Opinión

Juan Carlos I (I)

TRIBUNA

Jesús Carasa Moreno | Viernes 06 de marzo de 2026

El momento y la ocasión, de máxima actualidad, son ineludibles, aunque seguro que me repito, pues he escrito, ya, sobre él. Por ejemplo, vuelvo a insistir en mi opinión de que Juan Carlos I ha sido el mejor Rey que ha tenido España desde Los Reyes Católicos.

Escucho las carcajadas de muchos que consideran a Carlos I y Felipe II dos cotas inalcanzables; pero yo no estoy de acuerdo.

Para empezar, creo que Carlos I de España y V de Alemania ni siquiera ejerció como Rey de España, cuyo gobierno dejó en manos de su mujer Isabel de Portugal, primero, y en las de su hijo, adolescente, Felipe II, después. Fue un príncipe europeo que vivió enfrascado en las intrigas europeas, defendiendo los intereses familiares de los Austria

Aplastó el movimiento Comunero, que se negaba a entregar Castilla, sus libertades y sus riquezas, en manos de ministros extranjeros

Y marchó a coronarse emperador de Alemania contrayendo inmensas deudas con sus banqueros para sobornar a los príncipes que tenían voto en la elección del emperador.

Deudas pagadas con las fabulosas riquezas que nuestros conquistadores enviaban en los famosos galeones cargados de oro, plata y piedras preciosas. Y más y más deudas, esquilmando incansablemente la hacienda de España para levantar ejércitos con los que tratar de alcanzar el éxito en los tres objetivos principales de su reinado, en los que fracasó: conseguir la unidad del Sacro Imperio Romano-Germánico, la derrota del imperio turco y la unidad católica.

Fue un monarca sin corte, que gobernó sus dominios europeos de forma itinerante y sólo vino a España a descansar. Y al final, acosado por sus muchos enemigos y exhausto por los continuos viajes, se retiró a morir a Castilla, el único reino que le fue fiel. Y sin alcanzar sus objetivos que, como veis, eran los de un príncipe europeo.

Su hijo, Felipe II paseó su juventud por Europa, aventuras amorosas incluidas, como heredero de un inmenso poder y de infinitas intrigas familiares. Y, quién lo diría, fue Rey consorte de Inglaterra, palabra de honor. Otro príncipe europeo.

Pero heredado el trono de España, fijó su corte en Madrid y luego en El Escorial y fue uno más de aquellos españoles, secos y enlutados, católicos de Trento a machamartillo y conscientes de llevar, sobre sus hombros, el peso de un imperio.

Imperio que desconocía, pues nadie de los Austrias, ni primos ni sobrinos, puso nunca pie en América, cuya conquista y colonización llevaron a cabo la legión de hidalgos, pecheros y gente de fortuna que “pasaron a Indias” en busca de la suya.

Y muchos la consiguieron y aún les sobró para enviar a la Corona los famosos galeones llenos de riqueza que, a Felipe II, le servían, como a su padre, para levantar, continuamente, ejércitos con los que continuar las aventuras militares, en Europa, para conquistar puñaditos de tierra.

Sus empresas fueron, como las de su padre, las de un príncipe europeo, guerras contra todos, la sangría de Los Países Bajos y otras muchas, hasta la locura de la fracasada invasión de Inglaterra.

Y superó en despilfarro a su padre, al que reconvenía cuando era regente, pues además de los famosos galeones, Felipe II esquilmó la hacienda española de tal manera que la quebró tres veces.

Cómo sería el agobio en que hizo vivir a la pobre España al final de su reinado que un ingenio de los que nunca faltan en este estrujado pueblo, cantor de pesadumbres, de las que tampoco tenemos nunca escasez, sentenció: “Si el Rey no muere, el Reino muere”.