Cultura

Herida y ventana, de Fernando Parra Nogueras: "Cómo pelear contra la depresión"

RESEÑA

José Manuel López Marañón | Martes 03 de marzo de 2026

Herida y ventana, obra del tarraconense Fernando Parra, está englobada dentro de la llamada literatura de autoficción. Contar la lucha empleada contra un grave episodio de depresión, siempre en primera persona y en tonos irónicos y sarcásticos cuando quien narra se refiere a sí mismo, más compasivo a la hora de hablar de su pareja (Bea) o de retratar a su familia (padres y hermano menor), ha convertido al libro –segúnpropias palabras– «en una ficción que duele de forma cruel»; en «ficción autoinfligida».

Asumiendo dosis de ensimismamiento y autorreferencialidad, el narrador logra, sin embargo, evitar el gratuito exhibicionismo del dolor, «esa competición por ser el que con mayor compunción relate un supuesto martirologio».

Tras haberse podido cortar a tiempo su intento de suicidio, este cuarentón, profesor de instituto en horas bajísimas, se retira a un pueblo. En el viejo caserón de sus abuelos muertos, El Noguero, quiere enfrentar a sus demonios y escribir una gran obra literaria. Pero el pánico ante la tarea pronto le cerca:

«No es el tópico de la angustia ante la página en blanco. Es ese terror que infunde la luminosidad inhóspita, árida, ártica, de la computadora. El disparo de nieve de Silvio Rodríguez. Una sima que fagocita la voluntad y el alma y las ganas de vivir, una cosmogonía de lo blanco basada en la mera extinción».

Rebautizado como «el rehén de las sombras», el escritor in pectore se escribe de forma destemplada. Casi siempre como «un déspota involuntario que usa la abnegada atención de los demás para obrar a su antojo», se arroga el monopolio del victimismo: reconociendo ser él solamente el mártir casi nunca percibe cómo, en realidad, es el victimario. Vivir un presente que convierte a su infinita tristeza en un ahora agónico y perentorio desespera a su familia: sus padres se han mudado a otra casona (que linda con el inicio de la cuesta de El Noguero)para controlarlo. El narrador debe acudir allí todas las noches para cenar en familia.

Los recuerdos de una vida conBea, su mujer (cómo la conoció en una exposición; su viaje a Grecia –«bañarse en el Egeo es una especie de bautismo, un regreso al líquido amniótico de Occidente»–; sus compartidas aficiones gastronómicas y teatrales), sazonan a modo de felices (e inculpatorios a la vez) flash-backs un grato periodo en la existencia del torturado escritor.

Azotada por los vaivenes de una artritis reumatoide, ella no ha podido acompañarlo, pero todos los días ambos se comunican con videollamadas en vivo. Su abnegación (en la actualidad, pero asimismo durante el duro período que ha precedido a la salida de la ciudad) es completa:«hace todo eso sin pedir nada a cambio, sin arrogarse ningún merecimiento por sus desvelos, de forma natural». Cuando la artritis golpea con más fuerza a Bea el escritor siente como suya esa crudeza:

«El dolor lo ocupa absolutamente todo y es la desesperanza y es la rescisión de nuestro contacto con la vida porque no hay lugar para la vida en la avidez de su imperio».

Otro sufrimiento se añade en la trasparente crónica del padecimiento. Estees ajeno: el existencial, el causado por la gente. Así describe el narrador las fiestas rurales: «La gente alrededor está contenta, suena Palito Ortega en la plaza, y toda esa felicidad es una inicua danza carnavalesca de vivos que me circundan y oprimen con sus muecas histriónicas y sus carcajadas grotescas».

El sumatorio de tanto pesar vuelve a generarle ensoñaciones macabras, como aquellas que derivaron en su tentativa de suicidio queriéndose dejar morir de hambre y sed en el domicilio conyugal (tentativa abortada gracias a la intervención de los padres y de su esposa):

«Y entonces no despertar, no despertar, irse uno en esa dulce deriva, como dicen que se van los que se mueren por la combustión de los braseros, agradecer la tierna compasión del sueño eutanásico que mece la cuna».

Convencido de que poco se puede ante el espectáculo abrumador del mundo en su ejercicio, el aspirante a literato se interroga a calzón quitado: «¿Qué hago yo aquí, escribiendo qué, para qué y para quién, en lugar de mezclarme con la jubilosa savia de los días?».

Decidir abandonar el pueblo y la escritura son grandes aciertos.

Tras el infierno y el purgatorio, asoma el paraíso («Paradisoma non troppo» es la tercera parte de Herida y ventana). Un paraíso, el de la recuperación de una vida condenada a las tinieblas, fundamentado en la vuelta al mundo de las cosas pequeñas, en acogerse a su santuario «con un altar repleto de figuras votivas con que agradecer al dios de la cotidianidad el don de las rutinas conocidas».

El ex escritor se reincorpora al instituto, donde «lidiar ante el seísmo de treinta estudiantes por clase con su hervorosa pubertad como centro» cada día resulta más reconfortante.

Una Bea en fase apacible de su enfermedad (que le permite pasear, leer haikus y hacer cuencos en un taller de cerámica)mejora la convivencia del matrimonio, ensanchada por nuevos viajes (como ese a Almagro para ver juntos teatro clásico, o el de Puerto Lápice para visitar la venta donde Don Quijote fue armado caballero), algo que sin duda resulta fundamental para acabar sanando al enfermode su mal.

Gracias al amor, dueño de sí y con contenida euforia, el ya ex depresivo, se ve capaz de fundar un idioma (el propio de cada pareja), una patria y hasta una religión…

Legítimo final para un testimonio tan desgarrador como necesario en esta época propiciatoria de enfermedades mentales… Y, ¡por favor!..., que nadie me hable de spoiler porque si en la vida, en general, alternan impenetrables sombras con algunos rayos de luz, de forma más drástica sucede eso durante una depresión. Y desatender cualquier segmento del círculo conformado por la enfermedad y su cura –contundentemente trazado en Herida y ventana– equivaldría a sesgar una reseña destinada tanto para clarificareste enojoso trastorno a quienes hayan pasado ya porél, como para informar –y también prevenir– a sus cada vez más potenciales víctimas.

Nuestro resucitado, con Bea y familia al completo, asiste desde su terraza urbana a una exhibición de pirotecnia. Confiado en la total recuperación de su mujer, da gracias a la vida por seguir vivo.

El ex escritor y ex depresivo ha vuelto a ser reclamado para el amor:

«He sido escogido. Y ahora soy yo quien debe hacer su elección. Y elijo».

Herida y ventana es un libro en el que lo testimonial está redactado desde la magistral literatura. Imprescindible. No se lo pierdan.

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