A lo largo de mi vida he visto poco cine brasileño. Todos recordamos Ciudad de Dios o Estación central como algunos de sus hitos históricos, pero después de ver El agente secreto creo que hay una calidad enorme de cine en ese país y en mi ranking personal será una de esas películas que recordaré, y cuando dentro de diez años tenga que escribir una crónica como esta, volveré a citarla. Porque esta película tiene el don de entretenerte con sus aventuras e intrigas, y además de rasgarte a ritmo lento, de confundirte, de llevarte por donde ella quiere sin que puedas dejar de prestar atención y luego, una vez que te ilumina con lo que de verdad está pasando, tienes una empatía tan grande con sus personajes que solo puedes sufrir a su lado. Las injusticias son universales y desde la butaca de cine, envuelto en llamas, a menudo olvidas que lo que tienes delante es ficción.
La mayoría de quienes ahora me lean desconocerán cómo era el Brasil de los años setenta. Un país donde reinaba la injusticia y la corrupción generalizada, donde el más fuerte pisaba al débil y este no tenía derecho ni a quejarse. Quizá no era muy diferente de tantos otros países latinoamericanos —o del Brasil actual—, en todo caso es el que nos retratan en esta película, y lo hacen con gran crudeza solo suavizada por el carisma de Armando/Marcelo (Wagner Moura) que con su simpatía es capaz de confundirnos. Porque lo que se vive en esas calles es vomitivo: policías que se toman la justicia por su mano, delincuentes que se ajustan cuentas, muertos que yacen en un aparcamiento y son menos importantes que un chiste o personas hambrientas que viven en la calle rodeados de inmundicias.
La historia comienza en una gasolinera en la que unos policías, indiferentes ante un atracador muerto, se devanan los sesos para intentar meter una mordida a nuestro protagonista. En ese comienzo parece que estamos delante de un western moderno, donde la diligencia es un escarabajo amarillo y los policías dos cuatreros de medio pelo. Y suena la música, una música bien elegida que nos acompaña en nuestro recorrido por esos años setenta donde nadie perdona el carnaval pero donde extrañamente escuchamos de todo menos samba.
Kleber Mendonça Filho nos hipnotiza con una película que no es de espías a pesar de su título. Podríamos calificarla en parte como cine político, pues su abordaje sobre la falta de límites, la larga dictadura, el descontrol de las instituciones debilitadas por la corrupción y el abuso generalizados son una muestra de lo que nos encontraremos. Pero sería quedarnos en la superficie. La sensación principal es que esta película engloba muchas otras en su interior, es como una pieza construida con manos de artesano ensamblando otras piezas que nos llevan por diferentes caminos, aunque siempre en la misma dirección. Podríamos decir que una sentencia de muerte aglutina toda una serie de elementos y circunstancias que dan pie a una historia de casi tres horas que no quieres que acabe nunca y que deseas fervientemente que acabe bien, por esa empatía tan arraigada en los que no somos psicópatas.
El arco dramático de los personajes está construido con arte de orfebre y pese a ser un drama, no hay que olvidar que estamos en Brasil, donde todo tiene otro color, y se suceden escenas cómicas como una pierna que aparece dentro de un tiburón en medio de los carnavales y que luego en algún momento cobra vida propia. Incluso el propio director de la policía de Pernambuco, un torturador desalmado, es a su vez un gordito cómico y payaso que va con sus dos hijos bobos a todas partes.
El agente secreto es también un thriller constante, y una película que narra un trauma intergeneracional donde la pérdida del ser querido, en el presente y en el pasado, generan una actitud vital de nostalgia compartida. El personaje principal huye de la dictadura y huye a la vez de dos sicarios contratados por un empresario malvado. Todo transcurre alrededor de esos hechos, pero ese todo es enorme, porque la película en realidad se centra en varias subtramas ajenas al desenlace principal y con personas muy bien escogidas que conforman un mosaico perfecto de la realidad del país.
La fotografía de la película, al igual que ocurría en Maspalomas, es utilizada para cambiar las épocas en las que transcurre la acción y lo consigue con pulcritud. Sus texturas son tan notables que en ciertos momentos parecen más táctiles que visuales.
Filho nos ofrece un cine extraordinario, pero en mi opinión no apto para personas con dificultades de concentración, y esto es probable que la aparte del mainstream porque los jóvenes acostumbrados a IG o Tiktok necesitan historias fáciles de seguir y esta requiere esfuerzo, eso sí, generosamente recompensado.
En algún momento hay varias capas argumentales superpuestas y si no se presta mucha atención podrías perderte en la oscuridad y luego no saber volver a la luz. Lo cierto es que está tan bien construida que todas ellas forman parte de la historia, todas conectan y forman parte del andamiaje argumental siempre con ciertos desvíos maravillosos. Allí convive la mirada social y la radiografía de la perversión, con un cierto humor, con una esperanza que de algún modo se diluye en un presente poco halagüeño. Incluso algunas de esas capas pasan de la desesperanza vital a la alegría del carnaval y el protagonista se encuentra bailando entre la multitud poco después de una situación muy dramática.
Porque la realidad de Brasil es amplia, hay muchos brasiles, lo mismo que hay muchos personajes en la película. Los que son capaces de fabricar aviones modernísimos y los de las favelas. Los que bailan y los que trabajan duro. Y todos ellos deben convivir en un presente lleno de incertidumbres, donde sigue habiendo una corrupción atroz, una policía poco fiable y una inseguridad enorme, pero donde a la vez habita un alma amable, porque según el World Population Review (Ranking 2025) este país ocupa el segundo puesto mundial entre los países más amables del mundo. Es curioso cómo en esta película que es un drama político donde habitan malvados capaces de hacer un daño enorme por algo de dinero, podamos a la vez ver un país tan simpático sumido en una corrupción abrumadora.
El agente secreto es candidata a cuatro Oscar, entre ellos mejor película del año, mejor película internacional y mejor actor protagonista. Es también un testimonio de amor por el cine que está lleno de guiños cinéfilos como el escarabajo amarillo del comienzo (El resplandor de Kubrik) la obsesión del niño con Tiburón (de Spielberg), o La profecía y King Kong), que se ven desde la zona de proyección del cine donde trabaja el suegro del protagonista, que es uno de los ejes de la película, el principal lugar de reunión y donde ocurre parte importante de la trama. No es casual que sea en un cine. Filho fue crítico antes que director y está claro que tanto su lenguaje como su imagen se acercan a ese mundo lleno de iconos. Qué mejor camino para acabar siendo director de cine que escribir y diseccionar películas cada semana… y como decía Billy Wilder, «Las ilusiones son peligrosas porque no tienen defectos».