El 124º cumpleaños le pilló al Real Madrid en una situación muy precaria. En el difícil Balaídos, con 10 bajas, obligado a ganar a uno de los equipos en mejor forma para no caerse en la pelea por el liderato de LaLiga y con el trascendental duelo europeo frente al Manchester City a la vista. Le tocó a los maltrechos merengues, que siguen bajo sospecha, rendir con una dosis sobresaliente de orgullo y garra... y lo hicieron. Mejoraron sus prestaciones colectivas en ambas fases del juego, energizados por canteranos que se dejan la vida en cada duelo. Eso sí, no cantaron victoria hasta el minuto 94, cuando Fede Valverde embocó un gol de rebote que premió la convicción de su delegación y tumbó a un Celta sometido.
Álvaro Arbeloa alineó lo mejor que le quedaba sano (entre lesionados y sancionados, no viajaron Éder Militao, Dani Ceballos, Jude Bellingham, Rodrygo, David Alaba, Kylian Mbappé y Eduardo Camavinga, Dean Huijsen, Álvaro Carreras y Franco Mastantuono). Ideó una ofensiva "líquida", sin delantero centro, con Vinicius y Brahim Díaz pegados a las bandas y con la orden de fluir con una movilidad perenne. Y si venían mal dadas, se quedó en el banquillo Gonzalo García, el único atacante con ficha del primer equipo disponible entre los reservas. Además, el técnico recuperó in extremis a Raúl Asencio y le dio la alternativa a un Ferland Mendy que hasta este punto sólo había jugado, literalmente, un minuto en LaLiga. La recuperación de este especialista defensivo es una noticia colosal para la competitividad merengue, como se demostraría en el desenlace de esta cita.
Saltaron al verde los madrileños como se espera de ellos: con la intensidad y la concentración sintonizadas. El centro del campo desplegado demostró que si quieren presionar de verdad, lo consiguen. Con un imperial Aurelien Tchouaméni y Fede Valverde a los mandos, el juvenil Thiago Pitarch prendió la mecha de un esfuerzo coral efectivo, que metió en su tercio del campo al sistema bien trabajado por Claudio Giráldez. El equipo celeste está cuajando una temporada espectacular porque saben competir manejando el cuero y contragolpeando, apretando o replegando, con similar consistencia. Da igual quién comparezca en el verde, ya que la política de rotaciones así lo está atestiguando. Sin embargo, en esta oportunidad no saldrían de la frontal de área con asiduidad por la actitud y el sacrificio capitalinos. Así lo confesaría el estratega gallego al término del encuentro.
Les faltó a los locales el poderío físico del ausente Pablo Durán (le suplió un Ferran Jutglá gris) y la finura de Borja Iglesias para contragolpear. El espigado delantero no lució tan clarividente y atinado en el rol de distribuidor, bajando a desahogar, como es habitual. En consecuencia, el Celta quedó muy limitado y casi no pudo amenazar en transición a Thibaut Courtois. Así pues, el Madrid tomó el mando del choque con celeridad, aunque en el sexto minuto recibió el recordatorio de su gran talón de Aquiles. La defensa transparente de Trent Alexander-Arnold ante Williot Swedberg derivó en un derechazo de Iglesias desde la frontal que estrenó los guantes del meta belga. A partir de ahí el control y la iniciativa pertenecieron al favorito.
Giráldez le preparó a Vinicius una argucia, colocando a Sergio Carreira en la derecha para amarrarle, y la jugada le salió bien hasta el descanso. El brasileño casi no influyó en la ofensiva de su delegación en el primer tiempo, a pesar de estar llamado a liderar en este entuerto. Aún así, su calidad rebosa y en el décimo minuto se escapó a la carrera, recibió un pase al espacio sublime de Alexander-Arnold y cruzó un remate que se estrelló en el poste. Estaba bien asentado el conjunto visitante, agobiando a los locales con valentía y en el minuto 12 se adelantaron. Tchouaméni entró en ebullición, descolgándose para conectar tres disparos peligrosos en la frontal. Los dos primeros fueron repelidos por la zaga y el meta Ionut Radu, pero el tercero, en acción ensayada y con asistencia de Arda Güler, lo mandó a la escuadra. La pelota se coló tres tocar la madera y premió la determinación y el compromiso madridistas.
Los celestes parecían un tanto sorprendidos por el rendimiento oponente. Incluso se despistaron en el 0-1. Y no supieron detectar la lógica de la movilidad rival hasta que ajustaron en vestuarios. El Madrid atacó sin un delantero al uso, más fabricó siete remates antes del intermedio. El problema residió en que sólo uno de ellos fue a portería y varios llegaron desde la media distancia. En el 19 lo probó sin suerte un Fede Valverde que llega más al área, por orden de Arbeloa. En esta fecha el uruguayo también debió socorrer a Arnold en el repliegue, ejerciendo incluso como carrilero diestro para cubrir el 3-4-3 vigués. Cumplió con creces, aunque en la única vez que no llegó a la ayuda Borja Iglesias empató. Ocurrió en el minuto 25, cuando Óscar Mingueza pasó en largo, a la espalda del inglés. Swedberg ganó el cuerpeo al ex del Liverpool, que mostró una indolencia injustificable en su área. El extremo sueco le sentó con total facilidad y pintó un pase de la muerte plácido que el 'Panda' anotó.
El 11º tanto liguero del goleador, que sin duda merece ir al Mundial, equilibró el marcador y el Celta ganó ambición para acabar la primera mitad con pujanza. Es el influjo psicológico de los goles. En el 40 Jutglá cruzó demasiado su golpeo tras unos sobrevenidos desajustes tácticos merengues que forzaron a Courtois a obrar otro de sus milagros. En el descuento sacó una volea a quemarropa de Swedberg precedida de una desconexión de Vinicius. Con todo, los visitantes se encaminaron al camarín con la sensación de haber sido mejores y de estar pagando muy caro el explícito defecto de su fichaje más discutible (lo estupendo que ofrece en ataque lo emborrona en el achique). No en vano, habían combinado con armonía, recuperado la pelota con hambre (Pitarch no dejó de morder) y dominado.
Los futbolistas capitalinos estaban compitiendo como si hubieran recogido el guante de su entrenador, que en la previa dejó claro que estaban solos ante el peligro después de la derrota en el Sadar y el cataclismo ante el Getafe. Eran los jugadores los que deben sacar adelante este embrollo y respondieron. Las tablas pudieron mermar esa mentalización, pero en el segundo acto el Madrid profundizaría aún más su mandato. Gobernaron con mayor insistencia la posesión, exprimieron del todo su derroche físico tras pérdida y enclaustraron a un Celta impedido, que sólo pudo ordenarse en la frontal de su área para conceder lo menos posible. La pelota circulaba con más ritmo en el campo gallego, Vinicius se activó y pasado el minuto 60 aparecieron los huecos en el muro vigués. Las combinaciones aceleradas fabricaron un posible penalti (anulado con polémica), un intento de 'Vini' que detuvo Radu y dos chuts venenosos de Pitarch, que sigue ganando enteros (es la perla de Valdebebas). También añadió un intento a ese bagaje otro canterano, César Palacios, aunque su relevancia en el partido residiría más en la inteligencia para distribuir entre líneas. Decisiva su incorporación.
Arbeloa se la jugó al suplir a Güler por este mediapunta soriano inexperto, pero confía en la cantera y terminó con Gonzalo García y el novato Manuel Ángel en el campo. Su apuesta por los productos de 'La Fábrica' es firme y esta noche recogió los frutos. Porque fue el brío juvenil el que sacó a los favoritos del brete. Por actitud, calidad con balón y primer toque. Giráldez notó que la energía visitante estaba desnivelando seriamente las sensaciones e intervino, refrescando a todo su frente de ataque para salir de la cueva. Y casi gana, ya que pescó un latigazo de Iago Aspas (reservado por el inminente cruce continental frente al Lyon) que escupió el palo en el minuto 87 y en el 93 Jones El-Abdellaoui se plantó ante Courtois. Sin embargo, Mendy salvó los muebles y en la siguiente jugada un chut de Fede Valverde rebotó en Marcos Alonso y certificó el 1-2 definitivo. La acción, precedida por un robo adelantado de Manuel Ángel (denunciado por los locales), mantiene a los madrileños en la pelea y les da un impulso para afrontar estas dos semanas en las que se van a jugar el curso. La sangre nueva, que siente el escudo como nadie, disfrutó de su anhelada jornada triunfal.