Opinión

Habermas. Finis Cogitatoris

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 19 de marzo de 2026
En efecto, supone el final de un pensador, pero igualmente, parece cundir el consenso de que Jürgen Habermas es el último de una serie de filósofos contemporáneos de cierto cuño. Lo pondría en el grupo de finados relevantes contemporáneos: Bobbio, Sartori, Eco, Martini, Bauman, Gustafsson –incluso sumaría a Ratzinger/Benedicto XVI– y ahora, Habermas. Sí, cada cual en su trinchera y desde su espacio del pensamiento que profundizaron. No es que Occidente se quede sin cerebros, que ya vendrán otros –porque el tremendismo no cabe ni me impresiona y el determinismo tampoco me subyuga, que la Humanidad es mucho más– y que su deceso supone una suerte de parteaguas, el final de cierta era de una suerte de mentes especialmente lúcidas, que han preponderado en gran medida del espectro intelectual, no solo del tramo que llevamos recorrido de este siglo, sino de la segunda mitad del siglo pasado. Desde ya, tenemos haber-menos.
Porque, a manera de isagoge –pongámonos cultitos– Habermas es un personaje casi omnipresente en las reflexiones de nuestro tiempo. Parecía ser parte de muchos ámbitos, ya que se lo cita en diversos. Ello debido a su prolífica obra y su incursión en distintos espacios del conocimiento, el pensamiento y la reflexión filosófica.
Estos días he regresado a revisar su Modernidad inconclusa y hay ideas siempre lucidas. Su preocupación ahí disertaba giraba entre identificar si lo moderno desestima el pasado sin arneses ni recetas para, así, escribir el presente y planear el futuro; y la búsqueda de los alcances de esa modernidad que alimenta a su vez, lo que llamamos Posmodernidad. Qué oportuno ese vacío de nombres de indefinidos alcances para nuestro tiempo, cuando carece de una denominación definitiva, no obstante que, ya se sabe, los nombres llegan luego, pero a mí en lo personal sí me obsesiona conocer cómo será denominada esta época tan trastocada. Quizá podríamos ir definiéndola a punta de esa lectura.
Modernidad Inconclusa (1980) dibuja una inquietud que, desde luego, ha traspasado el fin de la Guerra Fría, la caída del socialismo real, el cambio de siglo y de milenio, el unilateralismo y las grandes crisis posteriores, Pandemia incluida, junto con las grandes tensiones de nuestra contemporaneidad, incluidas las pugnas entre las viejas y las nuevas potencias. Todo eso no lo adelanta Habermas, pero su texto puede permitirnos asomarnos con ojo crítico a esos procesos y sus resultados.
Es un texto que, como sucede con otras obras del referido, se explaya en enunciar a sus paisanos. No negaba la cruz de su parroquia, empero ese sea acaso el gran defecto de Habermas: mirarse demasiado el ombligo regodeándose en la cultura alemana –pese a saberse leído en tantas partes y aguardar sus opiniones genuinas– y avisar de revisarla casi como si no existiera otra más. En dos ocasiones cita al nobel Octavio Paz, aludido con cierto respeto y del que toma algunas ideas. ¡Mira! Un filósofo que cita poetas. Parece sensible, quién lo diría.
Mientras diserta sobre la modernidad conduciéndola por los prolegómenos del arte, su función y búsqueda siempre va contrastándolas con acciones y sus objetivos y resultados obtenidos, lo mismo nos habla de premodernidad que de postmodernidad, ambos conceptos tentados y totalizadores, mas parecidos que antagónicos –sí, los extremos se juntan– y se pregunta si la modernidad –que piensa como concepto que fue nutriéndose de distintas etapas y criterios delineadores– no es sino respuesta a lo que no se quiere obtener, aun corriéndose el riesgo de ser antimodernidad en su fuga de los cánones vigentes para poder ser.
Y el tema resulta llamativo, porque, si bien rastrea su génesis, resulta ser que su actualidad aludiéndola supone una recurrente invocación, tanto en el sentido de ser referente de lo que se entiende y aspira a ser vanguardia, lo actual, lo contemporáneo –sumaria nuestro rrefenable sinvivir en una suerte de asfixiante inmediatez– como con la idea también presente de, si por seguirla –una paradoja, claro– se puede ser más conservador y antimoderno, o estamos en la postmodernidad sin saber bien a bien cómo se ha delimitado aquella y bajo cuáles parámetros. O lo que es lo mismo, no sabemos cuándo acabó la modernidad.
Recupero así, algunas líneas de la obra aludida:
“Por moderno se entiende ahora sólo aquéllo que tiende a dar expresión objetiva a la actualidad espontáneamente renovada del espíritu de la época. Pero mientras que aquéllo que meramente está "de moda" se convertirá pronto en anticuado, lo que es moderno preserva un vínculo secreto con lo clásico. Por supuesto, siempre se ha considerado clásico a aquéllo que sobrevive al paso del tiempo, pero lo enfáticamente moderno ya no toma prestada la fuerza de ser un clásico de la autoridad de una época pasada, sino que una obra moderna llega a ser clásica porque una vez fue auténticamente moderna.”
Agrega: “La modernidad estética se puede caracterizar por las actitudes que se fueron formando en torno a la transformación de la conciencia de la época. Esta conciencia se expresa en la metáfora espacial de la vanguardia, del avantgarde, la tropa de choque que avanza en un terreno desconocido, expuesta a los riesgos de encuentros repentinos y estremecedores, pero capaz de conquistar un futuro todavía no ocupado y de orientarse, esto es, de encontrar su dirección, en un territorio aún sin descubrir. Pero este avanzar a tientas, esta anticipación de un futuro indefinido y contingente, el culto a lo nuevo, significa en realidad la exaltación de una actualidad que da a luz pasados siempre determinados de nuevo subjetivamente. La nueva conciencia de la época, que con Bergson penetra hasta la filosofía, hace algo más que expresar la experiencia de una sociedad en movimiento, de una historia acelerada y de una vida cotidiana quebrada por discontinuidades. El nuevo valor atribuido a lo transitorio, lo elusivo, lo efímero, la celebración del dinamismo, revela los anhelos [manifiesta la nostalgia/TD] de un presente puro, inmaculado y estable [inmóvil/LA]. En cuanto movimiento que se niega a sí mismo, el modernismo es ‘nostalgia de la auténtica presencia’. Esto, según Octavio Paz, ‘es el tema secreto de los mejores poetas modernistas’.
Esto explica el lenguaje bastante abstracto con que el temperamento modernista ha hablado del "pasado" (abstracción del lenguaje; talante moderno/JLZ), y la oposición abstracta a la historia que, de este modo, sacrifica la estructura de un sucederse tradicional y compartimentado que garantizaría la continuidad. Las épocas particulares pierden su rostro peculiar en favor de una afinidad heroica del presente con el pasado más lejano y el futuro más próximo: un sentido del tiempo en que la decadencia se reconoce inmediatamente a sí misma en lo bárbaro, lo salvaje y lo primitivo. La intención anarquista de hacer estallar la continuidad de la historia explica la fuerza subversiva de una nueva conciencia estética que se orienta contra las producciones estandarizadas de la tradición, que vive de la experiencia de su rebelión contra toda normatividad.”
Puntualiza: “El espíritu moderno y vanguardista ha intentado, en vez de eso, usar el pasado de un modo distinto: se sirve de los pasados que la erudición objetivadora del historicismo ha hecho asequibles, pero al mismo tiempo se revela contra esa neutralización de las pautas que promueve el historicismo al recluir la historia dentro de un museo. Inspirándose en el espíritu del surrealismo, la expansión de la cultura, precisamente en razón de su reflexión y producción especializada, no logra sin más estar a disposición de la praxis de la vida cotidiana. Al contrario, la racionalización cultural amenaza más bien con empobrecer más y más el mundo de vida, cuya sustancia cargada de tradicionalismo ya ha sido devaluada.”
Lo dejo en eso. Pues ahí lo tiene, Habermas en estado puro. Ha cesado su existencia terrena. Nos queda su pensamiento.