Lo grotesco y lo carnavalesco se encumbran en el arte del disimulo, donde el malvado se disfraza de autoridad y el juez de reo. Todo se envuelve en fantasía, algo de melodrama y tal vez de realidad del momento. ¿A qué mundo pertenecemos? —cabe preguntarse. Una simple máscara impide reconocernos; contra más excéntrica lo sea, mejor pretexto. Es el juego de lo burlesco y a la vez de lo grave. El carnaval es la vida misma, pero desde una perspectiva interna.
El ser humano escapa de su propia esencia y la mascarada, que es pura farsa, es el mejor argumento para mezclarse entre lo ajeno sin ser tomado en cuenta; quizás sea hasta premiado por ello. No cabe de gozo quien, siendo taimado, hace y deshace a su antojo merced a este engaño. El trampantojo ha sido y sigue siendo el ardid del ingenio para enseñarnos cuánta verdad hay en la mentira y cuánto engaño manifiesto si nos creemos lo que nos cuentan, pues hay veces que la apariencia hace al monje y otras ni siquiera depende del vestir ni del roce.
Por lo tanto, no todas las ilusiones son sueños, ni todos los discursos tienen dueño, hay personas que se duermen antes de soñar y carecen de fundamento. Mientras que otros pasan las noches en vela sin que les asalten ensoñaciones ni siquiera evidencias de estar vivos. Es también triste que estos comendadores transiten por la existencia sin gracia alguna. Por lo tanto, para muchos de esta clase, el carnaval también les brinda la oportunidad de confundirse para sentirse igual a los demás con una simple máscara o un postizo.
Como referí antes, en el carnaval, como en el sueño, las diferencias sociales desaparecen y encontramos todos los tipos de personajes unidos por un único motivo: “ser invisibles”. Al menos da la oportunidad de igualarse con todos los elementos que antes estaban distanciados entre sí en la vida real debido a la perspectiva jerárquica del mundo. Como bien sabemos, en ella se encuentran lo sagrado y lo profano, el sabio y el tonto, el grande y el insignificante unidos en un bacanal propio del juicio final.
Lo extravagante invita a olvidar cualquier aspecto traído de la moral y el recato, de tal manera que es la ocasión para demonizar parte de nuestros complejos. Es la representación del mundo al revés, algo tan normal en los nuevos tiempos como inverosímil de aceptar, pero teniendo en cuenta que la vida es solo una y cada vez más corta, rómpanse las formas en caso de oprobios y mala baba, que tarde será dejarlo para mañana.
La fiesta del disfraz siempre ha marcado la indulgencia, el misterio, el engaño e incluso la infidelidad. Amores al descuido bajo una simple máscara han originado romances misteriosos, espionajes y emboscadas. El carnaval es mitad fiesta y mitad regreso a las sombras del secreto; se asemeja a aquella expresión: “Mi vida no le importa a nadie. Vivo como quiero”. Con o sin disfraz, la realidad es la que es; somos seres desconocidos y solitarios. En última instancia, un simple disfraz puede juzgarnos o incluso enamorarnos. A veces, las ilusiones llegan a ser muy poderosas, tanto que nos descubren que estamos hechos de materia y no de cartón piedra.
El carnaval, en definitiva, es un artificio lleno de imágenes caóticas, fragmentadas entre el bien y el mal que engendra pasiones en los lánguidos y alimenta a los divertidos. Es el descorche del frenesí, el muerto en el entierro jugando al escondite inglés, sin mover las manos ni los pies o los vivos poniendo a recaudo sus fantasías. ¿Qué mejor carnaval que el soñar cuando aún laten los sueños? Vivan y dejen vivir.