Tengo la fortuna impagable de haber conocido en México hace algunos años a un verdadero y auténtico maestro, Francisco Xavier Sánchez Hernández. Su conocimiento filosófico de la obra de Emmanuel Levinas -un filósofo nada fácil- gestado durante largos años en Francia es modélico y de gran calidad técnica, probablemente lo mejor que conozco al respecto en ese amado país. Por otra parte, sus estudios de Historia de las religiones no le van a la zaga, y -por si lo anterior fuera poco- su calidad literaria en la presente obra sobre el gran escritor Juan Rulfo es otra prueba bien patente de una fina sensibilidad literaria en la cual vuelve a hacerse patente la reflexión teológica orientada al análisis sobre el misterio de iniquidad, el sufrimiento, el problema del mal y de la muerte en uno de los mejores escritores del llamado “realismo mágico”, Juan Rulfo. También en esto coincido modestamente con su preocupación tanatológica y con su correlativo análisis psicológico de los caracteres de los personajes de Juan Rulfo, cuyo realismo mágico queda aquí sobrecogedoramente patente. Dicho con mayor precisión, estamos ante una obra de logotanatoterapia. Como puede desprenderse de todo ello, este brevísimo prólogo nuestro, que apenas comienza y ya está concluyendo, no puede por menos de ser el de un lector muy agradecido a un maestro sabio, que en los últimos tiempos lleva además sobre los propios hombros con su enseñanza el dolor y el sufrimiento de la República Centroafricana, en el corazón de un continente donde por desgracia el sufrimiento no se queda atrás en ningún ámbito.
El libro que tengo el privilegio inmérito de prologar ahora, Acompañando a Juan Rulfo. “El llano en llamas” y “Pedro Páramo”, análisis y comentarios, es un gran libro: “alguien anota que han venido a decirle que su padre acaba de ser asesinado, y él se resiste a despertar: sueña que tiene un animal entre los brazos, un venado dormido, pequeño como un pájaro sin alas; tibio como un corazón quieto y palpitante, pero adormecido… parecía como si hubieran incendiado El Llano, por la gran cantidad de antorchas que venían, ya que al llegar a San Gabriel las fueron apagando”. Tumba sobre tumba, su madre María Vizcaíno Arias falleció cuatro años después de su padre, cuando tenía treinta y dos años de edad sin haber logrado superar la ausencia de su esposo, “la madre del escritor se había muerto efectivamente de tristeza, luego de ver dos veces por San Gabriel a Guadalupe Nava, el asesino de Cheno”. Un niño doblemente huérfano habitado por la muerte y desolado por la vida es demasiado luto.
El incipit es muy fuerte: “vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Este cacique del pueblo y personaje principal de la novela es descrito como un hombre lleno de rencor y ambicioso, que dañó a muchas personas y al final llevó a la muerte a todos los habitantes de Comala. El gran amor de su vida fue Susana San Juan, a la que conoció siendo niños y la única mujer a quien él amó, aunque sin ser por ella correspondido. Pedro Páramo representa al cacique mexicano descendiente de españoles que piensa que todo le pertenece, la tierra y los seres humanos que él va tomando poco a poco, a la fuerza, mintiendo, engañando, violando, asesinando, sin que leyes políticas ni religiosas le impidan ser el dueño de todo. Todo lo corrompe, todo lo ensucia, todo lo mata, es el que siempre niega el bien. Comala es de él, como México lo era de los líderes políticos, que en contubernio con ciertos líderes religiosos seguían apropiándose de México en tiempos de Rulfo, y no sólo entonces, sino también en nuestros días. Pedro Paramo es egoísmo puro, se considera el centro del universo; sin embargo, hay algo que no puede poseer, el amor de Susana San Juan: “hay algo que no se puede obtener a la fuerza, ni con todo el poder y el dinero del mundo y es el amor, ya que es gratuito y –si es verdadero– es desinteresado”, comenta el maestro Francisco Xavier Sánchez Hernández.
Hubiera sido lógico que el impulso tanático, la pulsión de muerte, se hubiera apoderado de este niño para regir obsesivamente su vida, por aquello de que lo semejante busca lo semejante, pero la muerte del otro, el asesinato es algo que cuesta: “cuesta trabajo matar. El cuero es correoso”. Y aún después de muertas las personas pesan, no se
puede uno deshacer de ellas tan fácilmente: “los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno”. La misma muerte que llama a la muerte separa a la muerte de la muerte misma por su misma paradoja.
A Juan Rulfo, nacido en 1917, le tocaron vivir dos movimientos armados muy sangrientos, la revolución mexicana (1910-1917) y la guerra cristera (1926-1929) donde el gobierno y la Iglesia católica generaron demasiada oscuridad. Quizá porque desde pequeño vivió rodeado de balazos, asesinatos y persecuciones y perdió a su padre y a varios familiares en acontecimientos sangrientos, uno de los mayores intereses de Rulfo fue la recuperación de la memoria social e histórica y la trayectoria violenta de la sociedad mexicana que comenzó con la sangrienta conquista española del siglo XVI. Entre la idolatría del poder político y el fanatismo religioso, en medio de tanta inestabilidad, eligió de entre sus tres nombres propios -Carlos, Juan Nepomuceno y Rulfo- quedarse sólo con Juan, como su padre, y con el apellido materno de su padre, Rulfo. Los padres muertos están en las tragedias más vivos que los padres vivos. La reducción a la unidad no pudo evitar la complejidad de un alma atormentada que pese a todo busca la luz. La existencia, con su reciproca ósmosis, endósmosis y exósmosis de lo que está vivo y lo que está muerto, tiene un punto de tragicomedia y se escribe con humor difícil. Memento, homo.
¿No oyes ladrar lo perros? Pues óyelos, traen mensaje. El día del derrumbe presenta a un pueblo que sin memoria histórica es fácilmente manipulable en la medida en que no quiere recordar. Pero, cuando el recuerdo brilla por su ausencia en los individuos y en los pueblos, brilla también por su ausencia el cinismo, la no identidad, lo inidéntico mismo. Ante ello, y con el amor terapéutico antealudido, los dos cuentos más humorísticos e irónicos de El llano en llamas son El día del derrumbe y Anacleto Morones, los cuales ambos coinciden también en críticas muy sutiles pero severas a los ámbitos políticos y religiosos. Gracias a ese humor trágico, Rulfo denuncia, a través de los diálogos muy sencillos y cómicos de sus personajes, la manera como tanto la política y la religión se pervierten, cuando caen en la idolatría de sus dirigentes, y en el fanatismo de sus seguidores. Juan Rulfo siempre se consideró católico: “soy católico: un católico a lo raro, pero un católico”. El amor es más fuerte que la muerte.
A poco que comprendamos al complejo pueblo mexicano entenderemos más esta obra de Rulfo, construida sobre el páramo de la vida de Páramo. Llevo más de treinta años tratando de conocer a duras penas el alma mestiza de México, pero afortunadamente este Acompañando a Juan Rulfo me ha acompañado en la profundización de la mexicanidad más que muchos otros libros específicos. “¿Quiénes somos los mexicanos? ¿Qué traumas y complejos históricos venimos arrastrando?”, se pregunta su autor. La visión que Juan Rulfo tenía de México, representado por el pequeño poblado de Comala no es exagerada, sino muy realista y con gran capacidad psico/socio/analítica. Quien escribe sobre los demás escribe antes o después, directa o indirectamente, sobre sí mismo y sobre su generación con el propio cálamo. Gracias a este libro conozco mejor también mi propia alma española y mexicana, y al mismo tiempo el alma sin más, lo humano que hay en lo inhumano, y lo inhumano que hay en lo humano. Dicho un poco más crípticamente, la ontoteología de lo hum/inhumano. Y aquí excipit el íncipit.