Muchos escritores van eligiendo sus campos de acción a medida que avanza su obra. Lo quieran o no, irán siendo reconocidos por una marca, un mundo creado, una insistencia que comenzó desdibujada y ha terminado ocupando espacio con rotundidad. Tantos casos como ejemplos. En los libros de Soledad Puértolas, esa preocupación, pues su prosa se ajusta como un guante a esa aprensión, a esa sensación atenta y curiosa desde una distancia adecuada, sería el estilo. Lo ha dicho en muchas entrevistas y dejado por escrito, destacando su ensayo La vida oculta, de 1993. Se siente afín a aquellos que parecen narrar como si nada, con las frases tendidas al aire. Tolstói, Cervantes, Pessoa, Chéjov. Son de los más habituales que pueda mencionar entre sus preferidos.
El relato es el género narrativo al que la autora zaragozana ha demostrado una fidelidad estimable a lo largo de las décadas en las que ha ido publicando. Ocho libros en su haber, iniciándose temprano, pues el segundo dentro de sus trabajos —trece novelas y dos ensayos y dos libros autobiográficos— ya era una particular colección de narraciones. Precisamente, uno de los relatos finales, Del Danubio al Maestrazgo, vuelve a aparecer en este nuevo libro, En el camping, como una revisión de aquel primero La orilla del Danubio, como si no hubiera sido suficiente, allá en el remoto Una enfermedad moral, de 1983, y necesitase un punto de mira añadido al misterio planteado entonces.
Este es uno de los ejes sobre los que se sostienen los diez relatos de En el camping: la pregunta que surge por lo que fue, lo que es y lo que será de esos personajes o las situaciones familiares —un paisaje identificable para los lectores de Puértolas— que sin avistamientos que los advirtieran, han padecido un cambio, más drástico o menos, pero ha sido aceptado con esa pasividad engañosa, siendo más conscientes de lo que parece.
Los argumentos son sencillos, desde el progresivo distanciamiento amistoso de dos ancianas en la primera historia, hasta las vacaciones de tres amigas en un camping gallego en la última y, de nuevo, ese distanciamiento más tenue de la realidad y los afectos que nos proferimos a lo largo de nuestras vidas, creyéndolos rocosos y en realidad terminando horadados. Si alguna de esas historias sucumbiese a la gravedad o la exageración, no tendría cabida. Puértolas ha limado hasta el mínimo cada párrafo y cada sutileza expresada en los gestos, las decisiones y las omisiones de sus protagonistas. Hay una tensión, una corriente sin respuesta ni voluntad de explicación, que busca hacer de las vivencias de cada uno un refugio ante la indefensión de la existencia. Una idea muy pessoana que encuentra su solución poniéndolos a viajar, a escribir y recordar la decencia de respetarse cuando uno se ve envuelto con los interrogantes.
Otro de los ejes de En el camping, me atrevería a decir, es la culpa. Hasta el más frívolo puede verse asolado por ella en algún momento, pero en la literatura breve de Puértolas, en este caso, se combate con una actitud irónica, más ligera si comparamos con el anterior de hace cinco años, Cuarteto. Estos relatos se afianzan en la mezcla de azar y conmoción que no rebasa las expectativas, pues todos parecen dispuestos a que pase rápido, inocentemente esperanzados en que no tienen que insistir en una indagación más profunda, pues el rumor dejado es lo suficientemente distinguible, esto ya ha sucedido, y puede traernos la misma dosis de felicidad que desconcierto.