Opinión

¿Cuánto tiempo tiene el Tiempo?

TRIBUNA

M. Álvarez | Jueves 05 de febrero de 2026
(De la razón mítica a la mítica de la razón)

Este título y subtítulo no son una simple redundancia, ni un juego de palabras, ni una ocurrencia retórica. Simplemente son una revelación del propio enigma que se nombra: la intuición de que lo mítico es el “gen” del Tiempo, su génesis, su textura.

Como artículo de opinión, no trata de demostrar, sino de mostrar, cosa que, en mi opinión, es más que lo demostrable, pues la opinión es raíz y horizonte abierto en todo saber. No es la mera subjetivación de lo objetivo, sino también la objetivación de lo subjetivo. Separar ambas dimensiones resulta imposible, aunque muchos opinen lo contrario.

Este ensayo, situado entre filosofía y antropología del sentido, traza un recorrido desde los tiempos de la razón mítica —aquella que narraba el mundo sin disecarlo— hasta los actuales tiempos de la mítica de la razón, la forma actual del pensamiento que, al absolutizarse ha creado sus propios mitos. En ese tránsito se revela una paradoja: el hombre moderno al creerse emancipado del mito, se ha vuelto su rehén más sofisticado.

Al principio de los tiempos del ser humano, la razón mítica —actitud originaria de la razón— no busca demostrar, no explica, no argumenta: “narra” en relatos imaginarios no arbitrarios el sentido de la realidad con intención de verdad, por lo cual no deben confundirse con la invención, la fábula, el cuento o la leyenda. Y al narrar, revela en imágenes, gestos y sonidos lo que la mente aún no puede apresar ni expresar en conceptos. Ese hombre primitivo se enfrenta a la realidad en estado virgen. Aún no la ha procesado ni adulterado. Aún no la ha nombrado, ni objetivado. La vida en sí, es su única realidad.

La realidad, en su hondura, no se deja decir: se deja entrever. Ha tenido que transcurrir mucho tiempo para que la razón cuántica, en su rigor extremo, nos muestre su propia discreción al verse obligada a cuantizarla.

El mito nos remonta al origen de todo, a ese instante sin instante en que el tiempo aún no era tiempo, donde la creación no había sido pronunciada y la conciencia no había despertado de sí misma. Allí donde el “antes” y el “después” todavía no se habían separado, cielo y tierra se confunden, lo divino se naturaliza y la naturaleza se diviniza. El mito no separa: integra. Une lo que la razón analítica disgregará más tarde. Su estructura es circular, no lineal; su lógica, simbólica, no formal.

En ese sentido, el mito es el espejo primordial del tiempo. No transcurre, retorna. Es el ritmo de lo sagrado que inaugura toda historia posible. Si la biología tiene su “ADN” en el núcleo de su esencia, el tiempo tiene su “mítica”. Su código es simbólico, y su expresión histórica, expresión fenoménica, lleva siempre impreso ese gen de eternidad. De ahí su circularidad y su aparente sentido de infinitud. Así, la historia humana, por más racional y tecnológica que se pretenda, sigue respirando dentro de un tiempo mítico.

Nació en él y de él no puede emanciparse sin perder su alma. Lo mítico es su horma. Quien crea que la ciencia o la técnica pueden liberar al ser humano de esa matriz simbólica no solo se equivoca, sino que se miente a sí mismo: lo mítico no desaparece, se transforma. Persiste bajo otros nombres, adopta nuevos ropajes, pero sigue ahí, alimentando nuestra necesidad de sentido. Desprendernos del mito sería como arrancar las raíces del árbol sin matar el árbol mismo.

En los pueblos ágrafos, la actividad mitopoiética era un acto integral: un modo de ser, de habitar el mundo, de experimentar el sentido de la vida. El ser humano y el cosmos no estaban separados: eran una misma realidad respirando en dos modos distintos. El mito unía donde la modernidad divide. Era conocimiento y celebración, ciencia y poesía, rito y palabra, todo al mismo tiempo.

En ese mundo originario, el pasado no quedaba atrás: no se repetía, se revivía. Cada generación actualizaba el comienzo del tiempo. Revivir el mito era recrear el origen, recrear el vínculo con lo sagrado. En su circularidad, el tiempo mítico no conoce progreso ni decadencia, sino renovación, recreación novedosa: un eterno presente donde lo que fue y lo que será se confunden renovadamente en el ahora sagrado, en un ahora que engloba todo pasado y todo futuro en un presente latente que escapa a toda entropía.

El mito, por tanto, no es una fábula del pasado, sino la memoria viva del sentido. En él, la humanidad se contempla como en un espejo anterior a su propio rostro. Y esa mirada fundacional continúa, aunque la razón moderna haya querido sustituirla por la linealidad del calendario y por un progreso que, más que progreso, es escapismo.

Hoy vivimos, sin saberlo, bajo la herencia de esa estructura mítica: seguimos buscando orígenes y fines, seguimos repitiendo narraciones de redención, seguimos creyendo en el progreso como si fuera una nueva forma de salvación. Hemos sustituido a los dioses por las ideas, a los héroes por los científicos y al destino por la causalidad. Pero la gramática del relato no ha cambiado: seguimos contando el tiempo en clave de mito. La razón, al absolutizarse, se ha convertido en una nueva mitología: la mítica de la razón.

Así, lo que antes fue razón mítica —el mito que daba sentido a la razón— se ha invertido. Hoy es la razón la que genera sus propios mitos: el mito del progreso indefinido, el mito del control absoluto, el mito de la objetividad sin sujeto, el mito de la longevidad en un tiempo sin fin. Pero, como todo mito, también estos reclaman fe, devoción y sacrificios con ofrendas incluidas, incluso más exigentes que las ofrecidas cuando lo mítico aún no era razonable. La ciencia moderna, con su lenguaje de certezas, no ha abolido el mito: lo ha racionalizado. Su relato cósmico —desde el Big Bang hasta el colapso térmico del universo— es, en el fondo, un mito revestido de ecuaciones.

El tiempo histórico —ese tiempo de relojes, agendas y mediciones— es solo la sombra del tiempo originario. Lo hemos despojado de misterio para convertirlo en magnitud. Pero al hacerlo, hemos perdido su alma. Porque el tiempo no es solo duración: es presencia. No solo cronología: es conciencia. El verdadero tiempo no transcurre fuera de nosotros, sino en nosotros. Lo que llamamos “pasado” vive en la memoria; lo que llamamos “futuro” habita en la esperanza; y el presente —ese fugitivo imposible de atrapar— es el umbral donde ambos se tocan, donde ambos cobran presencia.

Por eso el mito sigue actuando como una fuerza interior de recomposición: busca reunir lo que la razón fragmenta, devolver unidad a lo que la conciencia analítica dispersa. En su lenguaje simbólico, el mito dice lo que la razón calla: que el sentido del tiempo no está en su duración, sino en su orientación. El tiempo tiene tiempo mientras tenga sentido. Cuando el sentido se pierde, el tiempo se desorienta, se agota, se convierte en una mera sucesión síncrona y “sin-crónica”, sin alma en vacío cronológico.

El tiempo cronológico que no tiene fin, es un tiempo disperso, carece de horizonte y por tanto de sentido. El azar es su esencia. De ahí el interés por dominarlo en forma de estiramiento sin fin. Hace unos días los poderosos de este mundo hablaban de alcanzar los ciento cincuenta años de vida en un plazo corto de tiempo, y ahora Ray Kurzweil, uno de los rostros más reconocidos del mundo en el ámbito de la tecnología, la IA, y prestigioso futurista, nos asegura que gracias a los avances tecnológicos todos aquellos que sobrevivan dentro de cinco años alcanzarán los quinientos.

El hombre que ha racionalizado el tiempo, lo ha cosificado, lo ha externalizado, lo ha institucionalizado, pero no lo vive. El hombre mítico sin embargo lo posee y al poseerlo le da sentido. El primero queriendo huir de él queda aprisionado en él. El segundo lo crea y se recrea en él.

La pregunta, entonces, no es solo cuánto tiempo tiene el Tiempo, sino qué sentido tiene el tiempo que tenemos. Porque el tiempo humano no se mide con relojes, sino con plenitudes. Lo que dura, dura porque significa.

La realidad, más allá de su apariencia material, reside en el significado que le otorgamos al vivirla. Las cosas no son reales solo por existir, sino por lo que nos revelan de nosotros mismos. El mundo, en su raíz, es una epifanía de sentido: lo percibimos, lo interpretamos, lo recreamos. Por eso, la realidad más profunda no está fuera, sino dentro del acto que la reconoce y la nombra. Una realidad sin nombre no es realidad. Y en ese acto se conjugan mito y razón, imagen y concepto, poesía y lógica.

Quizá el desafío de nuestro tiempo —de este tiempo que pretende medirlo todo— sea reconciliarse con su propio misterio. Volver a sentir el pulso mítico que late bajo las fórmulas, el temblor de lo sagrado que todavía habita en lo profano. Porque mientras sigamos preguntándonos “¿Cuánto tiempo tiene el Tiempo?”, tal vez el Tiempo siga teniendo todavía algo de nosotros.