Opinión

El Tirano cumple cien años

TRIBUNA

Gastón Segura | Domingo 01 de marzo de 2026

Cuando este 2026 llegue a su fin se cumplirá el centenario de la publicación de Tirano Banderas, de Valle-Inclán. Lo apropiado hubiese sido abstenerme hasta el próximo quince de diciembre para recordarlo entonces; sin embargo, tras un rápido vistazo al presente, no me cupo ninguna duda de que era más gozoso anticiparles la conmemoración de ese prodigio de nuestra narrativa y aliviarles, con estas dos páginas, del estruendo de escándalos que nos acucia.

En cuanto a la portentosa singularidad de Tirano Banderas, indudablemente emana de su transformación de un relato en un retablo. Esta maña le fluía con soltura a Valle-Inclán hacía un par de años cuando, con Luces de bohemia (1924), había cuajado un lenguaje forjado durante casi una década, entre el artificio y la germanía, indispensable para el discurrir sobresaltado del esperpento, que si bien concibió para el teatro, empleó deslumbrantemente en esta novela y en las posteriores; es decir, en su ciclo inconcluso de El ruedo ibérico (1927-34). Un lenguaje impostado en cuyo seno, hasta las muchas voces americanas empleadas en esta novela, lejos de anclar la trapisonda en aquella realidad supuestamente tropical, contribuyen a levantar un guiñol hiperrealista. Un atrevimiento arriesgado porque, al menor descuido, la narración podía derrotar hacia la ridiculez, o bien alcanzar, como es el caso, la ejemplaridad de la fábula. Tanto es así que Tirano Banderas, desde su grotesca ucronía, devino en el germinador de toda una saga: las novelas del sátrapa americano.

Suman un buen puñado de títulos, que más o menos dista desde Odisea en tierra firme (1931), de Mariano Picón, hasta La fiesta del chivo (2000), de Vargas Llosa. Entre todos ellos escogería El Señor Presidente (1946), de Miguel Ángel Asturias, y El otoño del patriarca (1975), de García Márquez. Es más; opino que ambas narraciones se pueden codear sin rubor con la afantochada corte del general Santos Banderas de Valle-Inclán; pues para comenzar, tanto Asturias como García Márquez abandonaron desde la primera página cualquier pretensión realista, transponiendo todo calendario concreto e incluso el país, para ubicar sus relatos en una imprecisa y calenturienta América caribeña, de semejante manera a Valle-Inclán, que situó Tirano Banderas en la imaginaria República de Santa Fe de Tierra Firme, y para proseguir, también ambos necesitaron urdir una portentosa y genuina forma expresiva. Verán; si Valle-Inclán se asentó sobre un lenguaje propio, el del esperpento; Asturias, previo a la escritura, recurrió a una melopea que se repetía incesantemente por los cafés parisinos hasta memorizarla; mientras que García Márquez optó por una multitud anónima cuyas voces, más que una biografía, ensueñan, página tras página, una leyenda.

Y no obstante, contra el padrinazgo que se le reconoce entre la crítica y que le acabo de atribuir, ese de ser la precursora de las novelas del tirano americano, les precisaré que la peripecia del general Santos Banderas no fue la primera narración en abordar este asunto, pues la habían precedido Amalia (1851), de José Mármol; El conspirador (1892), de Mercedes Cabello; El cabito (1909), de Pedro María Morantes, La máscara heroica (1923), de Rufino Blanco-Fombona, y la sucederá casi de inmediato La sombra del caudillo (1928), de Martín Luis Guzmán; todas concebidas y escritas por hispanoamericanos. Y aunque influidas por la estética de su época; o sea, desde el romanticismo de Amalia hasta el realismo, más o menos mitigado y postrero, de La sombra del caudillo, todas mantienen un afán de verosimilitud y de denuncia opuesto al espíritu bufonesco que vierte Valle-Inclán. Al punto que, aun reconociendo tanto Blanco-Fombona como Martín Luis Guzmán la singularidad artística de Tirano Banderas, no dejó de antojárseles una caricatura de los temibles gerifaltes que sojuzgaban sus países, tejida con prejuicios europeos de cartón piedra; en resumen, un folletón compuesto por un gachupín, ajeno del todo a aquellas destrozantes tragedias. Desconozco, y es lástima, qué opinó Guzmán —Blanco-Fombona ya había muerto— cuando veinte años después vio la luz El Señor Presidente en México, pues la monumental novela de Asturias recurrió sin recato, como Tirano Banderas, al estampado en agua fuerte como la mejor manera de universalizar a un tipo y a una sociedad; en definitiva, se acogió a la hipérbole. Idéntico recurso, pero rebozado en la salaz eutrapelia, al empleado, tres décadas después, por García Márquez para su cuenta de la desmemoria inmemorial del general Zacarías Albarado.

Empero, ese guarecerse bajo la exageración de apariencia desvergonzadamente deshumanizada para ir trabando una farsa o goteando las mayores crueldades de un viejo insomne, que no respondía sino un enigmático «ajá» a cuanto le planteaban alarmados sus ujieres y edecanes, nos las tornan en relatos iluminadores —o sea, explicativos por su creación de un prototipo— de cuantos cabecillas montunos se adueñaron sucesivamente de aquellas repúblicas, por medio de cargas a degüello o de sigilosas emboscadas nocturnas, durante el último par de calamitosas centurias. Incluso hoy, sujetos como Alejandro Toledo disfrazado de Inca para oficiar un estrafalario ceremonial al Sol o el sandunguero Nicolás Maduro, muy puesto de chándal, impartiendo consejos domésticos por la televisión, mientras en El Helicoide amontonaba almas descerrajadas de cualquier esperanza, son fieles calcos de aquellos patriarcas de la patria retratados con una guasa ácida y sin concesiones a la caridad por Valle-Inclán, Asturias y García Márquez. Porque la moraleja y su correlato vocinglero, la política, se sublevarán de improviso en nuestras conciencias cuando bisbiseemos sus puntos y finales. De modo que échenles una leída y estremézcanse tras la última carcajada.