Opinión

El cautiverio

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 20 de febrero de 2026

Es evidente que a las pocas semanas de severidad carcelaria ésta amainó considerablemente. Le subieron a una estancia alta de la casa de Dali-Mamí, en la que una luz poderosa entraba por dos grandes ventanales enrejados. Comenzó a componer versos de tema religioso; alabanzas a Jesucristo y a su bendita Madre, que Nahima llamaba Lela Marién, al Santísimo Sacramento y otras cosas santas y devotas. Aprendió que El Corán cree, como los cristianos, que Jesús es Hijo de Dios, que María lo tuvo virgen por obra y gracia del Espíritu Santo, habiéndoselo anunciado un mensajero de Dios. ¿Por qué? Porque Dios lo quiso y dijo “sea”, según dice Mahoma. Es imposible decir cuánto tiempo transcurrió entre la captura de Cervantes y su primera tentativa de fuga; probablemente ello no fue antes de la primavera de 1576. En marzo de ese mismo año quedó “libre” de todo encierro, pasando a ser preceptor literario del hijo pequeño de Dali-Mamí, que parecía conocer perfectamente, con tan sólo trece años, el griego clásico. Pasó a tener su propia habitación, aunque la mayor parte de las noches las pasaba con Nahima en la habitación de ésta.

  • ¡Válame Dios! ¿Qué es esto que veo? ¿Es por ventura algún ángel humano el que estoy mirando? – dijo Cervantes la primera vez que Nahima desnuda se metió en la cama en espera de su amor. Mil veces le bebió el aliento de la boca, teniéndoles el contento atadas las lenguas.

En Argel se encontró Cervantes con una ciudad más poblada que Roma o Palermo, que tenía más de cien mil habitantes, aunque su cuarta parte estuviera constituida por esclavos. No cabía duda que era tanto o más animada que Nápoles. A finales de abril de ese mismo año contrató a un moro para que a pie lo guiase a él y a otros seis compañeros cautivos hasta Orán, ciudad en manos españolas. La compañía se puso en marcha, el moro los abandonó en el camino, los fugitivos se vieron obligados a regresar a Argel, y Cervantes fue de nuevo encadenado y metido en la oscura y húmeda mazmorra mohosa. En los primeros meses del año siguiente le hallamos interesado en la obra de un prisionero italiano, Bartolomeo Ruffino, que había emprendido la tarea de escribir una relación sobre la toma de la Goleta y Túnez: en una fecha anterior al 3 de febrero de 1577 Cervantes regaló a Ruffino dos sonetos de cumplimiento. También volvió a amasar con sus manos los grandes pechos y las grandes nalgas de Nahima, a la que llegó a escribir una composición de diez octavas reales, como Alonso de Ercilla hizo con Glaura.

  • ¡Qué qadib más rico tienes, Miguel! – le decía Nahima amorosamente entregada, y llenándole de zalemas – Debes de ser, sin duda, casado en tu tierra – le seguía diciendo después de las delicias – y por eso deseas ir a verte con tu mujer.
  • No soy casado, pero tengo dada la palabra de volver a casa de mis padres para seguir la carrera de las armas. Mientras tanto, deja que tus nalgas sean para mí la mejor almohada. Rellenita, rellenita, la de las manos de plata, más te quiere tu Cervantes que el rey de las Alpujarras.
  • ¡Ay, mi chilibí, no te duermas ya y vuélveme a hacer el amor!
  • Nunca mi intento fue, es y será otro que daros gusto y contento en cuanto mis fuerzas alcanzaren.

Ahora bien, el espíritu libre, español y generoso de Miguel andaba, sin duda, más ocupado en preparar planes de huida para él y sus compañeros que en la literatura y la hermosa carne. Su familia hacía cuanto estaba en su mano para reunir los fondos destinados al rescate, pero la suma que llegaron a recoger quedó muy por debajo del precio puesto a Cervantes por su helenista dueño. No resultaba sencillo para quienes eran relativamente pobres como los Cervantes allegar dineros que permitiesen afrontar los gastos de una liberación doble. Por eso lo primero que hizo nuestro sordo cirujano Rodrigo Cervantes fue tratar de cobrarle a un tal licenciado Pedro Sánchez de Córdoba los ochocientos ducados que le debía éste desde hacía diez años, y que en vano había tratado de cobrar en otras ocasiones. Puso también el cirujano a la venta algunos bienes de su propiedad, y al tiempo dirigió al Consejo de Castilla, y luego al Consejo Real, como también hacían centenares de padres en parecida situación, un escrito de ayuda. Pero el socorro que solicitaba no lo obtuvo nunca, pese a lo cual, y apoyándose en un certificado de limpieza de sangre, volvió a solicitar la merced, también con resultados negativos. La desesperación y el desánimo de ver que todas las puertas se le cerraban fue tan grande que la madre, Doña Leonor de Cortinas, aconsejada seguramente del viejo amigo de Miguel, Getino de Guzmán, se decidió a jugar una última carta, y pidió ayuda al Consejo de la Cruzada. Para ello la amantísima madre ni siquiera reparó en la más peligrosa mentira, y juró que era viuda, sin duda porque veía más fácil el camino a través del perjurio. La treta y las mentiras dieron resultados, y se le concedió un préstamo de sesenta ducados, que ella entregó, junto a otros pequeños ahorros, a los tres frailes trinitarios que con gran acopio de dinero tenían previsto su viaje a Argel en la primavera de 1577. Aún no había suficiente dinero para rescatar a los dos hermanos, pero fue bastante, sin embargo, para rescatar a Rodrigo de Cervantes, y el 24 de agosto de 1577 Rodrigo, que estaba escandalizado de los amores de su hermano con la infiel Nahima, partió para España, y comenzó de inmediato a poner en ejecución un plan que él y su hermano habían concertado mientras se aseaban en los grandes baños de los duros baños de la casa de Dali-Mamí. Rodrigo habría de componérselas para enviar una fragata que transportara a los prisioneros, y cuando se dio a la vela en Argel sacó de lo más recóndito de sus calzones cartas de dos cautivos, caballeros de San Juan, que recomendaban ardientemente el proyecto a los virreyes de Valencia y de las Islas Baleares. Los preparativos iniciales se llevaron adelante con habilidad y sigilo. No lejos de la costa, a una legua al este de Argel, había un jardín perteneciente a Hassán, el alcalde bujarrón de la ciudad. El jardinero de Hassán era un guapo pamplonica que se llamaba Juan. Cervantes trajo al sodomita jardinero a la buena causa a cambio de concederle sus favores sexuales: cavaron una cueva en el jardín e introdujeron allí, de dos en dos y tres en tres, unos catorce o quince cautivos cristianos o “nazarini”, a quienes alimentaban con ayuda de un melillense conocido con el apodo del Dorador. Los conspiradores habían empezado su trabajo mucho antes de que partiera Rodrigo, y algunos de ellos habían permanecido en la cueva seis meses, pareciendo espectros asustadizos, cuando se les unió Cervantes en ella hacia el 20 de septiembre. Todo parecía bien encaminado y prometedor. Capitaneada por un experimentado navegante mallorquí, Luis Viana, que había sido también cautivo en Argel y que conocía bien aquella costa del antiguo Imperio Cartaginés, una fragata española se allegó al continente africano, según lo acordado, el 28 de septiembre. Ahora bien, inmerso en la nauseabunda perfidia de la sodomía, el degenerado pamplonica, no queriendo perder a Cervantes, del que se había enamorado hasta las cachas, denunció a éste ante Hassán una hora antes de que llegase el buque de Luis Viana, y cuando los libertadores estaban a punto de tomar tierra, percibieron que los vigilantes de la costa gritaban alarma y encendían hogueras, así que la fragata se hizo nuevamente a la mar alta.

Todo parecía dar a entender que Miguel cumpliría los treinta años como esclavo. Con todo, la fragata de Luis Viana tornó a atracar el 30 de septiembre, e incluso algunos desembarcaron. Sabedor el Dorador de que el despreciable Juanillo había denunciado el asunto ante su señor Hassán, descubrió éste a su vez el plan a Hassán Pachá, Dey de Argel, a fin de no caer él también en el conato criminal de fuga. El cocinero melillense condujo al jardín una partida de gente armada, y allí fueron apresados tanto los escondidos como los libertadores procedentes de la fragata. Inmediatamente Miguel dio la cara por todos.

  • Por los clavos de Cristo, ninguno de estos cristianos que están aquí presentes es responsable de este intento de fuga. Yo solo soy el responsable y urdidor de esta trama de españoles.

Al momento Cervantes fue tirado al suelo, y allí fue pateado y escupido por el chauz. Luego, bajo un chaparrón de insultos y maniatado, muy magullado en todo su cuerpo, fue conducido ante la presencia de un iracundo Hassán, que le amenazó con la tortura y la muerte. El prisionero se sostuvo en afirmar lo anterior:

  • Yo, señor, soy el único responsable y el organizador de esta maquinación. Todos los demás compañeros han sido persuadidos y movidos por mis palabras y por mis promesas.

Hallándole indiferente ante las amenazas y la muerte, el Dey, conmovido por el valor y la dignidad de Miguel, le perdonó la vida, lo compró a Dali-Mamí y lo redujo a estrecho confinamiento. Días después, añorando en una lóbrega mazmorra los encantos de Nahima, se le comunicó que el traidor y pervertido Juan había aparecido ahorcado en el mismo huerto del que era jardinero, bajo un plátano, con la cabeza abajo, ahogado por su propia sangre y horriblemente castrado.

Ahora bien, ¿por qué el cruel Hasán perdonó la vida a Cervantes? ¿Acaso en la esperanza de obtener por él un cuantioso rescate? ¿Lo movió acaso una sincera admiración por el valor de su cautivo? ¿Acaso las inclinaciones sodomíticas de Hasán salvaron a Cervantes de la muerte? ¿La pasión por su carne le salvó de la sed de su sangre? Durante los cinco meses siguientes Cervantes permaneció maniatado en poder de Hasán y se ocupó en madurar otro plan de evasión. En los primeros días de marzo de 1578, estando preso todavía, despachó secretamente un mensajero a Orán con cartas dirigidas a esa ciudad a personas de su conocimiento y con ellas una petición a Martín de Córdoba, comandante durante ese año de la guarnición española en la plaza. Pedía Cervantes con urgencia que se mandaran espías o personas de su confianza a Argel con el fin de que le ayudasen a fugarse a él y a tres de sus compañeros de prisión. Fue arrestado el mensajero cerca de Orán, devuelto a Argel y traído ante Hasán, por cuya orden le empalaron. A Cervantes le mandaron dar dos mil palos, lo que hubiera significado una muerte segura. El moro recibió la muerte con serenidad estoica, como un Caupolicán musulmán, sentándose sobre la estaca como sobre un cojín. Parece que en el caso de Cervantes la pena le fue remitida: a cambio su cuerpo se convirtió en el lupanar de la sensualidad caprichosa e indómita de Hasán. Ello le generó tal trauma y odio vitalicio a los moros que el día más feliz en la vida de Cervantes fue aquel en que el rey Felipe III decretó la expulsión de todos los moriscos de España.