Cabaret Voltaire. Madrid, 2026. 320 páginas. 21,95 €. Libro electrónico: 12, 99 €.
Por Soledad Garaizábal
Pueblo blanco azul hace referencia al lugar del que procede la escritora española Azahara Palomeque (1986). Ella lo llama “Villasueño del Río”, otras veces, “Villasueño de las Flores Secas”. “Es un pueblo perdido en Andalucía”, “que lo fundaron con cal, que nació de una cáscara de huevo”, y que representa para la periodista y poeta la raíz misma que le une a la tierra. Es allí, en una localidad que en realidad se llama Castro del Río, situada en la campiña cordobesa, entre los términos de Baena, Espejo, Montilla y Cabra, a 40 km. de la capital de provincia y a 120 km. de Granada, no muy lejos del Cerro Muriano, en tierra de olivos, donde están sus “lutos arcaicos”, donde nacieron y yacen sus muertos.
Después de licenciarse en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad Carlos III de Madrid, de cursar un Máster en Estudios en la Universidad de Texas, de doctorarse en Princeton y pasar más de una década viviendo en Estados Unidos, Palomeque decidió regresar a España, volver a los orígenes y mudarse a Córdoba en 2023.
Ya había publicado los poemarios American Poems, En la ceniza blanca de las encías, RIP (Rest in Plastic) y Currículum. Además, su trayectoria literaria comenzaba a afianzarse tras Huracán de negras palomas y el ensayo Vivir peor que nuestros padres, con el que cosechó un gran éxito de público y crítica. También empezaba su colaboración con medios como Público, La Marea, El País, Cadena Ser y Carne Cruda. Ya habían muerto sus abuelos.
Regresó la escritora para rastrear sus propias huellas, para tirar del hilo de la sangre y terminar “la novela que llevaba queriendo escribir desde la infancia”. Se transmutó en Elaia, protagonista de la obra, periodista como ella, de su misma edad, y que también ha regresado desde Estados Unidos a la casa familiar dispuesta a indagar en la historia del clan.
Era hora de descubrir ventanas, descorrer cortinas, sacudir alfombras y abrir cajones. Hora de dejar pasar luz a las habitaciones de la memoria histórica y familiar y poner por escrito pasajes de las vidas de Bartolomé y Rosario, de Luciana y Antonio, de Pepe el Malagueño, Gabriel el Migajas, de Angustias, Vicenta, Rosario y Jesús, de toda esa constelación familiar con la que comparte raíz en este territorio de olivos y vino de Montilla.
El paisaje y las calles y rincones del lugar funcionan en Pueblo blanco azul como ancla emocional y afectiva. El retorno al origen tiene mucho de sanación personal y, además, a través de la búsqueda de la propia identidad, Palomeque vuelve a un lugar que guarda voces de anarquistas y fascistas, que calla silencios y heridas íntimas, pero también sociales, y que contiene la memoria de la II República y la Guerra Civil, de la posguerra, la emigración y las duras condiciones de la vida en la España rural. Las casas, los olivares y los parajes rurales de su pueblo natal fueron escenario de numerosos traumas ligados al machismo, la emigración, la lucha de clases y la violencia política.
Con un estilo denso, poético y muy complejo, la voz narrativa logra unir lo íntimo y lo histórico/político, hablándonos tanto del pasado rural español como de la actual fragilidad emocional. La novela se sostiene más en la evocación que en los hechos: reconstrucción familiar, memoria, duelo, paisaje, investigación sentimental. La utilización de palabras poco frecuentes y lenguaje conceptual, la longitud de las frases y la constante utilización de metáforas y símiles, además de una puntuación exigente, provocan el efecto de un estilo narrativo a veces casi impenetrable.
Los diálogos aparecen incluidos dentro del relato, que además deriva con frecuencia en introspección, por lo que la lectura resulta a veces opaca y siempre exigente. Su estilo poético es un punto fuerte cuando aporta densidad sensorial, pero puede convertirse en una traba para lectores que prefieren un ritmo narrativo más directo.