Opinión

Desesperanzados y en manos de castas cada vez más decadentes

TRIBUNA

Roberto Alifano | Martes 17 de marzo de 2026

Aquellos a quienes nos tocó ser conscriptos, me refiero a cumplir con el odioso Servicio Militar Obligatorio, que no servía para nada, sino para hacernos perder un año en concreto de vida activa y productiva, nos quedaron en el bolsillo frases de un léxico muy particular, menos gracioso que grotesco, por suerte ya olvidado. Expresiones tan comprometidas como picarescas, recordadas por algunos como un sentimiento agridulce de melancolía, que resulta hoy una risueña evocación de viejos tiempos ya idos, y olvidados por las nuevas generaciones, qué (¡por suerte!), nunca más volverán. Me refiero a la “colimba”, palabra odiosa, que condenaba a los jóvenes a perder un año bajo amenaza de estar bajo bandera, dedicados a un entrenamiento absurdo de imitaciones de guerras o alzamientos civiles con fantasías patrioteras, considerado un flagrante delito para quienes desertaban e incumplían con el famoso e incuestionable postulado de estar al Servicio de la Patria.

En aquellos tiempos, recuerdo que todavía se usaba la graciosa expresión: “Al pedo pero temprano”, zafada frase marcial (no por absurda menos ocurrente) y que, según dicen, venía de Napoleón Bonaparte, que al parecer en un famoso combate se adelantó un par de horas (por error nomás). Algo qué más cercano en el tiempo sería usada por otro milico famoso, el ocurrente criollo viejo, General Juan Domingo Perón, que sonrió con picardía cuando alguien le preguntó de dónde venía su hábito de madrugar (a las seis en punto estaba en su despacho de la Casa de Gobierno) y él respondió: Eso viene de Napoleón que en la batalla de Jena, en 1806, llegó con una hora de adelanto, y cuando se lo hicieron notar comentó haciéndose cargo de su torpeza: C'est inutile, mais c'est tôt’.

Aquí, entre nosotros, los descendientes de un país de inmigración, nos llegó todo un poco a trasmano y por imprudencia, como en el caso de la primera gente, nuestros antepasados europeos que pisaron estas tierras con todo por delante para fundar una Nación. Y me recuerda ahora una reflexión del poeta Homero Manzi, que en una reunión con sus correligionarios de FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina, un movimiento político fundado en el 1935 por radicales disidentes, y que incluyó a los pensadores Raúl Scalabrini Ortíz y Arturo Jauretche; verdaderos adelantados empeñados en la busca de recuperar las banderas de la soberanía nacional durante la “década infame”, denunciantes de la dependencia económica y la entrega del patrimonio nacional al imperialismo de turno, que luego se integró al peronismo, y cuyo postulado era lograr que la sociedad argentina, en especial la porteña, se jugara particularmente la suerte de un país que en manos de inmigrantes -y por gratitud hacia la generosa tierra que los albergaba- tomó los cambios bajo inspiración de los criollos, en lugar de proponerse ellos mismos como arquetipos del progreso, que hubiera sido lo lógico, anteponiendo en este caso ‘al gaucho en lugar del europeo’, y que luego don Raúl Scalabrini Ortiz se preocupó en dejar aclarado en su clásico volumen: “El hombre que está solo y espera”.

Pues bien, asunto imperdonable y tremendo que según algunos aún nos pesa como una mochila de piedras. Pero claro, pobres gauchos que terminaron como personajes literarios como don Juan Moreira y don Martín Fierro, que poco tienen que ver en este enojoso asunto, personajes de ficción, elevados a paradigmas, que todavía nos siguen pesando sobre nuestra joven y compleja realidad. Asunto ya irreversible, escudada en la expresión “yo no me meto”, cuándo nos tocó asumir la neutralidad con el “¡yo argentino, viejo!” actitud de la que todavía somos estandartes.

Un fenómeno que ahora vive la Argentina como otro modelo exacerbado (o vulgar zafarrancho de personalismo, ahora con un temerario presidente, no menos ignorante que fanático, cuyo propósito anarquista tiene por objetivo el destruir un sistema de convivencia social apoyado en la “democracia”, cuyo baluarte fue en la década del cuarenta, como ya dijimos, la gente de FORJA

Este Estado que nos gobierna, supuestamente fundamentado en el respeto mutuo, que debe regir la conducta de ciudadanos y dirigentes, hoy en bancarrota, no se queda ahí, es cosa de locos, ya que el poco formado (o deformado presidente que tenemos, que se jacta de no haber leído a Borges ni a Sabato ni a Cortázar, y se define a sí mismo como “libertario” y, como si sus postulados fueran anarquista, se fundamenta en la destrucción del mismo Estado a imitación (sin saber muy bien por qué de los añejos anarquistas y de algunos económos contemporáneos; ultra-neo-liberales (mejor dicho, ultra fanáticos del neo derechismo más exacerbado, todo eso, sin privarse de nada, vociferando improperios o, mejor dicho mal educadas expresiones groseras, convencidos fanáticos que, desde el propio Estado pretenden destruir el Estado, computando a la tan bruta la gente que se dedica a ejercer la política (¿y lo apoya, o los mismísimos ciudadanos que le aprueban fundamentos de cualquier tipo, como la reciente y desprolija Ley Laboral, o la de Menores, mezclando asuntos policiales con los de justicia). Conviene aclarar que los dirigentes neoliberales incluyen a legendarios jeques ya difuntos como Margaret Thatcher (Reino Unido) y Ronald Reagan (EE. UU.), y en los años 80, impulsores del Consenso de Washington. Entre los que se destacan en nuestra América Latina, Carlos Menem, Mauricio Macri, conocidos privatizadores y desreguladores.

Todas espantosamente con actitudes antidemocráticas, que tienen un pasado que empieza con desviaciones del peronismo y se consolida con el kirchnerismo, un desprendimiento vulgar que se prolonga ahora en la elección de un presidente offside, inventado a los tropezones que intenta abrirse camino, aferrado a un modelo de decadencia y bajo oscuros procedimientos totalitarios (y tontalitarios).

Ahora bien, quién no sabe que el país necesitará mucho tiempo para restaurar los sentimientos de aquellas formas menos agresivas que caducas pueden resultar feroces para el avance de una necesaria forma de gobierno, con reformas serias y no productos del fanatismo y la ignorancia más supina; digamos nada sensibles al progresismo y, sobre todo, con gente bien educada no con pelafustanes de cuarta o quinta categoría que se creen originales y son simples bestias incongruentes, que solo manipulan números fiscales cuyo intento es destruir a los más vulnerables; es decir, los trabajadores. ¿Pero el otro crucial asunto es adónde ir a buscar nuevos dirigentes? ¿A otro planeta, ¿a la estratósfera? porque aquí, está bien visto que no los conseguiremos; aquí, los esfumó el disparate y no aparecen por ningún lado.

Y bien, agreguemos que esta sociedad, desde la raíz, todo está destruido. El caso de la diarquía Milei es el resultado del gran descalabro (y ahora, con una guerra mediante). ¿Cómo imaginar entonces tiempos más justos, aunque sean un poco mejores? ¿Por lo que hay a la vista, imposible? Habrá que tener paciencia. No queda otra. ¡Ojalá la vara del escarmiento caiga sobre todos los corruptos que nos vienen hundiendo; ahora casi en la desesperación! Estos modernosos que se consideran los nuevos salvadores de la Patria… Dios nos proteja de tales personajes.