Los Lunes de El Imparcial

Jaime Baily: Los golpistas

Novela

Domingo 15 de marzo de 2026

Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2026. 240 páginas. 19,50 €. Libro electrónico: 12,99 €.

Por Matías Jaque Hidalgo



Chávez fue durante décadas el pariente incómodo de la izquierda latinoamericana. Cualquier candidato progresista que aspirara a la presidencia de un país de la región debía (debe aún) pasar por la insistente pregunta del periodista de turno sobre si considera que Chávez fue un dictador, si pretende acaso hacer del país equis una segunda Venezuela. No se le pregunta si pretende hacer del país equis una segunda Noruega o Finlandia, como no se le suele preguntar a un candidato de derecha si pretende hacer del mismo país una segunda Hungría. Pero negar a Chávez las veces que haga falta y pasar este pequeño test del político demócrata no equivale a entender realmente qué ha sucedido en Venezuela.

En Los golpistas, Jaime Baily retrata ‒haciendo acopio de mucha información real, pero renunciando a las ataduras del código realista‒ a ese personaje extravagante que marcó la política mundial en los albores del nuevo siglo. La foto de la portada nos muestra a Hugo Chávez y Fidel Castro en medio de un abrazo fraterno, pero la novela no solo busca dejar muy en claro que, a juicio del autor, estos dos personajes son dictadores de manual. En realidad, el evento que articula el relato es el intento de golpe de Estado que, en 2002, sufrió el propio Chávez siendo ya el presidente constitucional democráticamente electo.

Conspiró contra él una tropa de (al menos el tono del libro así nos lo da a pensar) bufonescos personajes que no lograron nunca equilibrar su deseo de sacar de en medio al autócrata con sus propias ansias de acaparar ellos mismos el poder. Un poder que atrae cuando no se lo tiene, pero que agobia y hunde cuando se lo alcanza. Al cabo de un par de días, el presidente Chávez vuelve al palacio de Miraflores, después de ser rescatado del regimiento de La Orchila, donde esperaba que sus captores se pusieran de acuerdo sobre si debían juzgarlo ante un tribunal militar, enviarlo a Cuba o fusilarlo sin más. En Miraflores, es aclamado como la encarnación de un destino que ya nada parece capaz de frenar.

Paralelamente, mientras avanza la intentona de golpe del 2002, se nos cuentan los orígenes y el ascenso de Chávez; su primera vocación como “pelotero” (beisbolista); su admiración por los hombres mediáticos y poderosos que, como Renny Ottolina, saben dirigirse a las masas; su amistad con, y pronta devoción por, la figura de Fidel Castro; hasta llegar a los dos intentos de golpe que él mismo protagonizará a mediados de los años noventa contra el presidente Carlos Andrés Pérez.

En medio de este retorcido juego de espejos de golpes y golpistas, la historia de Venezuela se resiente, mientras, poco a poco, va asomando un corpulento bigotudo que, como el cerdito Napoleón de Rebelión en la granja, espera su turno para heredar el sueño igualitario del cerdo mayor y acabar de reventarlo.

El tono de Baily se mueve entre cierta contención que favorece una narración de ritmo ágil y la asunción, a ratos, de una prosa desacomplejadamente panfletaria. Entre diálogos que recuerdan al Ubú Rey de Jarry, o al Macbeth de Ionesco, los militares conspiradores (Efraín Velásquez, Manuel Rosado, Lucas Rondón) escenifican la farsa con que la historia terrible de los “gorilas” latinoamericanos pretende, sin éxito, repetirse.

Se hacen copiosas referencias a su gordura, como contraparte de un carácter flojo, adiposo, poco apto para las gestas heroicas, mientras, con cierta recurrencia, se echa mano a la escatología y los avatares del vientre para perfilar en clave humorística la catadura moral de Chávez. Mientras lo llevan en helicóptero a Miraflores, sacará el culo al aire para descargar “un mojón inmenso del tamaño de una anaconda” sobre la periferia de Caracas, como un esperpéntico preludio de lo que se avecina, un destino, para ese pueblo, aún más indigno que el que vaticina su amigo Fidel cuando le expone su nada sutil teoría sobre el poder: “El pueblo es la hembra, el caudillo es el macho, y el pueblo quiere ser singado y ser sodomizado, ¡coño!”.

Pocos se salvan del desenfado de la pluma de Baily. Quizás, convenientemente, algunos presentadores de televisión, que suelen ser, como quizás Baily se imagina a sí mismo, sujetos cultos, mesurados, elegantes, condenados a dirigirse a un país enceguecido por el carisma de un caudillo tras otro. Conmueve, y mucho, el destino de uno de los pocos militares que parecen exentos de la ubuesca degradación del honor: Raúl Baduel.

Siendo el más fiel defensor de la legitimidad constitucional de Chávez, y después de dirigir el rescate del presidente que lo lleva de vuelta a Miraflores, decide cuestionarlo públicamente una vez que Chávez propone reformar la constitución para poder ser reelegido de forma ilimitada. Su coraje le cuesta caro. Morirá en una cárcel chavista, enfermo de covid-19, en 2021.

Según cita el propio Baily, Baduel dijo en televisión abierta las siguientes palabras: “No podemos permitir que nuestro sistema se transforme en un capitalismo de Estado, donde sea el Estado el único dueño de los grandes medios de producción”. Protestaba contra el uso vago que, en su propuesta de reforma constitucional, hacía Chávez del término “socialismo” como destino último del país.

Mientras vemos cómo Estados Unidos no parece tener tapujos al hacer negocios con un régimen chavista intacto ‒que él mismo alardeaba de haber descabezado‒, estas palabras aciertan a dar la imagen de un mundo en el que las élites, sin el norte molesto de los ideales políticos, emplean el poder de los Estados para acumular riqueza a discreción.

TEMAS RELACIONADOS: