Cultura

Torrente Presidente: una sátira tronchante que dice mucho de cómo somos

CRÍTICA DE CINE

Joaquín del Palacio | Jueves 19 de marzo de 2026

Las comedias suelen ser tan menospreciadas por la crítica como alabadas por el público. El cine español —que yo adoro porque es el mío y aquí lo plasmo cada semana— ha conseguido sin la menor sutileza alejarse de su público natural a base de movilizaciones y soflamas que nada tienen que ver con el arte. Es curioso el fenómeno visto desde ambos lados. Tan bobos son los hunos como los hotros. Unos se pierden su cine, que es extraordinario y es suyo, y los otros pierden a su público, arruinan a sus productores y se ven necesitados de subvenciones porque no llegan a cubrir gastos. Santiago Segura es una rara avis que ha decidido hacer cine para todos, para la familia, para el rojo y el azul, para el señorito y el barrendero y que todos los que estén en la sala lo pasen bien. Y como ha sido el más listo no solo no necesita subvenciones, sino que sus películas suelen ser un éxito absoluto de público. Es cine español, todos lo ven y a todos, hasta al más lánguido o ideológico, divierte. Salas llenas, récord de recaudación con cada propuesta y carcajadas a doquier. Mientras, otros estarán con sus pancartas buscando resolver un mundo que no se deja resolver tan fácilmente.

Torrente como personaje

No voy a descubrir al personaje de Torrente en estas líneas. Todos lo conocéis. Es un tipo repulsivo, dégueulassee, tanto en lo físico como en lo psíquico, tanto en modales como en honestidad. Lo triste de la propuesta es que estamos tan desengañados que un tipo así, de corte pseudofascista cutre, podría perfectamente llegar a presidente, de un modo similar al que Chiquilicuatre llegó a Eurovisión. La gente prefiere la chanza y nuestros representantes naturales comienzan a quedar muy lejos y nos generan la sensación de no resolver los problemas. El dilema es que una vez que eso suceda nos encontraremos con un engendro que durará cuatro años y que lo más probable es que esté convencido de que arreglará complejos problemas sociales con fórmulas muy sencillas ideadas en un bar. En USA les ha pasado algo parecido. Es un fenómeno curioso, antes de que suceda todos lo ven imposible, hasta divertido, y cuando ya ha sucedido se degrada todo y ya no resulta gracioso ni para los muy adictos. Se deja de hacer política y se comienzan a hacer experimentos caprichosos que como no funcionan se cambian por otros que tampoco funcionarán. Aparece primero la burla y después el caos.

Si les parece, vayamos al film. La propuesta de Segura es rompedora, como las anteriores, pero aún más cercana a su tiempo, tanto que hay que verla ya, hoy mismo, para entenderla, probablemente en unos años esté desfasada. Si alguien pensó que el fenómeno Torrente acabaría wokeizándose por la autocensura, nada más lejos de la realidad. La película es transgresora hasta el máximo nivel imaginable. Se desata en un aluvión de gags que no destriparé porque hay que verlos uno a uno. No deja títere con cabeza desde una idea fuerza que a muchos les pasa desapercibida, y es que Torrente no es Segura, y con cada burla a gais, moros, discapacitados o negros no desacredita a los aludidos sino al propio personaje. Porque gracias al propio Torrente y sus actos, frases y miserias, de quien más se burla esta película es de cualquiera que se pueda parecer a Torrente.

El argumento

Hablar de argumento en una película como esta es casi delictivo. Torrente está en un bar con sus parroquianos y un señor encorbatado (Willy Bárcenas) de un partido de extrema derecha (Nox) le escucha decir toda una sarta de barbaridades y se lo lleva a un mitin. Su discurso ridículo sorprende a todos y eso le lleva a recibir más y más invitaciones que le hacen muy popular en ese circo. Tanto que acaba disputando la presidencia al jefe del partido. Los poderes fácticos no están de acuerdo, intentan asesinarle con sicarios chapuceros que no lo logran y aparece una especie de líder mundial en la sombra encarnado por Kevin Spacey que decide que él sea el próximo presidente.

Lo interesante de la propuesta no es el argumento sino la salsa que todo lo condimenta. Y esta es gamberra a más no poder. Allí se suceden todo tipo de insultos, obscenidades escatológicas, y cameos de la flor y nata patria, por ejemplo con Carlos Herrera, Rajoy, Évole, Kiko Rivera, Esther Cañadas, Pablo Motos, Wyoming, Harlem, Latre, Bertín y muchos otros. Unos hacen de sí mismos y otros actúan. Hay una escena especialmente chusca donde Alec Baldwin aparece disfrazado de Trump de un modo que siendo una parodia deslavazada bien podría ser la realidad. Desde hace meses, cualquier broma, por ridícula que sea, puede ser real en segundos, dando fuerza a ese dicho de Mark Twain de que «La realidad siempre supera a la ficción». Todo lo que aparece en la película tiene el componente de la actualidad sacada de quicio, nada es imposible por mucho que parezca ridículamente obsceno. Y en eso reside el éxito de Segura. Ha hecho un documental de ficción sobre España donde los participantes son personas reales que hacen de sí mismas en muchos casos —lo que añade más verosimilitud— y ha utilizado los resortes que dan los periódicos diarios para tejer una fábula basada en hechos reales. De ahí las carcajadas del público y las salas llenas. Según datos recién actualizados, Torrente Presidente es el mejor estreno de los últimos quince años.

Consideraciones de un pobre equidistante

Lo decía al principio de la crónica. Desde mi dolorosa equidistancia que solo sirve para que me abofeteen rabiosos los dos lados de la trinchera, entiendo que las dos partes en liza actúan de acuerdo a derecho. Unos tienen derecho a decir lo que quieran (libertad de expresión) y los otros tienen derecho a no ver sus películas (libertad de elección). Yo me pregunto si un empleado de Telefónica o del Banco Santander tiene derecho a ir a una reunión de trabajo con una pegatina que reivindique sus creencias políticas, sean estas la que sean. Imagino que legalmente sí, pero no lo hará porque podría ofender a sus clientes y a la empresa para la que trabaja, que vive de resultados, como el cine. Porque las causas, pese a quien pese, casi nunca son universales y a menudo son ofensivas para muchos otros. El cine es una industria lo mismo que las eléctricas, la banca o la fabricación de coches y necesita «vender» su producto a su público natural, necesita su afinidad y su simpatía y esas pancartas ejercen lo contrario. Y del otro lado, si eres tan español, tan patriota, te gusta tanto tu bandera y tu país, ¿cómo no respaldas tu cine? Es el único que es tuyo de verdad, que habla tu idioma igual que tú, que siente lo que sientes, que te muestra tu mundo, tus paisajes, tus ciudades, tus gentes, tus realidades, tus historias… y además lo hace muy bien.

Soy un gran defensor del cine español. Tenemos un cine de altísima calidad, con grandes actores y directores que nos cuentan preciosas historias y todo un abanico de profesionales que lo hacen posible, y es muy triste que la mitad del publico haya decidido por puro fanatismo —tan ridículo como el de los otros— no acudir a las salas.

Y digo todo esto porque el único que se salva de esa guerra es el más listo de todos. Es el único que utiliza la política como recurso cómico, para burlarse de ella, y que da sopapos en todas direcciones para que no haya ofendiditos de un solo bando lloriqueando tras las esquinas. Desde aquí doy las gracias a Santiago Segura por ser transgresor, por no dejarse intimidar por la dictadura de la corrección y por ofrecernos un rato de carcajadas tan sanas y tan merecidas por todos, sobre todo por mí.

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