Cultura

Sinners (Los pecadores): todos los géneros del cine caben en un blues

CRÍTICA DE CINE

Joaquín del Palacio | Jueves 26 de febrero de 2026

Tenemos tendencia a catalogar las películas en un género concreto; nos da seguridad y refuerza nuestro débil albedrío ante el enorme ruido de la vida hiperestimulada. Lo bizarro es encontrarse con una película que reúna todos los géneros a la vez y que se mezclen con arte de maestro coctelero: comedia, drama, aventura, cine negro, gore o western se dan cita en Sinners, incluyendo unos extraordinarios efectos especiales y una música vibrante que nos acompaña durante todo el relato. Porque al final va de eso, del blues que es la propia vida, la de ellos y la nuestra. En estas líneas intentaremos explicar un punto de vista que creo nos llevará a mucha más profundidad de que lo que pudiera parecer a simple vista. Y el resultado de este cóctel es que opta a dieciséis premios Oscar, el récord histórico.

Cuando el río suena, agua lleva

Si todos hablan de ella, por algo será. Pensar que es una película de vampiros sería quedarnos en la purita superficie. Sin mirar mucho más adentro, sin sumergirnos demasiado se atisban muchos elementos de protesta flotando en el proceloso sur. Desde luego no es casual que los protagonistas sean negros y vivan en Misisipi, uno de los estados más racistas de EE. UU. Desde el principio el director, Ryan Coogler, nos introduce en las desigualdades y la violencia que tienen que padecer esas personas. Luego las traslada al campo fantástico, que no es sino una continuación de lo vivido, pero de manera eterna. Aunque parece que la muerte los iguala, los corporativiza. Por eso hay chinos, negros, blancos e indios que forman parte del mismo conjunto sincronizado, mucho más que el de los vivos. Esta fraternidad la vuelve más compleja ya que incluye elementos del colonialismo donde están presentes todas las injusticias cometidas por la humanidad, pero sin duda ambientada en una zona y época concreta donde con enorme diferencia quienes más sufrieron fueron los afroamericanos, y siempre de mano de los blancos que fueron los esclavistas. Y como no era suficiente martirio, después de liberarles les negaron la mayoría de sus derechos, hasta hoy. El racismo, la colonización, la religión o la explotación de los negros aparecen en este caso como formas vampíricas de dominación. El vampiro es por tanto más una metáfora que un monstruo real.

Y siguiendo con la música de la que hablábamos antes, a todos esos blancos les encantaba el blues, pero despreciaban a sus músicos por ser negros, una contradicción infinita pues sin ellos no habría esa música que tenía un recorrido ancestral y un alma africana. Era una música que corría por sus venas, como la sangre que liban los vampiros sedientos. Esa música en Sinners es el elemento unificador, porque está presente todo el tiempo y nos lleva de un lado a otro con un ritmo trepidante que según ellos mismos ningún blanco llega a entender. Yo creo que mas que a entenderla, a lo que no llegamos es a bailarla.

Argumento

Dos hermanos, Smoke y Stack (interpretados ambos por Michael B. Jordan), regresan de Chicago a su Misisipi profundo con la idea de fundar un club. Son dos duros gánsteres que deben su fortuna a métodos implacables, los únicos que garantizan ganar a los blancos. No tienen miedo y se enfrentan a sus enemigos sin dudar ni un segundo, de ahí su éxito. Buscan a su primo Sammie (Miles Caton) que es un virtuoso de la guitarra e hijo de un pastor y comienzan la búsqueda de personal para equipar su club. Sammie no solo se enfrenta al racismo sino también a su propia familia, y especialmente a su padre, opuesto frontalmente a su estilo de vida. Le pide constantemente que abandone ese camino de la música, pues piensa que en ella está el diablo… y quizá tiene razón. De ahí viene el título de la película. Su padre ve pecado en la música, en los músicos y en sus coros y bailes. En esta primera parte no hay nada sobrenatural: hay humor, acción, western, aventuras, amor, pérdida… y sobre todo música. A partir de la segunda mitad, una vez preparado el club llega la noche y continúa la música, que es tan fluida que parece otro personaje. Aquí comienzan a aparecer los fenómenos paranormales y la película cambia de registro hacia un gore a veces exagerado, muy gótico, siguiendo las pautas habituales de las películas de vampiros cambiando Transilvania por Misisipi. Los vampiros también tienen derecho a viajar, aunque no sea en Ryanair. Son memorables los coros, los bailes, y la música, que no siempre es blues. El maestro de ceremonias musical, Ludwig Göransson nos ofrece gospel, rock sureño, country y funk, es decir, un gran espectro de la música negra americana mezclada para los espectadores. Y el resultado es grandioso y merece el Oscar: cada nota sale de una herida que aún sangra, la de los que llevaron allí por la fuerza hace tres siglos y aún hoy en día sus descendientes no han sido resarcidos.

La película está cargada de metáforas que iremos descubriendo conforme el metraje vaya pasando y es una gozada poder ver algo así, tan alejado de los cansinos algoritmos de Netflix, tan puro y evocador, tan autentico y libre. Sin ser fan del cine de vampiros —más bien lo detesto por falta de empatía con el más allá— esta no es una película de ese género, es una fantasía visual que hay que ver para entender. Coogler nos ofrece una obra de arte en la que a través de la comedia, los vampiros y la sátira social, rinde homenaje a su cultura propia. Lo hace a través del blues y utilizando metáforas y subtexto para hablar de la opresión y de la apropiación cultural que aún persiste. Pienso que la famosa leyenda del bluesman Robert Johnson y su pacto con el diablo pueden haber sido parte del gen inspirador de la trama, porque tiene muchos elementos comunes, más allá de que no sabemos si Johnson tuvo realmente encuentros en la tercera fase.

Muchos comparan esta cinta con Abierto hasta el amanecer, de Robert Rodríguez. Yo creo que puede haber elementos comunes, pero Sinners es mucho más ambiciosa tanto en su forma como sobre todo en su fondo. Nos ofrece entrañas que no tiene la otra —o al menos yo no las percibí, la vi más como un divertimento visual—, y nos sumerge, sobre todo en la primera parte, en elementos de la cultura popular, las plantaciones de algodón, la pobreza, la miseria, y solo en la segunda parte nos introduce en el club y el submundo gore-gótico-vampírico.

Si algo une a todos los personajes—independientemente de su raza o personalidad, de si son vampiros o personas—, es la búsqueda de la libertad a través de la música, que es su mejor vía de escape, una vía que les permite olvidar sus problemas, un medio de expresión, que no solo refleja su cultura, sino que también libera sus almas y las purifica.

Los vampiros

Aquí aparece mi única duda y quizá me contradigo con lo expresado antes, pero es que en la duda siempre esta la verdad. Ante una película tan bien hecha, tan bien construida, armada, diseñada, escrita, filmada, montada, musicalizada y fotografiada, ¿para qué meter vampiros? Entiendo que los vampiros tienen su público, como los zombis, pero a mí me sobran. Excepto en las películas en blanco y negro protagonizadas por el único Drácula auténtico, Christopher Lee, los vampiros y su manual de expansión y exterminio me atoran. ¿Por qué todos conocemos el valor simbólico del chupetón en el cuello, los ajos, crucifijos, luz, espejos, estacas y demás aparataje? Pasada la adolescencia, que yo pasé con aprobado raso, podríamos comenzar a cuestionarnos ciertas ideas poco elaboradas. No creo que los vampiros chupando sangre generen gran elocuencia argumental. La película podría haber tenido mil otras opciones de desarrollo más arraigadas a su temática sureña y todos habríamos sido felices y comido perdices escabechadas. La única razón que se me ocurre es meramente marketiniana, porque hay millones de personas que acudirán a las salas precisamente por lo mismo que a mí me rechina y se pondrán a mascar sus palomitas XL con kétchup rojo sangre, rompiendo el sagrado misterio del cine con el ruido de sus degluciones.

TEMAS RELACIONADOS: