Opinión

Aquellas vidas que estuvieron en el origen de las nuestras

TRIBUNA

Carlos Díaz | Jueves 12 de febrero de 2026

Henchido de gozo y de agradecimiento, me honro hoy en traer a colación la obra de un coloso, Andrés Palma Valenzuela, Andrés Manjón. Una historia en la historia. Real Academia Burgense de Historia y Bellas Artes, Burgos, 490 páginas de grandísimo tamaño.

Andrés Manjón (1846-1923, Sargentes de Lora, Burgos, pueblo de 208 habitantes), fundador de las Escuelas del Ave María, catedrático de la universidad de Granada, caminaba a lomo de burro en el micromundo de los gitanos al que se entregó en cuerpo y alma, y no sólo él, sino también su dinero y su entera existencia. Su madre, como él mismo relata, era “una santa sin ruido. De pequeña perdió a su padre y le dieron padrastro y niños que cuidar como cinzaya o niñera desde muy pequeña, por lo cual no la admitían en la escuela y no aprendió las letras, pero sí la Doctrina, que oía desde fuera de la escuela. Casó joven con un primo que enfermó y murió pronto, dejándole cinco hijos. Obligada por la pobreza, empuñó la esteva y aró, cavó y segó para poder dar un pedazo de pan de morcajo a sus hijos. Cuando éstos estuvieron colocados, siguió trabajando, vistiendo de sayal, comiendo titos y negándose a recibir dineros que alguno de ellos le ofrecía: ‘yo para qué los quiero’. Jamás temió a muertos ni a vivos, sólo a Dios. Ayudaba a sus muertos, asistía a los apestados cuando todos los abandonaban, y los llevaba al cementerio si morían y no había quien por miedo se atreviera. Al final de la vida, cuando no se podía mudar ni mover, un nieto médico observó en ella una dislocación muy molesta y, preguntándole cuánto tiempo hacía que la sufría, contestó que veinticinco años, y a nadie se lo había manifestado. Al caer en cama dio su ropa a los pobres, mostró grandes y continuos deseos de morir ‘por ver lo que Dios le tenía preparado’, y mandó que se la enterrara en el suelo y sin caja”.

Esta mujer, hija del páramo y endurecida por la vida, aprendió la doctrina cristiana “dando vueltas, cargada con mi niño alrededor de mi escuela, y así aprendí la doctrina cristiana que cantaban los niños dentro. Para que a las niñas de hoy no les pase lo que a mí, que soy un madero con ojos, quiero que se eduquen, que tengan escuela; yo les dejaré mi casilla y un huertecillo, además de los pocos muebles que tengo, y mientras viva les guisaré la comida y cuidaré de niñas y maestras. Y así lo hizo: dejó su pobreza mobiliaria y el huerto a la escuela. Esta mujer piadosa y delicada era fuerte e incansable en las enfermedades de propios y extraños; en las muertes y desgracias, serena; en el peligro, valerosa y tranquila; en el trabajo, briosa y constante, y en toda su vida cristiana verdadera de fe y con obras”. Así la ve su hijo, y seguramente así fue. A mí no me cuesta entenderlo, y hasta podría añadir humildísimamente que sigo aprendiendo las primeras letras cristianas con personas como ella, santas y santos no canonizados a los que las nuevas y no tan nuevas generaciones nunca conocieron.

Tampoco resulta fácil imaginar la escuela en que estudió el padre Manjón, que tanto nos recuerda a la picaresca de los clásicos de nuestra Edad de oro: “el maestro de aquella lóbrega y angustiosa escuela era un vecino sin título alguno, muy enérgico, de cara tiesa, con tonos de autoridad y asomos de riña, que sabía hacer letras, pero sin ortografía, leer, pero sin gusto, y calcular, pero en abstracto y sólo con números enteros hasta dividir por más de una cifra. Para que los niños aprendieran a leer había unos carteles ahumados y cada uno aportaba el libro que fuere, siendo frecuente que los chicos llevaran las Bulas de Cruzada y Difuntos y de manuscritos, las escrituras, testamentos antiguos que les proporcionaban sus padres y abuelos. También se estudiaba de memoria el catecismo del padre Astete y el Resumen de Historia Sagrada de Fleury, pero sin que nunca se explicara ni obligara a discurrir y pensar en esto ni en nada de lo que se leía ni recitaba. El maestro empuñaba las disciplinas y a todos zurraba con una vara de avellana denominada magíster o código reforzado con vejaciones y agresiones como pellizcos, tirones de oreja, capones y tundas, improperios e insultos como gansos, abedules, animales, borricos, holgazanes y otras lindezas con que se regalaban entonces los oídos de sus víctimas.

Y de esa escuela, con la máxima penuria económica y con ese menguado bagaje intelectivo salió el Padre Manjón fundando escuelas dignas con orden, seriedad sin disciplina cuartelera ni castigos al ritmo de ‘la letra con sangre entra’, donde los alumnos eran cepillados con garlopa física y moralmente. Él donaba sus propios derechos de estola y emolumentos de cátedra a los más pobres, llegando a ser un maestro del que en 1902 escribe Antonio Machado: “son los que piensan y enseñan, educan y trabaja, y se llaman Unamuno y Menéndez Pidal, Manjón y Giner de los Ríos, Cajal y Benavente”.

Sacerdote en una época lastrada por un fuerte romanismo eclesiástico y clerical, donde la acción de la Iglesia sobre los ricos consistía en pedirles que ayudaran a los pobres, y donde las estructuras sociales eran queridas por Dios, donde los ricos eran ricos porque Dios lo había querido, los pobres eran pobres porque también Dios lo había querido, en ese contexto a los pobres se les predicaba la resignación y a los ricos la generosidad con una espiritualidad basada en devociones, novenas, visitas al Santísimo, prácticas durante el mes de mayo en Honor a María, rosarios, romerías, peregrinaciones, con un enfoque sentimental, peticional e individualista en un siglo de revoluciones, dudas, vacilaciones y tremendas crisis nacionales e internacionales, precisamente en ese ambiente Manjón es un pensador conservador, integrista por íntegro, pero absolutamente libre, que nunca buscó poder, prestigio u honores: “a Romanones, Ministro de Instrucción Pública, he dado las gracias por haberme enviado (sin yo saberlo) el nombramiento de Consejero de Instrucción Pública, diciéndole que, si eso me ha de quitar o mermar la libertad de hablar claro y obrar libre, se guarde el nombramiento” (Diario, 20.03.1902).

El Padre Manjón, doctor un utroque iure, es decir, en derecho civil y canónico, escribe en 1915: “nací pobre, viví entre pobres, carecí de escuela formal, y por esta causa pasé angustias y trastornos y sufrí retrasos en mi carrera, cuando un buen cura de aldea quiso dármela. Mi origen, pues, y mis apuros y deficiencias me impulsaron a instruir a aquellos de mis hermanos que más se aproximaban por la cuna, la ignorancia y la pobreza yendo mis simpatías para los pobres. Esto por un lado. Por otro se observa que los ricos hallan siempre maestros y, si no les satisface uno, buscan otro y le pagan, pero los pobres, si no les dan enseñanza absolutamente gratuita, se quedan sin ella, porque no tienen dinero para costearla. Si, pues, yo logro disponer de algunos medios, debo dedicarlos a instruir y educar a aquellos que carezcan de medios, a los pobres”.

Esta actitud se traduce diáfanamente en el siguiente ideario: “amar y atender a Dios en todo, amar por Dios a los hombres, estimarse sin vanidad ni soberbia a sí mismos, tener pura conciencia, sereno el corazón, alegre el semblante y limpio el cuerpo, espejo y templo del alma, obedecer como a quien tiene veces de Dios y padre”.

Aunque desde perspectivas diferentes, los maestros que lo son coinciden siempre en serlo. Como señala este impagable libro de Andrés Palma, “el último contraste entre Manjón y Giner de los Ríos es su paradójica manera de situarse respecto al hecho religioso. Aunque ambos fueron personas religiosas, dos buscadores de Dios, viven su religiosidad desde perspectivas diversas”.