Edición de F. Hertweck, D. Kisoudis y G. Giesler, epílogo de D. Groh, traducción de F. González Viñas. El Paseo. Sevilla, 2025. 226 páginas. 24,95 €.
Por Antonio Lastra
Lo que Santayana anotó en su ejemplar de Ser y tiempo —que Heidegger hacía de toda la interpretación del ser una mera cuestión autobiográfica— podría decirse de la interpretación de Carl Schmitt del ius publicum europaeum. La paulatina publicación de los diarios, que se extienden desde 1912 hasta 1979 y de los que una buena parte sigue inédita y cifrada en la estenografía Gabelsberger sin previsión de que vea pronto la luz, así como de la correspondencia con amigos y enemigos —El Paseo publicará en breve la que cruzó con Ernst Jünger— y de las esclarecedoras aportaciones biográficas de Reinhard Mehring, descubre, en efecto, bajo la efigie del arrogante jurista, una personalidad caótica de principio a fin de su existencia: el joven católico que se consideraba exiliado en su propia patria y anotaba escrupulosamente cada una de sus eyaculaciones se corresponde con el anciano moribundo que, según Ernst Hüsmert contó en Los últimos días de Carl Schmitt, no murió creyendo en la redención.
En medio queda la etapa más controvertida de su vida, en la que se convirtió en el Kronjuristen del Tercer Reich —en la temprana y lúcida frase de Waldemar Gurian—, tras la cual adoptaría una serie de caracterizaciones (Benito Cereno, Epimeteo cristiano y San Casciano son las más conocidas) con las que quiso justificar lo injustificable. Es propio de Schmitt que, en la última entrevista que mantuvo en vida, en noviembre de 1982, con el constitucionalista italiano Fulco Lanchester, prefiriera la antigua variante de Zenódoto en el tercer verso de la Odisea, donde se leía nómos en lugar de nóos.
Tal vez sea en las entrevistas —desde el coloquio radiofónico del 1 de febrero de 1933, registrado seguramente antes del nombramiento de Hitler como canciller, hasta la mencionada con Lanchester—, cara a cara con los interlocutores, donde la posibilidad misma de la confesión fuera más difícil de producirse. Con la sola excepción, probablemente, de las conversaciones que mantuvo con Jacob Taubes —en coincidencia con el abandono de la escritura de los diarios— y que forman parte del arcano que ambos opondrían al sesgo apocalíptico de la revelación, Schmitt fue ajeno por completo a la sinceridad, con todas sus exageraciones, que el género requiere.
“Mientras el Imperio siga ahí”, la frase elegida por los editores de la conversación con Klaus Figge y Dieter Groh, es por sí misma una expresión de la grandilocuencia de Schmitt, extrañamente atravesada por una precisión casi latina en los términos y en las referencias: “Mientras el Imperio siga ahí, el mundo no se hundirá” (p. 58). Es significativo que, a propósito del katechon —el retenedor del Anticristo—, Schmitt recordara que san Agustín era “siempre cuidadoso” (p. 57).
Schmitt lo fue al insistir —en una de sus enseñanzas más acuciantes para el presente— en “los premios políticos en el ejercicio del poder legal” (die politischen Prämien auf dem legalen Machtbesitz), que el traductor, curtido en el Glossarium publicado por El Paseo en 2021, ha vertido de maneras distintas: “recompensas”, “beneficios” (pp. 117-119), “premios” (pp. 134, 161, 179) o “plusvalías” (p. 165). Ese fue, en cualquier caso, el caso de Hitler y la razón, como explica Schmitt, de su “superioridad sobre toda esa sociedad conservadora” (p. 130).
Más cuidadoso, pero no necesariamente más sincero ni exagerado, se muestra Schmitt al citar en español la palabra clave de la picaresca y eludir así la responsabilidad en la pregunta más directa de los entrevistadores: “¿Por qué colaboró con Hitler?”. Ich beschloss, ich beschloss, resolví usw. “Yo no resolví nada —les dice el pícaro de Schmitt—. Hitler resolvió” (pp. 215-216).