El Partido Socialista aragonés no eligió de hecho a su candidata a las elecciones autonómicas. Fue designada por el dedo autoritario de Pedro Sánchez. Pilar Alegría, ministra e incluso portavoz del Gobierno, compitió en los comicios de Aragón al servicio del presidente del Gobierno. Derrotada sin paliativos, ese descalabro carga sobre el presidente del Gobierno.
No existe otra interpretación política de fondo. Ni al cambio climático ni a Franco se puede atribuir la derrota del PSOE en las elecciones autonómicas aragonesas. Pedro Sánchez decidió en su día que sus ministras y ministros se convirtieran en candidatos en las Autonomías controladas por el Partido Popular. Creía el presidente del Gobierno que esas candidatas y candidatos se beneficiarían electoralmente del conocimiento popular, de la propaganda de RTVE y de los favores que desde sus departamentos ministeriales podrían hacer. Todo ello les permitiría jugar con ventaja en las elecciones de las Comunidades Autónomas.
Se equivocó Sánchez. Las alianzas del Gobierno con la extrema izquierda de IU, Partido Comunista y otras agrupaciones, amén de los acuerdos con los partidos separatistas de derechas, PNV y Junts, y de ultraizquierda, ERC y Bildu, heredero este último de los terroristas de ETA, soliviantaron a la opinión pública en contra del PSOE sanchista. Todo ello sin sumar los errores políticos y económicos cometidos durante los últimos siete años por Pedro Sánchez, superiores a los aciertos que también acompañaron la gestión del líder socialista.
Felipe González, en fin, tenía razón al anunciar la catástrofe que podía zarandear al PSOE. Felipe González ha sido el gran hombre de Estado del siglo XX español y el político sagaz que alineó a su partido en la socialdemocracia europea. El PSOE no debió abandonar esa posición ideológica, pero lo hizo porque Pedro Sánchez necesitaba para la investidura y la mayoría parlamentaria a los partidos de ultraizquierda, así como a los secesionistas vascos y catalanes. Y también a los herederos de los terroristas etarras.
Análisis aparte merece el duro revés que en las elecciones autonómicas aragonesas ha sufrido Alberto Núñez Feijóo. Ordenó que se celebraran con el fin de alcanzar la mayoría absoluta y descabalgar a Vox. El resultado ha sido un completo fiasco.