Opinión

Microinjusticias

LETRAS, CEROS Y UNOS

David Fueyo | Viernes 27 de febrero de 2026

Es cierto: hay injusticias que llenan libros de historia y otras que apenas ocupan una baldosa. No salen en los telediarios ni generan manifiestos, pero se perciben en lo cotidiano. Las llamo microinjusticias, pequeñas fracturas del pacto social, normalizadas por la costumbre y sostenidas por la pereza moral.

Hace unos días, en el gimnasio, antes de mi clase de bodycombat, esperábamos los quince minutos reglamentarios mientras el suelo marcaba con círculos nuestro espacio. La chica delante de mí dejó su botella en uno de ellos. No era descuido, era reserva premeditada. Guardaba sitio para una amiga que llegó tarde y ocupó, sin pudor, el espacio custodiado por el plástico. Nadie dijo nada. Música alta. Golpes al aire. Silencio cívico.

La escena es mínima, pero contiene una gramática de la desigualdad. Hay una norma tácita basada en aquello de que quien llega antes elige antes, y una excepción privada: mi amiga importa más que el orden común y yo aquí estoy por encima de las normas. La botella actúa como signo de apropiación. El objeto desplaza a la persona y convierte lo compartido en territorio particular. No es corrupción ni delito. Es algo más sutil, resistente y persistente, pues no es la primera vez que veo que hace el mismo gesto. Es la convicción de que la norma rige para los otros y no para mí.

En El contrato social, Rousseau explica que el pacto no hace falta que sea firmado, sino que es una cesión tácita cotidiana. Renunciamos a una ventaja para sostener la igualdad común. Colocar una botella para reservar sitio no es un crimen, pero sí una ruptura en miniatura de esa cesión. La voluntad particular pesa más que la regla compartida.

La literatura ha descrito bien estas fisuras. En La colmena, Cela muestra cómo pequeñas mezquindades construyen un clima moral; en El proceso, Kafka convierte la injusticia en atmósfera; en Ensayo sobre la ceguera, Saramago revela cómo el deterioro colectivo comienza con decisiones individuales aparentemente insignificantes. En El hombre en busca de sentido de Frankl se describe la normalización de la injusticia. Al verla muchas veces repetida deja de dársele la importancia que tiene.

Las microinjusticias funcionan por repetición e impunidad. “No es para tanto”, pensamos. “No merece la pena ser el rarito que protesta” Y así la excepción se vuelve práctica: en el gimnasio es una anécdota, en la sociedad en general explica favoritismos, colas alteradas, méritos desplazados. No hace falta una revolución para erosionar el pacto, sino que basta la acumulación de pequeños privilegios.

Vivimos en la era de la optimización personal. Queremos ahorrar tiempo, asegurar ventaja. El otro deja de ser prójimo y se convierte en obstáculo. La microinjusticia es la versión doméstica del “yo primero”. Prospera porque parece insignificante y, de hecho, si no protestamos se normaliza.

Quizá alguien dirá que exagero, que es solo un sitio en una clase, que es igual que se repita siempre el mismo patrón, si en la clase había más sitios. Pero las sociedades se astillan así, por acumulación. Tal vez la justicia no consista en grandes proclamas, sino en sostener con rigor las normas más simples. Llegar a tiempo, respetar el turno, no ocupar con objetos lo que pertenece a todos.

La ética empieza en lo cotidiano, en ese círculo que decidimos no invadir.