra todos.
De nada sirve que los integristas afirmen que “lo bueno es íntegramente y sin defecto alguno y lo malo es íntegramente malo”, sobre todo si atendemos a que no pocas veces verdad y mentira se encuentran tan entrelazadas que, aun no siendo lo mismo, se parecen entre ellas como gemelas univitelinas. En esas situaciones solemos creer lo que nos dice la persona de la cual nos fiamos pase lo que pase. En eso radica la preferencia de la certeza sobre la verdad. La verdad es más verdad si nos la dice un amigo verdadero, aquel que bien nos relame.
Y ¿quién no mentiría por salvar la vida?, ¿quién estaría hoy de acuerdo con Kant en que ni siquiera por salvar la vida a un inocente cualquiera sería ilícito mentir por altruismo? Sin embargo, para la persona decente, el mentir mismo es ya un infierno, y la máxima injusticia del justo consiste en cometer él mismo la injusticia.
Había tres géneros literarios, épico, lírico y dramático. Pero pocos valorarán ese empeño y te dirán que estás convirtiendo la verdad en un sermonazo: “Prepararon las bodas, tomaron bendiciones, / todos hacían por ellos las preces y oraciones; / hicieron tantas fiestas y tan grandes funciones/ que no pueden contarse ni en charlas ni en sermones”. Pero, si existe, la verdad tiene que ser más sencilla. No me parece, con todo, de recibo aquello de in vino veritas, aunque hasta el mismísimo Kierkegaard, el hombre más amargado y enemistado con la historia que conozco, escribiese sobre su propia chepa un libro de título homónimo, La verdad está en el vino. Mucho vino habría que tomar, pero entonces, cuanto más, peor.
Si existiera una verdad objetivamente demostrable sabríamos al menos a qué atenernos, pero todas las teorías relativas a la verdad dicen mentira, o al menos no existe ni existió nunca ninguna teoría filosófica que a todos convenciera, tantas cabezas tantas sentencias, tantos librillos tantos maestrillos. Al final aquí estamos con las manos en la masa, como si nada hubiera sido merecedor de verdad o de mentira, sino según la color del cristal con que se mira: “mi padre tenía un estupendo bigote negro que se echaba para abajo. Según cuentan, cuando joven le tiraban las guías para arriba, pero, desde que estuvo en la cárcel, se le arruinó la prestancia, se le ablandó la fuerza del bigote, y ya para abajo hubo de llevarlo hasta el sepulcro” .
Lo que no puede faltar es el humor en cuanto que aceptación de la propia finitud, especialmente cuando padecemos manías y rituales neuróticos: “el niño Raúl, preocupado por sus orejas, pasaba largos baches de tristeza y de depresión. -¿Qué te pasa, por qué estás con esa cara?, le decía su padre a la hora de comer. -Nada, lo de las orejas, contestaba el niño Raúl con el mirar perdido. El niño Raúl, a fuerza de mucho pensar, descubrió que la mejor manera de medir las orejas era con la mano, cogiéndolas entre dos dedos, las dos al mismo tiempo y llevando la medida a pulso un momento por
el aire -¡por un momentito no había de variar! - para ver si casaban o no casaban. Lo malo del nuevo procedimiento fue que, contra todos los pronósticos, no resultaba de gran precisión, y la oreja izquierda, por ejemplo, tan pronto aparecía más grande como más pequeña que la oreja derecha. ¡Aquello era para volverse loco! El niño Raúl empezó a prodigar las mediciones, a ver si conseguía salir de dudas, y hubo días -días excepcionales, días de suerte y aplicación, días radiantes- en que llegó a medir las orejas tres mil veces. Los movimientos del niño Raúl para medirse las orejas eran ya automáticos, eran ya unos movimientos casi reflejos, y el niño Raúl llegó a tal grado de perfección, que se medía las orejas como hacía la digestión, o como le crecían el pelo y las uñas, o como crecía todo él, que era un niño larguirucho, desangelado, desgarbado”.
En fin, que si supiésemos conjugar verdad y humor seríamos más capaces de compasión, ya fuese el nuestro mester de clerecía, de joglaría, o de caballería: “mester y trago fermoso, non es de joglaria;/ mester es sen pecado, ca es de clerecía;/ fablar curso rimado por la cuaderna vía/ a silavas cuntadas ca es grant maestría”.