Es cierto que pasó desapercibido a finales del año pasado, y son incomprensibles —casi— siempre las razones por las que un libro llama la atención y otro no, pues hay demasiadas variables de por medio. No obstante, los que se mantienen resguardados en la seguridad de lo que tienen que decir a quien los lea, son los que realmente quedarán cuando vaya pasando una oleada tras otra, y estas son inacabables. Será complicado no sentirse seducidos por ellos. Su lectura abrirá percepciones, pondrá a prueba la impaciencia de los acomodados, cumplirá con despreocupada alegría al sorprender, en el caso que nos concierne, con estos poemas que sólo parecen guiarse por el orgullo de expulsarse de sí y que sean recogidos por otros.
La selección de Tú pones la tormenta y yo la noche. Poemas del Gitanjali, de Rabindranath Tagore, llegó en septiembre de 2025 y merece una renovada atención que haga saber de su sofisticación sin ambages, de su profundidad sin desmesuras verbales y la nitidez de sus imágenes, evocadoras de esos paisajes orientales, mínimos, pero trabajados a consciencia por las palabras de quien supo ceder protagonismo y sabiduría a los elementos naturales y sensoriales.
El libro, dividido en dos, El gran escalofrío de ser otro. Poemas amorosos y de la naturaleza y Derecho al aguacero. Poemas místicos, enseña las posturas de Tagore, uno de los grandes escritores y poetas bengalíes de principios del siglo XX, galardonado con el premio Nobel en 1913, sobre las revelaciones que a diario imperan sin que sean tomadas en consideración. El curso del monzón y el aviso imperceptible que pueda llegar a nuestra puerta pueden equipararse en su fuerza silenciosa, como de divinidad que nos rogase y a la que no sabremos atender. De una sección a otra del libro, resulta complicado separar las características, pues salvo menciones al Otro, al Ser, al Dios en cuestión, uno no sabe diferenciar qué los identifica en la parte primera o la segunda. No es algo que afecte a su comprensión, desde luego, pues igualmente la labor de traducción y adaptación de los poetas Jesús Aguado y Subhro Bandopadhyay, es meritoria y les debemos agradecer la evidente pulcritud de la selección, además de la nota introductoria.
Aquí se huye de la postal en la que solemos caer todos los escritores occidentales u occidentalizados cuando escribimos de escenarios, sensibilidades y culturas remotas, tanto intelectual como físicamente. Leer a Rabindranath Tagore es apreciar una sintonía acuosa que indica lo que nace y va enredándose en su verdor en el lugar que nos parecía vacío, y pronto puede verse asediado por la soberbia monzónica que no entiende de las delicadezas —y el poeta sí— de la barca y su cabo que se tensan con cada borrasca, de las flores que se verán esparcidas para guiarnos en la también borrascosa sensación amorosa que crece en nosotros. Cualquier palabra se quedará en minucia intentando traducir su grandiosidad, y esta, a la vez, será tan pasajera como trascendente.
‘La mente se apresura hacia la tierra/ y respira el origen de los tiempos./ Recién surge la hierba en nuestros ojos./ Hacia el este se van los pensamientos/ e inundan con sus cantos todo el mes./ Danza el bosque y también danza mi cuerpo./ Las palabras que brotan temblorosas/ del arrozal oscuro y de la nube/ traen la paz al mundo, a todo el mundo’.
El centro de sus poemas, muy breves, nos saca del nuestro. Se bendice el diálogo que arrastra la memoria de la lluvia.