Opinión

Tontos a manta

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 18 de marzo de 2026

Hay veces que conviene monitorizar la psiquis del ser humano sin necesidad de aplicar teorías freudianas ni tan siquiera recurrir al esoterismo ni a la magia negra. Se trata de poner atención en ciertos elementos y elementas que se creen impunes por formar parte del séquito de un ser atávico que, sintiéndose colmado de ego, reclama la atención por haber descubierto el punto G en una muñeca hinchable.

Lo que se ha instalado en la sociedad actual no es por simple casualidad. Hoy se da por amortizada la propiedad intelectual dando paso al vicio del despropósito. Hay quienes votan a favor de la vista gorda con tal de que no le quiten la suerte de supervisar obras públicas, apoyado en una valla, o que le saquen del éxtasis de contar nubes de evolución. Otros afirman estar encantados de vivir fuera del orden natural de las cosas y delinquen de lunes a viernes para dedicar el fin de semana a preparar tutoriales en las redes sociales para que su negocio no decaiga.

La gilipollez se ha instalado en todo su esplendor. Ahora es como la doctrina del flagelo para disfrutar del dolor con mayor ahínco. Es el placer de lo que duele que, según parece, es más rentable que rebelarse. El secreto está en que la sociedad se ha ido repoblando de tontos bruñidos encargados de poner en solfa todas y cada una de nuestras áreas de mejora. Es el efecto contagio emanado desde la cúspide piramidal. Ahora elevamos la mirada hacia la virtud, advocación de la cual proviene el resplandor de la gilipollez como exponente de lo que nos sucede.

Refiero en política donde ahora se hospedan los hombres y mujeres de poco valor, sin importarles la pérdida de mérito como tales, ni tampoco el malograr la dignidad de hacerse valer ante quien les manda. Obedecen agachando las orejas y de rodillas si fuera el caso. Aplauden como desusados figurantes de un “claque”, ríen como los caballos del ejército y lloran como plañideras del antiguo Egipto. Todo es en favor del maestro que habla con funesto verbo, peor lengua y grosero en jerga.

La sociedad vive con dolor de bolsillo, que no es otro que el padecer de mermas de dinero y ahorros, quien lo tuviere. Más contra peor, mejor, que entre rechinar de dientes y aceptación de los malogros, se van los años fiados y nos rodea el empréstito de la vida creyendo mentiras, unas detrás de otras, mientras esperamos la llegada de un maná prometido como el nuevo alimento de la humanidad. Y los años transcurren en beneficio de un inventario que, curiosamente, no controlamos, pues para ello hay otros encargados de darnos por donde el urólogo trastea en conocimientos.

En esta genealogía de modorros, los tontos se adornan de un tono severo en sus risas y gestos, formando una coral bien engolada alrededor de su jefe. Aquí no se fabrican ideas, hay consignas mancomunadas. Los necios se arriman a los tontos aprovechando el viento a favor, mientras algunos voceros de la loa masajean al maese líder hasta el confín del vómito. Son los tontos puestos en escena sin dejar margen a la duda. De entre ellos sobresalen los dedicados a crear falsedades; otros a echar gasolina al fuego; los hay que tiran la piedra y esconden la mano; los herejes de falso credo, los que toman las calles como casa de empeños; aquellos que huyen del lazo negro; los que repostan en vicios a cargo del contribuyente; los que se amanceban con gastos pagados; los que trafican con sus propias culpas; los que no reparan en los muertos; ni a víctimas dedican tiempo. Los faltos de razón en discursos hueros, creyendo que no son tontos, porque piensan que no lo son.

Es la nueva ordenación seglar donde no se acostumbra a creer en otra cosa que la de vivir del cuento y, si te he visto, no me acuerdo. ¿Qué cuánto puede durar este desafío? Tal vez hasta que el ser humano como tal se reinvente como especie. Y eso, me temo, que va para largo.

Mientras tanto, que cada uno se salve como pueda.