Cultura

Javier Mateo: "La poesía es música; siempre fue así"

ENTREVISTA

E.I. | Jueves 12 de marzo de 2026

La poesía y la música siempre han mantenido una relación íntima: ritmo, silencio, repetición y emoción comparten un mismo territorio. En Sinfonía para un solo músico, el poeta madrileño Javier Mateo Hidalgo (Madrid, 1988) explora ese vínculo para articular una autobiografía poética empleando la estructura de la séptima sinfonía de Beethoven, dando lugar a un poemario donde las partituras, los compositores y la memoria personal dialogan en un mismo escenario.

Publicado por la editorial El Sastre de Apollinaire, este libro —el séptimo en la trayectoria del autor— propone un recorrido poético en el que la música no solo se escucha, sino que también se imagina y se habita. A través de escenas, evocaciones y atmósferas sonoras, Mateo Hidalgo invita al lector a entrar en un microcosmos donde el tiempo y el espacio se diluyen y la poesía se convierte en una forma de interpretación. Con él conversamos sobre el origen de este proyecto.

¿Cómo nació la idea de escribir Sinfonía para un solo músico? ¿Hubo alguna experiencia personal con la música que impulsara el proyecto?

Podría decirse que con Sinfonía para un solo músico he saldado una deuda histórica contraída con la música. Desde que tengo uso de razón, la música ha estado continuamente presente: desde mi abuelo paterno a mi padre, ambos con formación en solfeo y diversos instrumentos (flauta travesera, flautín y guitarra), pasando por mi madre, la cual siempre ha cantado en casa y muy bien, por cierto. La tradición musical paterna se extiende a otros familiares, incluyendo el bisabuelo. En mi caso, puedo decir que desde los cuatro años hasta los diecisiete me formé en violín y solfeo, siendo igualmente integrante hasta esa edad y desde los nueve de la Orquesta Amadeus. También llegué a formar un grupo musical tras la carrera, Otra cosa, que duró dos años y donde componíamos canciones ligeras y las dábamos a conocer en conciertos. Ello por no mencionar mi melomanía. En los últimos años he tenido la fortuna de aunar poesía y música gracias al magnífico compositor gallego Juan Durán, que puso música a Músicos del metropolitano (perteneciente a mi libro Ataraxia), estrenándose como habanera en el ambigú del Teatro de la Zarzuela en 2024. Con él colaboré en la ópera de cámara Hildegart, encargándome del libreto. Se estrenó con éxito en el Festival Little Ópera de Zamora el pasado julio. Con todos estos mimbres, ¿cómo no acabar escribiendo un libro dedicado a la música?

¿A qué suena una sinfonía con un único intérprete?

Suena a multitud de cosas, porque quien la interpreta abarca diferentes registros (el amor, la amistad, la soledad, los recuerdos y dentro de ellos la infancia), poniendo en su pentagrama las impresiones de toda una vida.

¿Qué instrumento sería el protagonista de esta?

Inevitablemente la voz humana, como diría Cocteau. Aunque si debo elegir un instrumento dentro de la orquesta, inevitablemente sería el violín. No solo por haberme acompañado siempre, sino también por ser el que más se aproxima, por su timbre, al sonido emitido por nuestras cuerdas vocales.

¿Qué tipo de recorrido emocional propone al lector entre el primer y el último poema?

Como te comentaba, se trata de un recorrido a lo largo de los años vividos por quien escribe. En todo momento la música me ha acompañado, formando parte de mi educación sensible y encontrándose reflejada en todo. Es como una banda sonora existencial. Obviamente hay también partes de fantasía, ya que la música es ideal para fabular. Pero esa ficción parte siempre de las vivencias.

Su libro parece situarse en un territorio donde la música y la poesía se tocan. ¿Cómo relaciona ambas artes?

La poesía es música; siempre fue así. Desde su transmisión popular, iniciada en la noche de los tiempos, donde la necesidad de memorizar los versos obligaba a que tuviesen ritmo y musicalidad en la rima. También la música fue previa a la palabra a través del sonido emitido por instrumentos de diverso tipo. La música a su vez inspira poesía, y viceversa. Al ser dos elementos que se retroalimentan en perfecta simbiosis, es imposible no unirlos si ambos se conocen y practican.

¿Qué elementos musicales intentó trasladar al lenguaje poético (ritmo, armonía, silencio…)?

El ritmo siempre está presente, es fundamental para la escritura poética. Lo armónico debe ser igualmente protagonista, no solo en la lectura (que se hace música en la mente) sino desde lo visual. Un ejemplo claro es el caligrama de uno de los poemas, cuyas formas dibujan un arco y un violín.

¿Qué vino antes a la hora de escribirlo: imágenes, sonidos o palabras?

Primero siempre es la imagen. En todos los poemarios sucede así. Necesito crear a través de visiones que construyo o que acuden sin ser buscadas (en ocasiones las tengo guardadas en el desván de la memoria, esperando salir cuando corresponde). En Sinfonía para un solo músico las imágenes debían tener su música propia, de lo contrario había que descartarlas. Componen una sinfonía y precisan de su partitura. Las palabras no siempre vienen al final, pues en ocasiones ayudan a tender puentes cuando lo otro está ausente o no llega con suficiente nitidez.

¿Escribe los poemas escuchando música? ¿Le interesa que el lector “escuche” el libro mientras lo lee?

Antes sucedía siempre así. La inspiración venía escuchando música. Ahora no siempre es posible, si bien la llevo dentro. En cuanto al sonido que pueda evocar la lectura del presente libro, me interesa mucho que se produzca esa experiencia, si bien el que tenga lugar depende del lector. Lo ideal sería que tuviese música por sí mismo. Al menos eso es lo que he intentado.

En su poesía, ¿dónde traza la línea entre experiencia vivida y construcción poética?

No hay tal línea. La primera lleva a la segunda. Hace falta haber leído, escuchado música, contemplado pintura, obras de teatro y películas y, por supuesto, haber vivido para poder escribir. Sin conocimiento previo no se puede producir nada poético. En mi poesía hay mucha experiencia volcada formando poemas, pero también hay ficción. No obstante, tras esa máscara se esconde inevitablemente lo biográfico.

Un músico interpreta una partitura. ¿Considera que el lector también interpreta sus poemas como si fueran una partitura abierta?

Quiero creer que sí. Esa partitura, aunque tiene sus notas, cobra forma finalmente desde la lectura que haga cada uno, a través de las impresiones que se extraigan desde las distintas subjetividades. Afortunadamente no hay un solo libro. Puede ser una cantata infinita a múltiples voces o con un público innumerable.

En un mundo lleno de ruido e información, ¿cree que la poesía y la música siguen siendo espacios de resistencia o de refugio interior?

Por supuesto. Es el último reducto que nos queda antes de quedarnos completamente ciegos y sordos. Lo último sería la mudez, cuando lo que ya no se pueda leer o escuchar impida expresar nada nuevo.