No, no es la Guerra Mundial. Los Estados Unidos de América mantienen un compromiso político histórico con Israel, consideran a Irán un Estado terrorista y no están dispuestos a consentir que se consume la posesión de armas nucleares por parte del islamismo extremista iraní. Los servicios de espionaje estadounidenses e israelíes han sido rotundos: a pesar del último ataque contra sus instalaciones atómicas, Irán ha proseguido con el enriquecimiento del uranio y se encuentra en la frontera de disponer de armas nucleares que podría utilizar contra Israel en cualquier momento. La gran política consiste en prevenir, no en curar. Donald Trump ha decidido cortar por lo sano y está dispuesto a aplastar la amenaza iraní e incluso a terminar con su régimen.
Pero no estamos ante la III Guerra Mundial. Para eso la China comunista tendría que bombardear las bases norteamericanas a su alcance, sobre todo las que vertebran el Océano Pacífico. Washington confía en que eso no ocurrirá. En todo caso, las hostilidades contra Irán desencadenadas por el Pentágono y su aliado judío han despertado alarma general en todo el mundo.
Indirectamente, España está en guerra. Las poderosas bases norteamericanas en nuestra nación se han puesto en estado de alerta. Sobre todo Rota, que tiene asignado un papel activo en la actual contienda. No hay que alarmarse. Irán carece de medios para amenazar a España y la extensión del conflicto a Europa no parece posible por el momento.
No, no ha comenzado la III Guerra Mundial. La inteligencia política exige, sin embargo, levantar las orejas y mantenerse atentos ante la inquietante situación, “que las cosas de la guerra -escribió Cervantes- más que otras, están sujetas a continua mudanza”.