Opinión

Somos rehumanizables II

MIS BRINDIS AL SOL

Alfredo Arias | Martes 17 de febrero de 2026

2. Brindis por Francesco Petrarca, padre del Humanismo

Prosigo los brindis con un señor nacido en Arezzo, no lejos de Florencia, en 1304, y que se despidió del mundo en Arquà Petrarca (Padua) en 1374. El que un municipio sume a su topónimo el apellido de un vecino nos dice bastante de su celebridad; no es para menos, puesto que junto con Dante y Boccaccio compone el detonante literario del Renacimiento, siendo honrado por demás como padre y príncipe (es decir, primero) del Humanismo ‒con sus matices‒, la luminosa corriente que aunó el impulso de los estudios de humanidades y el rescate de clásicos grecolatinos (lo que aisladamente se había practicado durante el Medievo, al margen de su papel como modelos escolares) con una exaltación irradiada del mismo centro del ser humano, antropocentrismo inherente que en Petrarca, como veremos, se manifiesta con un entusiasmo sin límites.

Ligándolo con el leitmotiv de mi artículo, un sol magnífico volvió a enseñorearse en un momento que también supuso parteaguas entre dos épocas, como ‒ya comenté‒ vino a suceder en los intercambios del Círculo de Escipión y su catálisis ciceroniana. Tocará hablar de él; de momento, quedémonos con el dato de que iluminó una franja de la Baja Edad Media que ya mostraba signos de cansancio y bulle-bulle de inquietudes. Bien se sabe, pero nunca está de más mencionarlo, que Petrarca profesó desde la niñez una genuina afición por los clásicos; veneraba a Homero y Virgilio, pero, sin desdoro de ello, el ídolo, aquel con el que buscaba identificarse, no fue otro que Cicerón. Con el fin de cerrar estos párrafos de enganche, menos he de callar aquello por lo que es más conocido: también tuvo una ídola, una chica que no logró conseguir (tal cual); de modo que, sintetizando ‒y por encima de otros estímulos emocionales de orden culto como la lírica provenzal y la poesía del Dolce Stil Novo‒, Petrarca siempre se guio por dos estrellas: la luz de Roma y la luz de Laura.

Muy al contrario que su modelo, abandonó la carrera de leyes para dedicarse a fondo al estudio del pensamiento y el ejercicio de la literatura; algo que le había acarreado un severo castigo por parte del padre, quien procedió a quemarle unos libros, contrariado por que desatendiera los estudios a causa de esta pasión. Sería injusto caer en el tópico fácil de un progenitor incapaz de entender el amor a las letras, toda vez que fue él mismo quien se lo inculcó, siendo además amigo de Dante; pero una cosa es complementar una vida dedicada a la jurisprudencia con buena cultura, y otra que la tradición profesional de la familia sucumba sin opción, siquiera, a servir de complemento. Eso debió de temer, con razón, ser Petracco (Pietro di Parenzo di Garzo), un notario reconocido y de hecho imbricado en la tradición de juristas cultos que remonta, aunque no sólo, a los tiempos de Cicerón; en su caso, con mayor abundamiento, pues seguía la estela de los jurisconsultos del círculo del juez Lovato Lovati (1241-1309), cabeza del cenacolo padovano que alentó y contribuyó a exhumar y difundir obras de Catulo, Horacio, Ovidio o Séneca, reivindicando la autoridad de la literatura antigua hasta, incluso, reanudar la tradición romana de coronar a los poetas con el ejemplo del también político e historiador Abertino Mussato en 1315 y en la misma Padua; hecho casual que debemos retener en la memoria, y que nos ilustra que el fenómeno Petrarca no se produjo ni infusa ni espontáneamente (al punto de que también se salude a Lovati como verdadero precursor del Humanismo); lo único es que Petrarca fue mejor, más grande y tuvo mayor sentido de interiorización, promoción e influencia. De hecho, una de las mayores aportaciones filológicas petrarquistas fue la reconstrucción y sistematización de los textos del Ab urbe condita de Tito Livio, mas siguiendo el trabajo previo del juez paduano. También, en honor a la memoria del padre, de aquella quema disuasoria e inútil se libraron obras de Cicerón y

Virgilio, aparte de que también le regalara otras como las Etimologías de San Isidoro, y tampoco supuso un drama (salvo el económico) adquirir La ciudad de Dios de San Agustín, otra de las huellas decisivas en el poeta de Arezzo. Arezzo, sí; allí nació porque ser Petracco sufrió, como Dante, el exilio de Florencia al pertenecer al bando se los güelfos blancos, la facción contraria a la influencia papal sobre la ciudad. En 1301, por ende, la familia debió mover hasta allí las maletas, y luego, en 1312, hasta Carpentras, a dos pasos de Aviñón, sede de la curia desde 1309, habiéndose convertido en el nuevo centro neurálgico. El papa francés Clemente V había optado por acercarla a su territorio natal debido a la inestabilidad en la península itálica. Tiempos críticos, nuevamente. Aviñón pertenecía entonces al reino de Nápoles, lo que explica que un italiano como Petrarca sea famoso por lo que le ocurrió en una ciudad tan francesa. Iniciará sus estudios de Derecho Civil en Montpellier, que proseguirá en Bolonia, donde se aplica también a la literatura clásica y la filosofía. En 1326 fallece el padre (la madre, Eletta, le había precedido ocho años antes), y el joven Francesco regresa a Aviñón, junto con su hermano Gherardo, a llevar una vida de devaneos sociales y literarios, ya sin presiones. Sucede pronto un momento clave: en la mañana del 6 de abril (Viernes Santo) de 1327, en la iglesia de Santa Clara, cruza por primera vez su mirada con la de la joven Laura. Muchos signan esa fecha como el inicio del Humanismo por las razones que recordaré (he ahí que el año próximo cumpla su efeméride siete siglos); sin embargo y sin desmerecer las estrellas de los ojos de aquella mujer que le sojuzgaron desde entonces, pienso que el instante solar que cambió todo ‒otra vez‒ en el mundo de la cultura hay que buscarlo seis años más tarde, estando al servicio del cardenal Giovanni Colonna. En 1330, tanto Francesco como su hermano se habían visto en la tesitura de ganarse la vida, por lo que optaron por una vía bastante medieval: ingresar en religión. Gherardo lo hará años después como cartujo, pero Petrarca tiene la suerte de intimar con los prestigiosos Colonna; recordará en sus cartas que el ilustre cardenal ‒cuyo hermano menor, Giacomo, había sido compañero suyo en Bolonia‒ ejercerá como segundo padre, acogiéndolo como capellán de familia, para lo que toma votos menores, incluyendo un celibato que no siempre respetó, pues se le conocen sendos hijos de dos mujeres cuyos nombres se han perdido. Sospecho que, aparte la amistad con Giacomo, fue la genialidad lo que determinó ese trato de favor; no cualquier día puede uno departir con Bach, Cervantes o Petrarca; el caso es que gracias a ello pudo continuar su verdadera vocación y acceder a archivos y fondos, muchas veces de propiedad eclesiástica.

Es por ello que en un día seguramente luminoso de 1333 ocurre algo semejante a lo sucedido en aquel abril de Aviñón: se topa con lo que necesita encontrar. Durante un viaje a Lieja, busca y rebusca entre códices y pliegos de la biblioteca de la catedral de San Lamberto. No podemos hacernos una idea clara del lugar, pues el templo fue demolido en 1794 tras la Revolución liejense, espejo de la francesa. Me gustaría creer que fue por la mañana y que, tal vez, unas ventanas góticas, ojivales, filtrasen la luz que merecía el descubrimiento: el de una copia del Pro Archia Poeta de Cicerón, allí dormido y sin lectura que pudiera cambiar a nadie desde catorce siglos atrás. A Petrarca, que se movía inquieto en busca de tinta azafranada y que lo trascribió (origen de todas las versiones actuales del discurso) no es que lo modificara: le justificó, le aseguró en los pasos que debía seguir. Como ya vimos, ahí se enunciaban ‒alababan‒ los estudios de humanidades, el poder casi divino de la poesía y la inmortalidad en la obra literaria.

En el mismo año coincide otro encuentro cardinal, nuevamente sin ser buscado: el libro de las Confesiones de San Agustín, que le regala el monje Dionigi da Borgo San Sepolcro. El santo de Hipona no le era desconocido, recordemos el De civitate Dei que adquiere en su juventud; sin embargo, ese monumento a la introspección sí es algo con lo que va a interrelacionar estrechamente, al punto de portarlo como vademécum en muchos momentos de su vida. No fue menor el grado de cercanía toparse con que también a Aurelius Augustinus le había impresionado la lectura de un texto, hoy perdido, de Cicerón (el Hortensio) a tal extremo que llegó a tenerlo como primer paso en su camino de conversión, por el amor a la filosofía y la inmortalidad del saber, frente a la atención por lo banal, que le infunde. Era, pues, como decimos hoy, uno de los suyos.

Si nos fijamos bien, en ese año tan magnético de serendipias, con ese tan crístico tres veces tres en sus cifras, Petrarca, con apenas veintinueve de edad, anuda su interés por los valores de la cultura grecorromana con los derivados del cristianismo menos formulista (y San Agustín tampoco dejaba de ser un clásico). Leyes ‒no era lego en derecho civil, a pesar del abandono de los estudios‒, humanidades y cristianismo (en sus aportes de trascendencia y fraternidad universal) componen los pilares de la civilización de Occidente. Habida cuenta de la poderosa influencia posterior de nuestro aretino, hay que reconocer que aquél no fue un mal año. Claro que si de influencia hay que hablar, el primero que se esforzó por expandirla fue él mismo. Le sobró voluntad y entusiasmo para ello, aparte de que su coeficiente intelectual sería de aquellos que acomplejan. Sin embargo, pasado el tiempo, se han ido descubriendo algunas tácticas. Según la epístola que nos escribe a la posteridad al final de sus días, el 1 de septiembre de 1340 le llegaron por carta sendos requerimientos para su coronación como poeta en París y en Roma, cual caídos del cielo. ¿Casualidad nuevamente? Acordémonos del excepcional caso de Abertino Mussato. No había habido otro más. ¿Petrarca merecía tamaño realce? Para ser sinceros, no contaba aún con el suficiente caudal de obra que lo avalara; pero, sin duda, él ya se sentía merecedor, y aparte le urgía porque iba a concederle el ansiado título de maestro, vedado para él al haber interrumpido la carrera.

José Luis Quezada, en su espléndido trabajo para su maestría en Letras (La Collatio Laureationis de Francesco Petrarca. Traducción y comentario, Universidad Nacional Autónoma de México, 2015), da cuenta de la pormenorizada planificación de nuestro poeta en aras de que sucediese, punto por punto, la coincidencia. Había movido los hilos para que su amigo Roberto de´ Bardi, canciller de la universidad de París, llevara su causa; por otra parte, ¿quiénes otros que los influyentes Colonna no habían hecho lo propio, valiéndose del renombre de la familia, en el senado romano? Petrarca se decide por Roma, viéndose y destacándose como restaurador y continuador de los autores de los que se siente heredero, en un presente que le desagrada. El protocolo del examen previo (llevado a cabo por el rey napolitano Roberto de Anjou, uno de esos raros gobernantes ilustrados que soñara Cicerón) y las características y escenografía de la ceremonia en el Capitolio (un 8 de abril de 1341, Domingo de Pascua) tampoco fueron ajenos a sus personales intenciones. Pienso que podríamos entenderlo, sucintamente, como una empresa de hombres cultos, unidos por el mismo afán de revalorización y motivados por la figura más genial; una campaña de rescate culminada con un acto ceremonial que también se menciona como marca de origen del Humanismo.

La Collatio…, el discurso de coronación, trufado de citas y referencias a Virgilio, Horacio, Varrón, Ovidio, Estacio (el último poeta con corona, en tiempos de Domiciano) y Cicerón entre otros, versa, básicamente, de la relevancia de la poesía y la estimación de quien la ejercita. No ha de extrañarnos que recoja de la Defensa de Arquías (que apenas nadie conoce, salvo él) tres puntos fundamentales: el honor que pueda recibir un país gracias a sus grandes poetas, la gloria personal de estos mismos y el ser modelo y estímulo para otros en lo venidero. Incide en que los estudios (de humanidades) han de ser un ejercicio incesante y placentero, mientras que la poesía reacciona al impulso interior, ya que, como Cicerón argüía, el poeta guarda dentro de sí ese algo de soplo divino. Petrarca pasa a declararse líder de sus contemporáneos más inquietos intelectualmente, y admite preferir el laurel y no el mirto o la hiedra para la guirnalda, no sólo por motivos aromáticos o de resistencia, sino por su relación con Apolo, dios de la poesía, gracias a aquel mito que protagoniza persiguiendo a la carrera a una ninfa, Dafne, tan capaz de resistirse que, agotada, pide auxilio a su padre, el río Peneo, quien la transforma al instante en árbol del laurel (lauro). El dios, en su desazón, arranca unas cuantas de sus hojas y se las ciñe en la cabeza para unirla siempre consigo (augurando que también la portarán generales victoriosos como signo de gloria; eso, según Ovidio en sus Metamorfosis, y sin aludir a poetas). Petrarca, obviando esto, será coronado con laurel como poeta e historiador; luego bajará la colina y se dirigirá, con todo el comité, a la basílica de San Pedro para colocar la corona ante el altar.

Al comienzo del discurso había citado unos versos de las Geórgicas, ejemplificando que cualquier asunto, por complejo y arduo que se presente, es susceptible de materia poética siempre que el autor lo sea auténticamente, o lo que es lo mismo, que no pueda no ser poeta, sintiendo el arrebato. Virgilio expresa «Sed me Parnasi deserta per ardua dulcis / raptat amor…», que Quezada traduce como «Pero un dulce afán me arrebata a través de los / parajes desiertos e inaccesibles del Parnaso». Claro que si el mantuano había defendido poco antes, en el mismo libro III, que la pasión empuja a toda especie de la tierra, humana y animal, ya que el mismo amor afecta a todos («amor omnibus idem»), ¿por qué no puede traducirse el amor de la cita que usa Petrarca simplemente como amor? Cierto, aunque también valga afán, ya que no es descartable que nuestro laureado pensase en dos imanes simultáneos: el arte que no deja de atraerle y el amor de una mujer que le arrastra.

Laurel, lauro… Laura. Ahora hablemos de ella. ¿Esa dama inalcanzable a la que sigue escribiendo poemas más allá de su muerte, existió de verdad? Ya en la época, incluso buenos amigos desconfiaron, adivinándolo como una coartada, una gran excusa poética. La verdad es que el caso Petrarca-Laura se parece demasiado al de Dante-Beatriz y no conviene olvidar (lo recuerda él mismo en la Collatio) que el nombre de Dafne, la ninfa evasiva, corresponde a laurel en griego (lo mismo que Laura viene de laurus, lauro). ¿No fue, entonces, sino un formidable símbolo de poesía, cuya gloria es difícil de alcanzar? Eso, amén del progreso de uno de los motivos del amor cortés desde los trovadores, la no correspondencia (y llevarlo a la cima). Por si fuera poco, la típica ocurrencia de que Petrarca fuese laureado por sus méritos, no menos que por amar a Laura, ya la había adelantado él mismo en un texto que no quiso que se publicara en vida, Secretum, monólogo introspectivo en forma de diálogo donde San Agustín le recrimina poner en riesgo su alma por aspirar a la gloria terrena y amar tan elevadamente a una mujer; la parte cristiana-medieval de Petrarca, en conflicto con algo que no puede evitar, tan, tan humano. Augustinus es inclemente: «Te obsesionaste tanto por el laurel, ya fuera militar o poético, sólo porque ella llevaba este nombre» (Mi secreto. Epístolas, trad. Rossend Arqués Corominas, Cátedra, [Letras Universales, 434], pág. 329). ¿Ése era su secreto? Ya conocen mi desacuerdo con las disyuntivas: pudo querer laurearse como poeta y a la vez cantar y amar a Laura, aunque fuese amar el amor por ella, y le salió bien. En las 366 poesías (con predominio de sonetos) del Cancionero que dedica a esta historia de amor (o desamor) hasta casi su último aliento, no describe físicamente a Laura, salvo por algún signo como una tez clara y unos cabellos rubios (claros), que encuentra por primera vez en Santa Clara… Demasiadas correspondencias. Está describiendo la luz. ¿Aquella mujer existió?

Laura de Noves falleció en Aviñón en la mañana del 6 de abril de 1348 a causa de la maldita peste negra que asoló Europa, dejando, al parecer, once hijos y un viudo, Hugues de Sade, antecesor del célebre marqués. Petrarca anota con precisión la noticia (excepto el apellido u origen) en la guarda de su Codex Virgiliano, destacando allí mismo la coincidencia de que la conociera, igualmente, otra mañana de un 6 de abril, Viernes Santo, en 1327. Algo casi mágico. Lástima que el Viernes de Pasión no cayera ese año en tal fecha sino en 10 de abril. Poco importa; cuando menos el registro de Petrarca revela que Laura de Noves sí pudo ser la dama que tatuó su nombre dentro de sus ojos; y que la conociera en Santa Clara tampoco es relevante, si bien que se miraran por primera vez en ese año sí podemos creerlo; así que sigue valiéndonos aquel flechazo como chispa del Humanismo, lo mismo que el hallazgo del discurso sobre Arquías o el día de la coronación; tres días solares, tres soles que se reúnen en uno (como ese fenómeno atmosférico de la pareja de soles de la República de Cicerón que vimos antes, un parhelio de tres soles en este caso, tal como ha sucedido a principios de febrero de 2026, desde la rusa Múrmansk, justo cuando escribo mi artículo). De modo que podemos respirar y confiar en que hay algo auténtico en la cumbre estilística que representa el Cancionero, no desconfiar de bellezas como «… mai non volsi / altro da te che ´l sol de li occhi tuoi» (nunca quise / otra cosa de ti que el sol de tus ojos) del soneto con cifra CCCXLVII; aunque reconozco que incrementa esa autenticidad, en sacrificio del estilo, la más que libre traducción en muchos casos de Enrique Garcés en pleno XVI (p. ej., en la magistral edición de Antonio Prieto para Planeta [Clásicos Universales, 101]): «… eres testigo / que sólo quise hartarme de tus ojos». ¡Eso es amor! Por ello, sin duda podemos continuar alabando la empresa erudita de Petrarca, reverenciar su arte o tratar de escudriñar en su intelecto: ¿eligió encontrar a Laura en la iglesia de Aviñón, uno de los focos de la antigua poesía provenzal ‒con el amor a la dama inaprensible‒ y dejar el Laurel en San Pedro de Roma, proyectando así una orla que cobije su poesía amorosa entre dos ápices de guirnalda cristiana? No sería tan baladí. Recordemos que la clara Laura aparece en Viernes Santo y el laurel lo recibe en Domingo de Resurrección. Sí, podemos aventurarnos, conjeturar sobre esa y otras posibilidades; pero nada de ello contiene tanta sustancia, hoy en día, como la misma Laura; me temo que sigue ganando (con un nombre que viene a significar triunfadora, es lo esperable). Ahora voy a ver, con ayuda de mis artimañas literarias, si puedo sorprender a Francesco volviendo de dejar su corona en la gran basílica; puedo conseguir, creo yo, que despiste a sus acompañantes e invitarlo a una taberna en las afueras; quizás nos esperen ya allí Marco Tulio y el mismo Agustín de Hipona, que también saboreó en su momento esta clase de regocijos. Brindaremos entre todos, por él y también por ellos; pero antes por la dama, ya que si Petrarca es un Sol de nuestra cultura, ella –lo reconoció él mismo‒ fue el sol de ese sol.

3. Brindis por Marco Vitruvio Polión, arquitecto del Humanismo

Se dice, no sin motivo, que el descubrimiento del tratado De Architectura de Vitruvio por Poggio Bracciolini en 1414, fue clave en la génesis del arte arquitectónico renacentista, por su imitación de las formas clásicas; del mismo modo, su recuperación del Sobre la naturaleza de las cosas, de Lucrecio, impulsó un tipo de pensamiento más científico, menos ligado a la religión. Pero, sin quitarle mérito, ambos textos ya los había redescubierto nuestro Petrarca (¿quién si no?); lo único es que no simpatizaba con el materialismo de Lucrecio, desde sus patrones cristiano-platónicos, y en cuanto al tratado, sí pudo interesarle, no tanto la materia (técnica, disposición de los espacios, órdenes de las columnas, materiales, etc.) como unas reflexiones que van a hacernos de este contemporáneo de Cicerón, arquitecto e ingeniero al servicio de Julio César, alguien especialmente simpático.

Los diez libros de Arquitectura es el único texto teórico de la disciplina que se conserva de la Antigüedad; aparte eso, hasta hace poco no se había encontrado ninguna obra práctica de Vitruvio; tan hasta hace poco que sólo ha sido en enero de este año que se han reconocido los restos de una basílica diseñada por él en la ciudad de Fano. A todo esto, ¿qué hago hablando de Arquitectura en un artículo sobre humanidades? Muy sencillo ‒y bien lo saben los arquitectos‒, porque es la única arte que se incluye dentro de ellas. Nadie dude de que ninguna otra sitúa al ser humano como centro de su técnica de forma tan combinada y global; claro que, adicionalmente, ciertas premisas que Vitruvio establece justifican esa inclusión. Aspectos que hubieron de seducir al Príncipe del Humanismo son (1) la defensa vitruviana de que un arquitecto debía ser, a la vez, instruido en letras, versado en historia, medicina, leyes y filosofía (libro I), y (2) su indignación por el hecho (en el libro IX) de que los atletas fueran coronados en los juegos olímpicos y no ocurriera lo mismo con los escritores (pues tampoco fueron tantos y ya en tiempo posterior). Esto debió amigarle automáticamente. Por igual, la tríada vitruviana, los tres principios básicos de toda construcción, el que sea sólida, útil y bella (libro I) influyó claramente en la actitud de Petrarca ante su propia obra. En tiempos modernos podríamos insertar en el último el de la imaginación, incluso con su riesgo, tal como ilustran las construcciones de Frank Gehry (que nos dejó en diciembre) donde el desafío de sus propuestas exteriores se sustenta en pilares absolutamente sólidos, igual que el capricho de las ramas depende de la fuerza de las raíces.

Me acerco a Marco Vitruvio para brindar con él, molestarle acaso cuando medita sobre uno de sus planos, tal vez cuando piensa en la necesidad de fundir ciencias y letras para el desarrollo de un estudio, guiñando los ojos porque el sol de esa mañana brilla en exceso sobre las líneas que acaba de trazar. Con Vitruvio, confieso, tengo ocasión de reivindicar el hermanamiento entre ciencias y letras, lo que los antiguos maestros griegos veían tan plausible (recuérdese el lema del frontispicio de la academia de Platón: «Nadie entre que no sepa Geometría»). Es lo que faltaba a estas reflexiones sobre humanos y humanistas. Tampoco quiero dar la impresión de que la cultura o la erudición equivalgan a que alguien sea per se mejor a otro; ya decía Cicerón, en su Pro Archia, que prefería las cualidades naturales sin instrucción a la instrucción sin cualidades naturales. Humanidad, sobre todo. Pero qué duda cabe, y dirijo ahora mi brindis especialmente a los jóvenes, de que ‒haciendo ya recuento‒ sea deseable seguir pidiendo virtud a los políticos, y que sepan del asunto de sus desempeños; que cualquier Estado respete la separación de poderes; que el individuo consiga alimentar su espíritu (el crítico y el otro) sin cortapisas, con libros o con dispositivos; que nadie pretenda reprimir tu curiosidad ni tu entusiasmo a la hora de hacer algo genuino; si sientes ese soplo, súbete a la ola sin miedo; que no estamos solos, que incluso tenemos amigos en épocas remotas, porque la literatura siempre ha sido un arte para el futuro (los de atrás en el tiempo no nos pueden leer, así de simple). De noche, alguna de las estrellas que contemplas es un sol que se ha apagado hace ya mucho. El brillo que ves ha tardado cientos de años para llegar hasta ti, y por eso tiene sentido. Ten presente también que en ese metro cuadrado que ocupas hay un interior sin límites de etapas temporales ni de posibles conocimientos. Eres inagotable, eres el punto de conexión. ¡Bien por ti!