Los Lunes de El Imparcial

Leila Guerriero: Los suicidas del fin del mundo

Crónica

Domingo 15 de marzo de 2026

Anagrama. Barcelona, 2026. 212 páginas. 18,90 €. Libro electrónico: 10,99 €.

Por Aránzazu Miró



Un axioma que aprendí en la facultad de periodismo era aquel que justificaba la importancia de una noticia: mil muertos en otro continente, cien si era país limítrofe, diez en otra comunidad y uno si era vecino del barrio. Leila Guerriero, que tiene alma de periodista, pero perspicacia de novelista, nos reserva un excelente final a su Los suicidas del fin del mundo, esa Crónica de un pueblo patagónico con que se dio a conocer y ahora rescata su actual editorial, Anagrama: «En Buenos Aires, los diarios finalmente hablaban de suicidios: de nueve asfixiados con gas carbónico que el sábado 5 de febrero de 2005 habían sido encontrados en una hacienda de Hihashi Izu, cien kilómetros al suroeste de Tokio, Japón. Nada decía de los muertos del Sur».

Si la cercanía mide la importancia de una noticia, la Patagonia argentina es a todos los efectos el fin del mundo; Japón, mientras tanto, anda a la vuelta de la esquina. Y si desde nuestra Europa clama al cielo, en el Buenos Aires desde el que escribe la autora, resulta patético.

Leila Guerriero parece ubicua: publica en prensa española, pero también latinoamericana; tan pronto está en México o Chile como en Menorca o la Costa Brava. La memoria histórica es un tema que le atrae especialmente, léase la guerra de las Malvinas y el cementerio de los derrotados argentinos, la búsqueda de las huellas de Truman Capote escribiendo A sangre fría desde Palamós, o la truculenta realidad de una represaliada de la dictadura argentina (La otra guerra, La dificultad del fantasma, La llamada).

En realidad, todos libros sobre la condición humana. Todos escritos tras un primero sorprendente, Los suicidas del fin del mundo, en que la autora, ejerciendo de periodista, viaja al pueblo sureño Las Heras para recabar información con que entender qué secreto o maldición –-se especula con una secta y un listado secreto–- es la causante de los inexplicables suicidios que se producen, especialmente entre jóvenes y con relaciones entre unos y otros. Aunque el libro concluye en 2005 tras varios episodios, todo hace pensar que nada debe haber cambiado.

Las Heras, antes de manifestarse como región rica en petróleo, dependía de las ovejas: «era un pueblo pequeño sacudido solo por el precio de la lana, pero se vivía bien, se vivía próspero, se vivía en paz». «Atravesó los años ochenta y los primeros años noventa en esa prosperidad de petroleras, bares, burdeles, y hombres con dinero para gastar». Pero «el paraíso empezó a tener algunas fallas» y «no hubo cómo evitar el impacto».

De eso va esta novela que es más que un reportaje. Cómo una escritora con alma de periodista (ya sé que me repito) se puede plantar en el sitio, sin fecha de retorno, para investigar, averiguar y escribir qué es lo que en realidad había pasado, o pasaba, en ese lugar. No saca conclusiones, aunque se barajan muchas posibilidades; tras la lectura del paciente proceso de Guerriero, solo puedo decir cómo hace agua el sistema en que vivimos, y cómo cuesta detectarlo.

Y qué bien –qué bonito creo que diría un argentino, porque eso sí, este libro es una inmersión en el habla autóctona–, cómo nos lo cuenta Leila Guerriero, ahondando caso tras caso, y sus relaciones, como entrometiéndose, pero siendo bienvenida, en el devenir de ese paraje de la Patagonia argentina, ese «pueblito cascarriento». Todo son diálogos, transcripciones de encuentros, y especulaciones que ella escucha y a las que nosotros daremos credibilidad o no.

«Había escuchado tantas teorías para explicarlo todo», reflexiona Leila a punto de irse. «Teorías. Y las cosas que se empeñaban en no tener respuesta». Porque, «cuando pasa algo así en un lugar es que hay algo que no funciona», le explica uno de los implicados, de los que estaban allí cuando ella fue, «los solos y los dolientes, los rotos en pedazos», como los describe. En eso anda Leila, intentando comprender qué relaciona unas cosas con otras. Yo la nombraría reportera de desgracias; necesitamos que alguien ponga palabras al fallo del sistema. Leila Guerriero o hace con un tacto exquisito.

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