Yolanda Díaz ha anunciado que no se presentará al frente de Sumar en las próximas elecciones. La vicepresidenta, que sí ha aclarado que agotará la legislatura en su puesto, ha sido la primera víctima de las guerras intestinas en la izquierda, donde ha comenzado la lucha por el poder y sus purgas subsiguientes. No gusta, en el seno del Partido Comunista de España, al que pertenece, su descarado sanchismo, la sumisión al PSOE, el apoyo taimado a los socialistas, asediados por la corrupción.
El legado de Yolanda Díaz está marcado por la ruptura del llamado ‘diálogo social’, y el intento de arrinconar a los empresarios hasta la irrelevancia en la vida pública. El presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, denunciaba este mismo martes el intento de asalto a la dirección de las empresas por parte de la vicepresidenta y también ministra de trabajo: “Los sindicatos van a dirigir la empresa, van a tener el 50% del Consejo de Administración y otras tantas cosas que plantean”, afirmaba, en referencia a la “democratización de las empresas” que prepara Díaz como su más preciada herencia política, apenas un eufemismo para referirse a medidas pseudocomunistas que cuestionan la propiedad privada y abren la puerta a que el Estado se inmiscuya en la libertad empresarial.
El representante de los empresarios aclaraba: “Las empresa es democrática con sus accionistas, que son los que se juegan el dinero”.
No se puede, por tanto, desestimar los esfuerzos de la vicepresidenta Díaz por destruir la propiedad privada y la economía libre de mercado en España, el objetivo último de los comunistas. Quizá por eso en la izquierda han comenzado a ponerle el mote de “la mejor ministra de Trabajo de la Historia de España”, haciendo gala de su providencial cursilería y del alivio de verla ya en retirada.
Porque lo cierto es que ni siquiera los suyos la aprecian. Yolanda Díaz se ha distinguido por elevar la alta traición a la máxima categoría. Fue desleal con Pablo Iglesias, que le abrió las puertas del liderazgo de la izquierda y contra el cual se conjuró con abierta alevosía. Nadie a su alrededor podía estar tranquilo, dado el historial de la vicepresidenta. La insidia y la ingratitud son marca de la casa. Ahora, los que la halagan preparan su sustitución en la nueva aventura para tratar de reanimar una izquierda renqueante, maltrecha electoralmente tras años de servicio al PSOE de Pedro Sánchez.