Los Lunes de El Imparcial

Ayşegül Savaş: Los antropólogos

Novela

Domingo 01 de marzo de 2026

Traducción de Victoria Alonso Blanco. Tusquets. Barcelona, 2026. 216 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 9, 99 €.

Por Soledad Garaizázal



¿Quiénes son los antropólogos? En la más reciente novela de la escritora de origen turco Ayşegül Savaş, los antropólogos son una pareja joven, Asya y Manu, que vive en una ciudad que no es la suya. Los dos son extranjeros, cada uno de ellos procede de un lugar distinto del mundo, están lejos de sus familias y de sus respectivas culturas. En ningún momento sabemos exactamente qué nacionalidades tienen, ni siquiera qué ciudad les acoge.

Son muy observadores, principalmente ella. Casi como cualquier persona curiosa que está fuera de su hogar, le gusta analizar a los nativos, disfruta intentando comprender cómo se desenvuelven las personas en esa cultura que le es ajena, de qué modo se organizan social y familiarmente, en qué creen, qué rituales siguen, a qué temen.

Se conocieron cuando eran becarios en otro continente, se casaron hace años y llevan meses en esta nueva ciudad. Ahora han empezado a mirar pisos para comprar alguno, parece que definitivamente necesitan echar raíces en algún lado. Asya tiende a reflexionar sobre lo solos que están, “tenemos que formar un grupo, le decía. Tenemos que encontrar gente en la que confiar. Y le sacaba a colación estudios sobre la relación entre la amistad y la demencia”.

Ella trabaja como directora de documentales. Le han concedido un dinero para su próxima obra y ha pensado en grabar la vida que se desarrolla en un parque de su vecindario. Va a ser un trabajo fundamentalmente etnográfico, basado en recoger los testimonios de la gente que lo frecuenta; la madre que lleva a sus hijos a los columpios, los jóvenes músicos que ensayan, las señoras que se reúnen para tomar café, el anciano que pasea y rememora su infancia en ese mismo barrio, los adoradores del sol de invierno, el amante de los grandes árboles y sus generosas sombras, el deportista madrugador… la vida cotidiana de las personas comunes.

También la búsqueda del nuevo hogar de la pareja supone una excusa perfecta para colarse en los ámbitos privados donde se desarrolla el día a día de los demás. Les llama la atención la composición y las diferentes formas de organizarse de las familias, para qué utilizan los espacios, qué objetos destacan dentro de sus hogares... Además, la búsqueda del piso les permite explorar nuevos barrios, imaginar si frecuentarían tal o cual tienda, tal o cual bar, si encajarían entre esos nuevos vecinos, si se acostumbrarían a esos paisajes…

Mientras tanto, sus vidas continúan sin demasiada novedad, conscientes de que desde el principio de la relación “cada uno éramos ya para el otro su patria”. La totalidad de la obra está escrita desde esa persona y tiempo verbal, primera del plural del imperfecto de indicativo, así “éramos”. La estructura es simple. El lenguaje, llano. Todo resulta llamativamente sencillo y sosegado, expresado incluso desde una cierta distancia emocional.

Cronológicamente ordenado, el relato parece un diario de la vida cotidiana en común; una contraposición constante entre lo que se desarrolla dentro de su mundo y lo que encuentran en el exterior. Ellos y las personas con las que se relacionan funcionan como terreno válido para desarrollar un verdadero trabajo de campo antropológico. La narración se estructura a través de numerosos epígrafes, que parecen casi capítulos de un estudio sobre la ciencia social: “Modales en la mesa”, “Principios de parentesco”, “Jardinería”, “Intercambio de ofrendas”, “Lengua materna”, “Cortejo”, etc. Como le había enseñado aquella profesora en la universidad, “la vida misma podía analizarse siguiendo la misma estructura que aprendíamos en clase”.

Bajo esa perspectiva, la pareja protagoniza una novela que tiene como tema principal el desarraigo y la sensación de ser siempre un extranjero, con la consiguiente dificultad para encontrar la propia identidad. Por lo que he podido averiguar, este componente de experiencia apátrida, el sentimiento de no pertenecer a ningún lugar, tienen un claro componente biográfico, ya que la escritora, hija de un diplomático, nació en Estambul y creció en Londres y Copenhague, estudió en Vermont, Rusia y San Francisco, se casó con un hombre de origen letón y viven ahora en París. Con todo el planeta a nuestro alcance, para mi generación y las posteriores, se ha multiplicado la experiencia del destierro voluntario y la desubicación.

Esta novela, de apariencia simple, señala directamente a estos sentimientos cada vez más frecuente entre los miles y miles de ciudadanos del mundo que van de un lugar a otro sin encontrar su verdadero hogar.

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