Opinión

El dedal de Stalin

TRIBUNA

Gabriel Alonso-Carro | Martes 03 de marzo de 2026

El autor de este ensayo, Jesús García Castrillo nació en Astorga. Es un catedrático de instituto de Lengua y Literatura, jubilado, que tuvo que abandonar sus tierras leonesas de origen, a causa de sus diferentes destinos, instalándose finalmente en Málaga, donde vive hace ya muchos años.

Siendo sus padres maestros de los de antes, de las escuelas rurales, donde se transmitió tanta cultura y educación, lo enviaron a estudiar a Salamanca.

Allí, en su alma mater, cultivó su espíritu renacentista: tres licenciaturas de letras, a las que sumó tres cursos más de medicina y los estudios completos de música, más tarde, en el Conservatorio, ya en tierras malagueñas. Su especialización ha sido la lingüística, estudiando en su tesina la diptongación del Tumbo Viejo de S. Pedro de Montes (Valle del Silencio, Bierzo leonés), aunque lo que ha publicado son dos novelas; la primera de ellas fue finalista en el premio Planeta 1993 y en otros destacados premios como el Café Gijón o el premio Azorín de Alicante.

La novela, El Baco, fue seguida por El enigma de Baphomet, en realidad la misma obra sólo que dividida en dos partes.

En un acto literario de presentación, disponible en Teleno TV (de 1995) en medios digitales, el ponente situó a García Castrillo en la cima de la novelística leonesa de todos los tiempos, impresión corroborada por el Nobel C. J. Cela y catedráticos de la Universidad de León, unánimes en el mérito y calidad de la obra en sus respectivas críticas literarias.

Pues bien, García Castrillo acaba de publicar este ensayo dialogado, su tercera obra si por volúmenes editados nos regimos. Editada en Punto Didot (2026) es, en cierto sentido, un homenaje a un sabio gallego-salmantino, catedrático y mentor del autor, el lingüista Dr. Pensado Tomé. Este le propuso dirigirle la tesis doctoral con el tema del cual esta obra literaria se ocupa. Por circunstancias personales y debido al fallecimiento prematuro del director, no pudo Jesús acometer la tesis académica, pero sí pudo ocuparse de ello como inquietud personal en sus lecturas, viajes, estudios e investigaciones hasta nuestros días.

Su muy seguido blog es una buena muestra de su trabajo de décadas, tanto en investigaciones de campo, en las naciones del Cáucaso, Armenia, Georgia y también en Turquía, así como en archivos y bibliotecas.

Se puede decir que este ensayo pone por escrito, y de forma amena, una dedicación, sin prisa pero sin pausa, al estudio de la sorprendente tesis que defiende nuestro escritor. Y esta no es ni más ni menos que el euskera no es una lengua que hunde sus raíces en la noche de los tiempos como única y aislada, como se viene defendiendo, sino que la lengua vasca se conformó en la Edad Media y no tiene más allá de una decena de siglos.

De forma didáctica, pero rigurosa, va desgranando su planteamiento a través del relato. Lo acompaña de múltiples referencias culturales de todo tipo; y es de fácil lectura por estar escrito de forma dialogada, nutrida de amplia bibliografía tanto dentro del texto siendo parte del relato, como a pie de página.

Incluye también aspectos de tono autobiográfico, aunque es más un recurso literario que la intención de contarnos su dilatada vida personal.

Nos introduce con mano sabia en el fascinante mundo del origen de las lenguas, de su configuración e influencias históricas, geográficas y etimológicas. También nos introduce en su formación, en cómo las diferentes culturas y hablas impregnan el lenguaje hasta el punto de arrastrar pistas de muchos siglos atrás.

En definitiva, un auténtico deleite para quien desee conocer un poco mejor cómo nacen, crecen y se desarrollan las diferentes lenguas que hablamos. En este caso, de la mano del caso específico del vascuence.

El núcleo del asunto reside en que según la argumentación que desarrolla Castrillo, la lengua vasca no sería ni tan excepcional ni tan prehistórica. Al contrario, sería conformada por la conjunción de un substrato lingüístico (las lenguas prerromanas de la península ibérica), un estrato (aquí viene la gran sorpresa: el grueso provendría del armenio, del georgiano y de otras lenguas de Asia) y, por fin, un superestrato, que ya muestra en el prólogo del libro (el latín vulgar y lenguas romances del entorno). Sumados los tres niveles, y entremezclados por el uso y la historia, habrían dado lugar a lo que hoy es el eusquera. La tesis puede parecer exótica y novísima, pero ya había sido comenzada, con anterioridad, por expertos tanto nacionales como extranjeros.

¿Y cómo puede ser así? Se preguntará el lector. El actual País Vasco y el Cáucaso meridional ¡distan más de cuatro mil kilómetros!

El relato El dedal de Stalin nos lo cuenta con todo lujo de detalles y explicaciones, cada cual más interesante. La razón fundamental son las emigraciones de los armenios, industriosos y excelentes trabajadores manuales, que se extendieron por parte de Europa y el norte de África huyendo, sobre todo, de la persecución a muerte sarracena, de los selyúcidas en el s. XII.

Hábiles como eran en la construcción y en la talla de la piedra, contribuyeron a edificar las grandes catedrales e iglesias medievales. Cuando el ingente esfuerzo constructivo en suelo europeo fue disminuyendo, coincidiendo con los terribles contagios de la Peste Negra, se refugiaron en recónditos valles y lugares aislados, manteniendo sus costumbres profesionales, esta vez convertidas en concursos y pasatiempos de los más hábiles: levantamiento de piedras, cortes de troncos y otros oficios de los hercúleos constructores.

Pero estas actividades tan características asociadas a la cultura vasca van acompañadas de un vocabulario de cientos de palabras similares en el armenio y el vasco. El libro que comentamos recoge hasta cien ejemplos: lo que demuestra una identificación que no puede ser puramente casual. Tan es así que a mediados del siglo XX, catedráticos armenios llegados a las tierras vascongadas decían encontrarse como en casa, e incluso se impulsó un centro de estudios vasco-armenios en Euskadi. Un profesor, catedrático de Lingüística de la Universidad de Erevan fue el promotor de la iniciativa porque, al pasear por Euskadi, decía que las paredes le hablaban. Por desgracia, esta y otras tesis serias no han encontrado la acogida institucional adecuada, porque desmitificarían los orígenes del euskera y por ello no han encontrado el apoyo que sí le dieron las autoridades armenias, a pesar de ser más pobres y estar recuperándose su economía del colapso soviético.

Pero no quiero desvelar más entresijos sino únicamente la sustancia del libro para invitar al lector curioso a que saboree sus páginas.

Cultura de la buena pero asequible, pedagógica y de mucho interés es lo que puede encontrarse en este volumen.

Sólo apunto dos aspectos más, referidos a cuestiones leonesas pero que dan cuenta de la amplitud de la posible influencia armenio-georgiana en la Península. Por un lado, la muy posible presencia armenia en tierras astorgano-maragatas mostrada en la vestimenta varonil o en las tiaras femeninas usadas en las bodas, así como los rasgos estilísticos muy similares compartidos también con aspectos del vestir popular salmantino.

Por otra parte, aparecen elementos históricos bien elocuentes en Turienzo de los Caballeros. Cuestión aparte de la hipotética procedencia bereber de los maragatos, grupo humano también muy posiblemente configurado por caucásicos emigrados al norte del continente vecino. Todo ello apuntala la verosimilitud de lo que a priori nos causaba cierta extrañeza. Pero quédense ahí los desvelamientos de más contenidos para no desincentivar la apasionante lectura de esta magnífica obra.