Los Lunes de El Imparcial

Joaquín Rivera Chamorro: La Guerra Civil que vino de África

Ensayo

Domingo 15 de marzo de 2026

La Esfera de los Libros. Madrid, 2025. 447 páginas. 21,90 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar



En La Guerra Civil que vino de África. Franco y los generales que revolucionaron el ejército español, Joaquín Rivera Chamorro nos presenta una obra sobresaliente desde el punto de vista del rigor científico y metodológico, vertebrada sobre el gran acontecimiento que monopolizó la política exterior española durante las tres primeras décadas del siglo XX: la guerra de Marruecos.

Para ello, emplea una estructura narrativa cronológica que le facilita ordenar el contenido y subrayar una serie de ideas fuerza que desarrolla en profundidad. Igualmente, mediante un mayúsculo manejo de fuentes, explica con precisión el contexto histórico en el que se encuadra el libro, así como los principales actores políticos y militares, cuya trayectoria disecciona con amplitud.

Al respecto, nos encontramos en plena Restauración canovista, una etapa que se prolongó desde 1876 hasta el golpe de Estado efectuado en 1923 por Miguel Primo de Rivera y que se cimentó sobre el “turno pacífico” entre conservadores y liberales. Durante este periodo, el ejército dejó de ser el guardián de las esencias del liberalismo, una función que había desplegado, con mayor o menor éxito, durante buena parte del siglo XIX (como refrendaron los casos de Riego, Espartero o Serrano).

En efecto, a partir de 1876, se produjo una subordinación del poder militar al poder político, asignando al ejército la tarea concreta de mantener la independencia de la Nación y defenderla de sus enemigos internos y externos. En íntima relación con este argumento, se adoptaron decisiones de notable calado, como la creación de la Academia Militar en 1886, lo que fomentó un sentimiento de comunidad entre sus integrantes. Sin embargo, a pesar de estas medidas, se advirtieron algunas disfuncionalidades en las fuerzas armadas, como certificó inicialmente la guerra de Cuba y, más adelante, la de Marruecos.

En este sentido, esta última se caracterizó por su impopularidad entre la sociedad y entre determinados sectores de la clase política, como el PSOE, que no comprendían la razón de ser de dicha guerra. Como explicación, el turnismo aludía de manera reiterada a que España debía cumplir los compromisos internacionales contraídos con sus principales aliados del momento, Inglaterra y Francia. En palabras del conservador Sánchez Toca: “Sin Marruecos, España perderá en absoluto la personalidad internacional, y ha costado muchos años recuperar esa personalidad” (p. 139).

No obstante, como hemos indicado, tal explicación, repetida por varios referentes de la Restauración incluyendo al monarca Alfonso XIII, no aportaba claridad a una ciudadanía que lo único que percibía eran derrotas, masacres, una pérdida continua de recursos económicos y un sistema de reclutamiento centrado en las clases bajas.

Este último factor desencadenó episodios como la semana trágica de Barcelona en 1909. Para Mariano García Cortés, integrante años después del PCE: “La guerra suspenderá el progreso de la nación, porque absorberá los millones que tanta falta hacen a la instrucción, a la higiene y a las obras públicas” (p. 63).

En consecuencia, la guerra en Marruecos estaba suponiendo una sangría económica para la Nación, experimentándose un incremento notable del gasto en defensa. De forma complementaria, otros factores se sumaron para erosionar en última instancia el edificio de la Restauración, como la crisis derivada de la I Guerra Mundial (en forma de aumento de la inflación y la consiguiente conflictividad social) o la consolidación de un catalanismo político (percibido como un actor rupturista de la unidad nacional).

El momento culminante en esta evolución lo hallamos en el desastre de Annual de 1921, con la exigencia de depuración de responsabilidades entre las más altas jerarquías del país. Además, se ensanchó la brecha entre los militares africanistas y los abandonistas, entre los que se hallaba Miguel Primo de Rivera: “Son muchos los testimonios que relatan el descontrol, el caos, la desesperación y el miedo que se apoderó de todo. Atropellamiento, polvo, acémilas que se precipitaban por los barrancos, material abandonado. El recuerdo horrible quedó grabado a fuego en la memoria de los testigos supervivientes” (p. 314).

Sin embargo, este notable revés no supuso el punto final de esta guerra. El siguiente episodio, el desembarco de Alhucemas en 1925, resultó mucho más favorable para los intereses españoles. El éxito de la mencionada operación anfibia, referente citado en múltiples manuales de historia militar, fue incluso instrumentalizado por la dictadura de Primo de Rivera con la finalidad de un consolidar y extender un poder unipersonal que tenía fecha de caducidad.

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