De los artistas, la importancia con la que solemos referirlos es debida, por un lado, a su trabajo, a su obra y carrera, tanto en vida como una vez muertos y pasados por el tamiz de la gloria eterna, y por otro lado, a su propia condición y personalidad de artistas, tanto en vida, donde muchos se esforzaron en labrar su personalidad como otra obra más, como después de muertos, asegurada esa pervivencia del personaje excéntrico, particular, genial e inestable, la mayor de las veces.
Una tercera vía que contemplar a la hora de conceder esa importancia, estaría relacionada con la primera opción, preguntándose verdadera y sinceramente por qué se están haciendo esos trabajos, para quién, para qué. Remover esas cuestiones, densas como el aceite de linaza, ralentiza las pulsiones creativas y lleva a sentarse frente a lo que se está haciendo, más que a lanzarse a crear, por muy enérgico y productivo e inspirado que uno se sienta. El dilema puede llegar con una gran oportunidad. El momento de presentarse al mundo y lo que se está haciendo. Ahí la desnudez será total. También la vulnerabilidad. La tela y sus colores podrán quedar retratados por su convicción o en entredicho por exceso de prudencia, por falta de valentía.
La primera novela de la poeta Mayte Gómez Molina decide adentrarse en la complejidad de dicho tema. Sale airosa. La boca llena de trigo, un título que resuena en su pretensión lírica natural —y no en vano recibió el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández en 2023—, nos hace partícipes del tambalearse de Anna, pintora de vocación y casi formación, con motivo de una exposición que le es encargada para una de las galerías más renombradas del país. La sombra del éxito alcanza desde la infancia hasta su primera adultez, pero poco sabor meloso le ha dejado. En cambio, una inseguridad parece instalada en el hecho creativo de pintar, revivido por este encargo y sus dimensiones. ¿Es capaz de pintar? ¿Se ha vuelto una enfermedad crónica de la que todos esperan seguir la evolución de sus síntomas y ella, lo que desea en el fondo, es en realidad curarse?
‘No le sale nada. Todos los días, la misma coreografía en ocho tiempos. Primer paso, se coloca frente al lienzo en blanco. Segundo, ojea unos bocetos, vuelve al ordenador, traza algunas líneas en la libreta. Tercer paso, se gira para volver a mirar el cuadro. Cuarto, dibuja con lápiz sobre el lienzo. Quinto, borra. Sexto, se desploma frente a la banqueta en la que se sienta a pintar cuando se cansa. Séptimo, suspira. Octavo, vuelve a la posición inicial. Intenta recordarse a sí misma que ha tenido épocas así. Sabe que acaban pasando. Pero la felicidad hace pensar que se acaba, y la tristeza, que no se acabará nunca. [...] Da igual pensar en el ciclo del agua, de las estaciones, de la historia’. Da igual, asume la narración. El arte sigue y no importa. Pero es crucial llevarle la contraria. Su capacidad de emoción e inteligencia resumidas en unos trazos, en un edificio, en una película, siendo genéricos, bien vale un riesgo por el reconocimiento, puede pensarse. ¿De veras lo vale?
La boca llena de trigo acusa a lo dañino de la exigencia que florece alrededor de quien es revelado como promesa. Hablan el dinero y el mercado, algo más que sabido. Son el verdadero conflicto que se suma a un estado, el creativo, de por sí bastante delicado y sujeto a arbitrariedades personales, también externas. Es inútil separarse del circuito, su velocidad te lleva, pero la escritura de Gómez Molina decide encajar cada movimiento y reflexión, impidiendo unas veces que la fluidez narrativa continúe, y otras acertando por demorar muy agudamente las derivas de la envidia y la falsedad al compadecerse. La crítica al mundillo artístico es somera, se despega poco de la historia. Aun así, estas páginas confirman la entereza y el interés que proseguirán en futuras por venir.