Los Lunes de El Imparcial

Cristina Araújo Gámir: Distancia de fuga

Novela

Domingo 01 de marzo de 2026

Tusquets. Barcelona, 2026. 496 páginas. 22,90 €. Libro electrónico: 12,99 €.

Por David Lorenzo Cardiel



Cuando Virgilio escribió en sus Bucólicas, que “Amor omnia vincit et nos cedamus amoris” (dicho en castellano: «el Amor todo lo puede, así que cedamos al amor») se plantea una pregunta implícita: ¿cuánto estamos dispuestos a sacrificar por el amor, por los demás? En un bello pasaje, Cornelio Galo recurre a la desazón por Licoris, cuyo recuerdo le invade. Tal es el tormento que quiere escapar de sus propios pensamientos abandonando la bulliciosa ciudad y entregándose a las abnegadas tareas campestres (vida sencilla) y, en los ratos libres, componer poesía en enaltecimiento de la naturaleza (la poesía pastoril).

Galo es un idealista, claro: quiere ver en el medio rural un camino de vida que no está dispuesto a aceptar, porque él no va a dejarse las manos trabajando la tierra o sufrir las picaduras de los insectos al recorrer los prados junto con el ganado. No es Kostya, el personaje de Anna Karénina que, una vez fracasa su intento amoroso con Kitty, purga sus penas con trabajo duro, como uno más de sus mujiks (campesinos siervos), en sus tierras. Galo quiere dormir a la sombra de un sauce llorón en el tórrido verano del Lazio, tocar la lira y cantar a los vientos y a los ríos en su magnificencia divina.

Pero —para fortuna de todos—, el personaje de Virgilio está tan preso de amor que no pude renunciar a su eterna elegía. Así que pronuncia la frase que ha pasado a la historia de la literatura como símbolo de tierna esperanza para todos los adolescentes que recorrieron sus primeros pasos en el estudio del latín y de los amoríos: el amor (romántico, no el universal) es invencible.

Pero ¿realmente lo es? Siempre me resulta fascinante comprobar cómo los grandes tópicos literarios siguen actualizándose al margen del paso del tiempo, de las generaciones, de la evolución de civilizaciones y sociedades. Importa poco la cultura de procedencia. Los humanos seguimos cantando a la Trascendencia, bien divina, bien social a través de la gesta y el relato; al Amor, normalmente al romántico y sus jugosas pasiones; a la Familia, como pertenencia al clan, recogimiento; a la Soledad, como abandono sufrido o como renuncia del mundo; y al Viaje Iniciático, como renacimiento después de un desastre. Desde Romeo y Julieta de Shakespeare hasta las obras grecolatinas en torno a la figura de Heracles—Hércules, sus Doce Trabajos y la ira de la diosa Hera, que le nubla la mente, provocando que el héroe asesine a su familia. Desde la Eneida hasta Doctor Strange.

No se libra de caer en el tópico, escrito esto para bien, Distancia de fuga, la segunda novela de Cristina Araújo -con la primera, Mira a esa chica, se alzó con el Premio Tusquets 2022-. Araújo despliega unas habilidades narrativas notables para presentar al lector una historia que se convierte en hermosa gracias a su habilidad literaria. Este trabajo es una novela escrita para el puro placer lector, es decir, para su entretenimiento. Más allá de esta grandeza (que no es poca cosa; de hecho, es la principal virtud que ha de tener una novela para ser buena y ameritar lectura y recomendación), la narración es conservadora y se apoya en tópicos literarios sucesivos.

Theo, amigo de Robin, viaja a la villa de la familia de su amigo (no a cualquier casa, a una villa: lujo). Es verano, es Italia (en norte, la zona rica del país y vinculada a las grandes urbes: Florencia, Bolonia, Milán, Turín, Génova, Pisa) y es un chaval introvertido que intenta culminar su tesis doctoral en Filosofía. Cuando conoce a Frances, la hermana de Robin, el roce hace el cariño y se lían.

Pero Frances tiene sus propios sueños; es una mujer independiente. Y aquí la acción cobra fuerza en una calculada tensión, muy telenovelesca. Según los amantes evolucionan en la inercia de su vínculo y de sus objetivos, la relación pasará por altibajos. Viven dos caminos divergentes imposibles de conciliar, salvo que ambos, o uno de ellos en desmesura, ceda su proyecto vital en favor del amado o la amada.

En esta segunda novela de la autora he encontrado a una notable narradora, que bien merece lectura y seguimiento, pero, como comentario muy personal, he echado en falta riesgo, ambición narrativa, fuerza. No diferencia (eso de tener que crear siempre algo novedoso es aburrido y estúpido, uno de esos imperativos del positivismo, que no se sostiene), sí mayor complejidad, detalle, profundidad de trama.

Distancia de fuga es una novela que se disfruta, ante la que el lector se deleita, aunque se comporte, en esencia, como una colección de tópicos milenarios que, así a bote pronto, exploraron décadas atrás Somerset Maugham, Italo Calvino, Zweig, Singer o mis maestras de referencia, Carson McCullers y Natalia Ginzburg con fina destreza y profundidad psicológica y social, en especial, Ginzburg.

¿Deben leer, entonces, Distancia de fuga? Yo les recomiendo que sí. Esta propuesta rebosa saber hacer. Háganse con la novela y disfruten de una bella y deliciosa historia de amor.

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