Opinión

La inmigración

TRIBUNA

Jesús Carasa Moreno | Jueves 26 de febrero de 2026

Os hablo de la mayor chapuza, que nuestros políticos están perpetrando. ¡Que ya es decir! De la chapuza nacional.

Los españoles hemos sido grandes emigrantes. Y aún lo somos. Durante siglos hemos colonizado América, desde Alaska a la Patagonia, dejando huella, imborrable, de nuestro paso. Después, ir a “hacer las Américas”, ha sido un buen recurso para los valientes que, en España, no podían subir ni el primer peldaño de la escala social.

En el siglo XX, algunos millones, que la mecanización del campo dejaba sin trabajo, emigraron a Europa a cubrir el hueco que había dejado la juventud, exterminada en la segunda guerra mundial.

Fue una emigración ordenada y modélica. Todos con “papeles”. Los que fueron se sacrificaron, enviando un dinero a sus familias, que fue, durante años, el concepto por el que entraban más divisas a España. Y regresaron.

También hemos sido y somos un país hospitalario. Aquí han entrado, desde la prehistoria, con suma facilidad, dada nuestra situación geográfica, individuos, tribus y pueblos, que venían de África, de lo más profundo del Mediterráneo y de más allá de los Pirineos.

Los de Atapuerca, Iberos, Celtas, Celtíberos, Fenicios, Cartagineses, Romanos, Godos, Árabes… entraron sin apenas resistencia. Y nos hemos mezclado con los que se han dejado, pues hemos sido un pueblo, tan hospitalario, que fueron más refractarios, a la mezcla, los que venían, que los que estaban.

Nunca hemos sido muy celosos de nuestra pureza de sangre, ni hemos peleado muy duro por nuestra independencia. contra nuestros muchos conquistadores. Llamar hazaña a nuestra Reconquista es un poco exagerado, pues tardamos ocho siglos en recuperar la nación que, los “moros”, nos arrebataron en siete años.

Y ahora, somos nosotros los que, afortunadamente, necesitamos que vengan de fuera. No tenemos gente adecuada y en número suficiente para que España siga prosperando. No traemos hijos que mantengan las tasas necesarias para el relevo generacional. No tenemos jóvenes dispuestos a hacer ciertos trabajos penosos o delicados. Que cultiven el campo, se suban al andamio, cuiden de nuestros ancianos o transporten nuestros productos. No tenemos suficientes personas, en activo, que garanticen, en el futuro, el cobro de las pensiones.

Y ante esta delicada situación, en la que se juega el futuro de la nación, vemos a nuestros políticos, a todos ellos, comportándose de la forma más torpe y desvergonzada, inhibiendose de las tomas de decisión más elementales, para ordenarlo, dejando las puertas abiertas, de par en par, a todo el que se proponga entrar.

Muchos vienen buscando trabajo, bienvenidos sean; pero los hay que vienen, adoctrinados, para parasitar en nuestro “estado de bienestar”, para delinquir o para formar células doctrinales, incluso terroristas, que son peligrosísimo germen de futuros problemas.

Pero les da igual. La demagogia política, en España, ha llegado a tal extremo que muchos reclaman “papeles para todos” y cuando llegan al gobierno se desentienden de la regulación de este problema, consintiendo que entre, en España, todo el que se lo proponga, no importa su propósito.

Los estabulan y cuando desbordan los lugares temporales de acogida, los siembran, desvergonzadamente, por las calles, de cualquier ciudad, dejando a otros la responsabilidad de su encauzamiento.

Nosotros, ayudamos, en su día, a desarrollar los países a los que emigrábamos y ahora, dejamos abiertas las puertas de nuestro país a muchas personas que solo vienen a parasitar lo que hemos conseguido.

La gestión de la inmigración es el asunto, actual, más importante y el peor y más negligentemente tratado, que ya es decir. Los gobiernos implicados pasarán, sin duda, a la historia, por sus errores en este asunto. Son los de “detrás de mí el diluvio”.