Pocas veces la tardanza, sumada a una posteridad agradecida con el legado, fue tan provechosa. El conocido hecho de la única novela publicada por Giuseppe Tomasi di Lampedusa, y todo el recorrido y caladura que tendría por la adaptación cinematográfica de Luchino Visconti y la progresiva recomendación de sucesivos escritores, ha llegado hasta nuestros días como ejemplo ideal del más vale tarde que nunca, a pesar de que, seguramente, al propio príncipe le hubiera gustado disfrutar en vida de esas mieles.
En España, donde la literatura lampedusiana y sus ecos han tenido su arraigo, se ha podido acceder a la totalidad de su obra, también por el trabajo de recuperación de las divertidas cartas de sus viajes por Europa y, recientemente, la publicación de los escritos de sus familiares. El año pasado, la editorial Acantilado traía Lampedusa y España, de Gioacchino Lanza Tomasi, primo lejano del príncipe, musicólogo y procurador de su herencia intelectual, y ahora continúa ese paseo por los motivos y salones sicilianos con los versos de Lucio Piccolo, primo hermano de Lampedusa, poeta, esoterista y barón de Calanovella.
Los Cantos barrocos y otros poemas, prologados por Eugenio Montale, su primer valedor, y con la edición, noticia biográfica y traducción de José Ramón Monreal, tienen el encanto de los libros raros que han sido salvados de su propio naufragio. Tan peculiarmente desacomodados de tiempo y modas como en los años en que fueron publicados, aun después de la muerte de Piccolo, son, efectivamente, visiones regodeadas del paisaje de su Palermo natal, recordado y vuelto a dibujar con un trazo más hiperbólico, surreal incluso, y que desde la villa de Capo d’Orlando se han querido traer para insuflar más aliento, más trueno y exuberancia. Piccolo, en las notas finales en las que describe su obra, comenta el rapto místico —y, por el uso de hipérbatos y vocabulario, también un tanto sísmico— que posibilitó la escritura de esos poemas.
Estudió hasta el último vate antiguo y contemporáneo para saberse adquirido de las mejores maneras de cada uno y así dar rienda suelta a su lírica, además de la permanente y amistosa disputa con su primo sobre quién había leído más y descubierto a más autores. En su caso, aparte de la reivindicación de los místicos españoles, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz —‘Y es justo que así sea porque nosotros los sicilianos somos españoles. ¡En mi altar está Lope de Vega!’, dice en el epílogo La poesía es memoria—, resultan claves la influencia de William Butler Yeats y la resonancia de Dylan Thomas, uno por el marcado aura de lo sobrenatural, y el otro por la torrencial imaginería en los poemas más extensos. Su lectura, no obstante, gana en los más breves: ‘Al mar arrojo, a la ola/ atento, la red y cuando/ la saco de nuevo dubitativo/ no encuentro celestes/ escamas que centelleen/ ni mújoles ni corvallos/ con temblor de plata/ sino sueños sin fin/ arabescos en el viento/ de espumas cristalinas’, dice el titulado El engaño en la red.
La poesía de Lucio Piccolo hierve con las ensoñaciones telúricas de iglesias, calles, puertos y rincones ajardinados. El retiro al que se vio obligado por las cuestiones de supervivencia familiar, permitió una escritura excesiva y resplandeciente que alimentó la fogata de una memoria que se alzaba y caía, mirando alrededor lo que se alejaba pero seguía prometiendo fulgores, aquellos que su tierra siempre supo corresponderle para que no estuviera todo perdido, aunque llegase el día en que sí.