Lo fue en su día el padre, también la madre. Juan Abarca Cidón se ha convertido en el médico que de forma más profunda y solvente reflexiona sobre los problemas de la sanidad. En un artículo publicado en El Español, afirma: “Es posible fortalecer la sanidad pública sin demonizar la privada”. El máximo error, tal vez, que se puede hacer al enfrentarse con un problema tan especialmente agrio como el de la sanidad es politizarla. Se trata de un derecho fundamental del ciudadano y cuando los hospitales públicos se convierten en empresas en las que los políticos colocan a sus parientes, amiguetes y paniaguados, la atención sanitaria se hace ineficaz y multiplica su coste por tres.
“La sanidad -escribe Juan Abarca- no debería ser espacio de confrontación ideológica, sino un servicio esencial cuyo objetivo es proteger la salud de la ciudadanía”. La sanidad pública y la privada deben complementarse, no excluirse y mucho menos agredirse. La extrema izquierda quiere un sistema que excluya la sanidad privada y que permita a los políticos mangonear a su antojo. “Nadie cuestiona -escribe Abarca- que el Sistema Nacional de Salud es y debe seguir siendo un sistema público en su financiación, en su vocación universal y en su orientación al interés general; la aspiración de fortalecer la gestión pública directa es legítima”.
Lo que no resulta legítimo es perseguir la sanidad privada y hundirla en la miseria. Un sistema razonable de atención sanitaria a la entera ciudadanía consiste en conjugar la sanidad pública y la privada, dentro de los parámetros que el doctor Abarca señala en su excelente artículo publicado en El Español.
“Incentivar la gestión pública -concluye Juan Abarca- no debería significar limitar la colaboración” porque “la prioridad de la gestión pública directa no es incompatible con garantizar seguridad jurídica, continuidad asistencial y flexibilidad organizativa… en sanidad lo verdaderamente importante es que el paciente reciba la atención a tiempo y con la máxima calidad posible”.