El discurso que ha pronunciado Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos, en la Conferencia de Seguridad de Múnich de este año ha tenido un contenido «civilizacional», es decir, ha reivindicado los fundamentos de la civilización florecida a ambos lados del Atlántico:« [...] para nosotros, los estadounidenses, nuestro hogar puede estar en el Hemisferio Occidental, pero siempre seremos hijos de Europa».
En apenas unas pocas líneas, Rubio describió la grandeza y la contribución de Europa a la historia de la humanidad: «Fue aquí, en Europa, donde nacieron las ideas que sembraron las semillas de la libertad que cambiaron el mundo. Fue aquí, en Europa, donde …el mundo… que dio al mundo el Estado de Derecho, las universidades y la revolución científica. Fue este continente el que produjo el genio de Mozart y Beethoven, de Dante y Shakespeare, de Miguel Ángel y Da Vinci, de los Beatles y los Rolling Stones. Y este es el lugar donde las bóvedas de la Capilla Sixtina y las altísimas agujas de la gran catedral de Colonia no solo dan testimonio de la grandeza de nuestro pasado o de la fe en Dios que inspiró estas maravillas. También presagian las maravillas que nos esperan en el futuro. ». Es reconfortante que, en una semana en que unos asesinos de ultraizquierda mataron a un joven patriota francés, el secretario de Estado atraviese el océano para recordar a los europeos la grandeza de nuestra civilización.
Mención aparte merecen la referencias explícitas a Dios y al cristianismo, al que se menciona expresamente en tres ocasiones.«Estados Unidos se fundó hace 250 años, pero sus raíces comenzaron aquí, en este continente, mucho antes. El hombre que se estableció y construyó la nación en la que nací llegó a nuestras costas llevando consigo los recuerdos, las tradiciones y la fe cristiana de sus antepasados como una herencia sagrada, un vínculo inquebrantable entre el viejo mundo y el nuevo [...] Formamos parte de una misma civilización: la civilización occidental. Estamos unidos por los lazos más profundos que pueden compartir las naciones, forjados por siglos de historia común, fe cristiana, cultura, patrimonio, lengua, ascendencia y los sacrificios que nuestros antepasados hicieron juntos por la civilización común que hemos heredado [...] Nuestra historia comenzó con un explorador italiano cuya aventura hacia lo desconocido para descubrir un nuevo mundo llevó el cristianismo a América y se convirtió en la leyenda que definió la imaginación de nuestra nación pionera».
Frente a los intentos de descristianizar Europa mediante una hábil combinación de laicismo impuesto e islamización fomentada, el discurso de Rubio recuerda que sin cristianismo no puede hablarse de Europa y que una Europa descristianizada no sería ella misma. Podría añadirse que, dentro de ese cristianismo, el fundamento es el catolicismo, que fue el que produjo a Dante, a Miguel Ángel, a Da Vinci, a la Capilla Sixtina, a la catedral de Colonia y, seguramente, incluso a Shakespeare. El Cisma de Oriente fue un golpe muy duro a la unidad de Europa que aún hoy sigue manifestando sus secuelas. La Reforma rompió la unidad de Europa occidental y dio inicio a su declive.
Rubio tuvo también un recuerdo para España:«Nuestros caballos, nuestros ranchos, nuestros rodeos, todo el romanticismo del arquetipo del vaquero que se convirtió en sinónimo del Oeste americano, nacieron en España». Incluso recordó a sus propios antepasados de origen sevillano:«En el año en que se fundó mi país, [...] José y Manuela Reina vivían en Sevilla (España)». En el año en que se cumplen 250 años de la independencia de los Estados Unidos, tal vez hubiese sido pertinente tener un recuerdo, también, para la ayuda española a las 13 colonias. Ahí está, sin ir más lejos, el ejemplo de Bernardo de Gálvez (1746-1786) y la toma de Pensacola (1781), en cuyo honor recibe el nombre la ciudad de Galveston y cuyo retrato se exhibe en la sala de fundadores del Congreso de los Estados Unidos. Sin embargo, quedan aún varios meses para julio y es de esperar que haya sobradas ocasiones para conmemorar a este ejemplo de la mejor Hispanidad y los mejores españoles.
Este fundamento civilizacional es lo que verdaderamente se defiende en las guerras y por lo que el esfuerzo de preservar la paz tiene sentido: «los ejércitos no luchan por abstracciones. Los ejércitos luchan por un pueblo; los ejércitos luchan por una nación. Los ejércitos luchan por un modo de vida. Y eso es lo que defendemos: una gran civilización que tiene todas las razones para estar orgullosa de su historia, confiada en su futuro y que aspira a ser siempre dueña de su propio destino económico y político».
He aquí la gran debilidad de España dentro del marco general del declive europeo: durante más de cuarenta años, ese legado de cultura nacional e identidad civilizacional ha sufrido ataques despiadados desde las instancias de producción y difusión de conocimiento. Una de las más tristes señas de identidad de la izquierda española desde la Transición, agravada por la pasividad e incluso la complicidad de la derecha más cobarde, fue la traición a la identidad nacional española. Unos y otros fueron tibios a la hora de hacer frente a los separatismos que, desde la educación hasta las series de televisión, propagaban el odio a España. El 17 de noviembre de 2004, en el Senado, José Luis Rodríguez Zapatero respondió una pregunta sobre el concepto de nación del artículo 2 de la Constitución Española afirmando que estaban ante «conceptos discutidos y discutibles». Aquel día fue uno de los más oscuros de la España reciente y, cuando gobernó, el Partido Popular no hizo nada por cambiar las cosas. Antes bien, abrazó el progresismo en la confianza de que todo mejoraría con la gestión. Entonces llegó Pedro Sánchez.
En este sentido, las palabras de Marco Rubio brillan con particular claridad en la actual hora de España. Suponen una llamada de atención y una invitación al despertar y a la memoria.«Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte...» Si España no despierta de este letargo en que la han sumido más de cuatro décadas de progresismo de derechas y de izquierdas, querrá despertarse un día y el alba no vendrá a verla (permítanme la paráfrasis de Alberti). El discurso de Marco Rubio, pues, no ha sido sólo una llamada a despertar. Ha sido también una voz de alarma y de esperanza.