Pedro Sánchez, en un discurso institucional enmarcado en el palacio de la Moncloa, no ha pedido, sino que ha exigido a Estados Unidos y a Israel, que cesen en sus ataques armados a Irán. Ya se pueden imaginar los lectores de El Imparcial que de forma inmediata se han reunido por teleconferencia los líderes de las grandes potencias europeas con el fin de proclamar su adhesión al faro político que ilumina el Occidente entero, a Pedro Sánchez El Grande. Ni siquiera China se hubiera atrevido a proclamar las exigencias del sanchismo.
Está claro que el líder socialista español decidió pronunciar un sermón desde el púlpito monclovita con el propósito de contentar a los partidos de extrema izquierda que han venido apoyándole desde la investidura, pero que se mueven ahora resquebrajados y levantiscos.
El discurso institucional del presidente del Gobierno no ha pretendido otra cosa que cumplir con este objetivo. Como ocurre con las declaraciones de varios dirigentes de la extrema izquierda, sus palabras se han reducido al voluntarismo político y a la expresión adolescente. Están fuera de la realidad. Claro que todo el mundo razonable quiere la paz. Pero para mantener este bien resulta muchas veces necesario prepararse para la guerra y en ocasiones desencadenar de forma preventiva las hostilidades. Un Pedro Sánchez zarandeado por los suyos, acosado a izquierda y a derecha, pelea a la desesperada para que no le levanten de la silla curul del palacio de la Moncloa. Habrá que reconocer que lo hace con habilidad y extrema tenacidad. Sin embargo, la homilía matinal de hoy ha descarnado su situación personal. Y no estoy seguro de que los líderes de la extrema izquierda española se crean ya lo que en voz baja y arrugada ha expresado ante las cámaras de televisión.