‘«Tras larga enfermedad/ ha muerto Seamus Heaney». Lo llamaban/ «poeta de la turba». Su familia,/ en un comunicado, no ha querido/ decir expresamente de qué clase/ de enfermedad murió. Ya no hace falta./ Murió de lo que tantos:/ caminando de noche, se olvidó/ de amanecer un día. Él mismo ahora/ es un poco de turba. Un buen principio:/ será llama en la estufa de algún pub,/ y los que en él se achispan/ ni siquiera sabrán que ese sabor/ tan bueno de sus güisquis se lo deben/ al arroyo que visitó su tumba,/ uno de esos arroyos que se forman/ con aguas de la lluvia/ y al que nadie se molestó en dar nombre./ Que la poesía a veces/ es dar nombre a las cosas, o quitárselo’.
Es uno de los poemas finales del libro Y, de Andrés Trapiello, y también el último de poemas que publicó íntegramente, en 2018, si exceptuamos una biografía poética que sacó unos pocos años después, La Fuente del Encanto. Poemas de una vida (1980-2021), en 2021, que incluía algunos inéditos. A comienzos de este año quise releerlo porque ahora, en el momento de escribirse estas líneas, el tiempo parece haber vuelto a su casilla más inverniza, equivocando a los esperanzados que no dejan de presagiar el buen tiempo, como los cándidos o los peces dando vueltas en su recinto acristalado, lleno de olvido continuo y de agua.
El mundo, su curso de informativos y de sucesos internacionales, parece estar también olvidando demasiado aprisa a lo que ya se ha enfrentado en más de una ocasión, si es que alguna vez dejó de ofertar esos enfrentamientos y galeradas de crueldades sin posibilidad de corrección, y ha ido instalándose un leve pero constante clima de preocupación que no promete sino escalar, aun con todas las incertidumbres sobre la mesa. Pero uno no quiere sumar una página más a la pila de los que están más cualificados para contarlo. Será una decisión cuestionable, pero prefiero atender a otros asuntos menores a pesar de todas las tropelías de las que podemos ser capaces. Por eso mismo, no descuidar lo fugitivo y breve logrará que nuestro rumbo no se trastoque, al menos no tanto como para que el peligro de la barbarie ensombrezca todo aquello en lo que depositábamos y encontrábamos sentido.
Este poema, SH., elegía al poeta irlandés, trajo consigo las imágenes adecuadas con las que lucubrar a los pocos minutos de haberlo leído. Esas ventanas de los pubs de las pequeñas ciudades o de los pueblos, donde siempre queda una luz como la flor del abelmosco; una que mirar desde fuera pero que nos invita a entrar y conocer qué se está celebrando dentro o qué curda puede acabar en pelea, aunque se vaya la imaginación a escenas más cinematográficas.
Tienen los poemas escritos por los ingleses o los que escriben otros haciendo referencia a esos paisajes y a sus autores, una fuerte carga atmosférica que humidifica el idioma y permite que nazcan esos musgos que acaban dominando cualquier piedra, más dichosos por su conquista si esta tiene unas letras grabadas. A ese principio llegan para taparlas o borrarlas y que así comience más libremente en su siguiente etapa en el más allá. Con lluvia o nieve, su verde para el sonido del día; las imágenes, otras, se repiten sin cesar, parafraseando unos versos suyos. Esperan el siguiente movimiento. Que alguien venga y escriba lo que no sabíamos, todavía no, que tenía nombre.