Opinión

El Gobierno de la mentira

TRIBUNA

Pedro Gago | Miércoles 18 de febrero de 2026

El estupendo libro de Jean-François Revel, El conocimiento inútil, comienza con una conocida frase: “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”. Cuando la mentira es la máxima expresión de un sistema político, seguramente entrará en juego los vicios del hombre consigo mismo y con los demás. Si los políticos tienen el

hábito de determinar y justificar las acciones más dañinas para la sociedad, el resultado es una corrosión moral que la afectará gravemente. El problema habrá comenzado por poner en práctica la ideología basada en quiméricos principios.

Dos de los efectos más corrosivos para la democracia que ha producido el Gobierno en España son la institucionalización de la mentira y la ausencia de transparencia de sus actos. El poder político ha hecho de la mentira la forma principal de ejercer su función. Si bien el poder político progresista oculta hechos e intenciones, en cambio, obliga a los ciudadanos a que sean sinceros y transparentes con las instituciones. Ni siquiera existe la mínima reciprocidad entre gobernantes y gobernados. Si la principal función del Ejecutivo ha sido falsear la realidad, se debe a que ha usurpado el poder y ha acabado con la función deliberativa de la política.

Quizá, el rasgo más característico del sistema político español sea la ocultación y la falsedad, utilizada por el político progresista como el recurso principal para engañar a la sociedad. Una vez que el colectivismo se introduce en los órganos principales del Estado, aplica una técnica de dominación´, que consiste en establecer un subsistema con colaboradores activos, en distintas organizaciones, integradas de manera informal por individuos dispuestos a ocultar la realidad a tenor de las directrices que les dará el poder político. En este subsistema se encuadran los peones siervos del colectivismo, los portadores de ideología, entre los que se incluyen los científicos sociales progresistas, profesores, periodistas, publicistas, juristas y muchos otros babosos que tienen la función de crear una sumisión ideológica, preparando a la gente a aceptar cualquier relato inventado, apoyado en la “falta de curiosidad humana por los hechos” (Revel). Al mismo tiempo, se encargará de cancelar y estigmatizar a quien no asuma el panfleto oficial. Puesto que el sistema político es una antítesis de la transparencia que exige la democracia política, los órganos rectores dominados por el colectivismo tienen como principal función, además de justificar cualquier acto del poder, enmascarar la realidad. Su estrategia consiste en reducir la inteligencia colectiva, de manera que desaparezca el sentido común, la objetividad, la experiencia enriquecedora, la historia, la racionalidad del orden, etc. Con ello renace la vieja intención totalitaria de absorber las conciencias y convertir al individuo en un ser amorfo. El político progresista nunca dejará de ser un falsario, sin preocuparle que transcurrido un tiempo se descubra la verdad de lo acontecido, ya que solo vive de la rentabilidad de mentir en el presente.

El Gobierno colectivista no puede dejar de mentir salvo que le beneficie decir alguna verdad. No le importa que la mentira tenga consecuencias negativas. Las más graves serían la corrupción y el crimen organizado desde el poder. Con la mentira sistemática del Gobierno progresista, se acaba con todo lo que es fundamental para mantener la coexistencia en la sociedad y la convivencia entre las agrupaciones familiares y locales. La corrupción política bajo el amparo ideológico, tiene el efecto de romper los vínculos entre ellos, llegando a generar odio entre los ciudadanos con el consiguiente aumento del conflicto. Cuando el que ejerce el poder usa la mentira permanentemente, queda atrapado en una espiral imparable que irá aumentando en la misma medida que perjudica al bien común. Al principio, la mentira tendrá un encuentro clandestino con la inmoralidad, pero con el transcurso del tiempo, desmoralizará a la sociedad y se extenderán las conductas más degeneradas. Así se cumplirá el objetivo del poder progresista de crear la máxima debilidad en la sociedad extendiendo todos los vicios sociales, con lo que se pondrá fin a las conductas que siguen la normalidad moral.

El colectivismo wokista español recupera una de las viejas fórmulas marxistas de que el gobernante comunista es la expresión incontrovertible del progreso –“Pedro, siempre has estado en el lado correcto de la historia” Y. Díaz, Ministra contra el trabajo-- por lo que cualquiera que sea el resultado de sus acciones siempre actuará conforme al plan determinista. Este progresismo sigue la herencia del absolutismo basado en el derecho divino, sustituyéndolo por el derecho determinista del progreso. Por lo cual los dirigentes colectivistas se convierten en una suerte de profetas y ejecutores del destino que

cumplirán con el objetivo cósmico. Por ello, el dirigente progresista tiene una legitimación ab initio irrevocable. A partir de ahí, los errores visibles provocados por el gobernante colectivista son la voluntad del destino que prefiere poner a seres ambiciosos, con déficits neuronales, sicópatas y otros seres deformes, ya que se les puede dirigir mejor hacia el objetivo imaginado. De este modo, la actuación política se convierte en un teatro de variedades, cuyos espectadores, los formales ciudadanos, están desprovistos de capacidad para saber cuál es la voluntad de la verdad histórica en cada situación.