Alianza. Madrid, 2026. 272 páginas. 18, 95 €. Libro electrónico: 12,99 €.
Por Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz
Este es un libro de denuncia: toma nota del hecho notorio de que, en la geografía de la democracia española, los hay que afirman ser víctima de un agravio y sostiene que se trata de algo inventado, no real. ¿Quiénes son ellos? Los nacionalistas, como aclara el subtítulo. ¿Qué nacionalistas? Los catalanes y en menor medida los vascos: los nacionalistas antiespañoles, para entendernos. La contraportada desciende a los detalles y subraya el carácter rebelde de la obra frente a los planteamientos que han devenido abrumadoramente dominantes: “La política española contemporánea se ha edificado sobre una ficción promovida por los nacionalistas, legitimada por la izquierda y asumida por una derecha sin criterio: que España es una anomalía antidemocrática que ha oprimido a supuestas naciones genuinas como Cataluña o el País Vasco. Este ensayo desmonta esa fabulación y sostiene que el sistema autonómico, lejos de reparar una supuesta injusticia ancestral, ha propiciado, mediante incentivos perversos, desigualdades territoriales, privilegios de clase y un deterioro de la calidad democrática”.
Según Félix Ovejero, no existe un problema territorial sino un “problema nacionalista que durante décadas ha contaminado el debate público y condicionado la acción política”. Para el autor, un aguafiestas o incluso un auténtico cenizo, ese nacionalismo, que resulta xenófobo y esencialmente antidemocrático, y que no tiene nada de izquierdista, “debe ser combatido como en su día se hizo con el racismo o el machismo: no aceptando sus términos, sino mostrando que el verdadero problema es su sustrato ideológico”. Nada de conllevarlo.
Remontémonos en el planeta de los conceptos y sobre todo de los análisis de las mentalidades e incluso de lo que Jung llamó el inconsciente colectivo. En La promesa de un mejor pasado, publicado en El País el 31 de mayo de 2024, Juan Gabriel Vásquez afirmó que “el poder político es, entre otras cosas, la capacidad de imponer en una sociedad determinada una versión de la historia”, la llamada “guerra por el relato”.
El autor se pregunta por qué es tan vulnerable el pasado y ofrece una respuesta “vertiginosa y a la vez sencilla”: “Porque, en cierto sentido sólo existe mientras lo imaginamos”. Y pone la siguiente referencia de hace casi un siglo: “Paul Valéry, que tantas veces y tan bien habló sobre estos temas, visitó a un grupo de estudiantes en 1932, y habló con ellos de nuestra difícil relación con los hechos de la historia. Los mismos hechos, los recordó a estos estudiantes, constituían un relato si los contaba un historiador radical y librepensador (Michelet, por ejemplo) y otro muy distinto si lo contaba un historiador conservador y ultracatólico de tendencias autoritarias (por ejemplo, Joseph de Maistre). ¿Cómo es eso posible? Valéry responde: es posible porque el pasado es una cosa enteramente mental. Y en seguida añade: No es más que imágenes y creencias”.
Esa película -la manipulación, el relato, el control mental de la gente mediante mitos- no resulta nueva, aunque ahora se muestra más intensa. De un año antes, el 13 de marzo de 2023, es un artículo periodístico de otro iberoamericano, Jorge Fernández Díaz, “Un mundo sin columnistas”, que apareció en ABC: “Desde hace unas décadas gobernar es fundamentalmente narrar, y los gobiernos se han transformado en laboriosas y efectivas máquinas de ficción. Su principal actividad es gestionar las coartadas ideológicas y trazar los perímetros de la discusión popular”.
De lo que labran los que se califican como “escribas del palacio” se afirma, con tono de escándalo, que es “un cuento”, porque “no hay peores fake news que esa serie de falacias o medias verdades emitidas e institucionalizadas por el Estado y reforzadas por sus propios medios -cautivos o asociados-, por sus militantes de tertulia y por los activistas convencidos o bien pagados que operan cada día en las redes para defender lo indefendible, explicar lo inexplicable, embellecer lo horrible o darle seriedad a lo esperpéntico”.
Pues bien: “En esa guerra de las palabras, los articulistas [y tal sería aquí, por cierto, el papel de Ovejero] se ven obligados cotidianamente a correr detrás de las tramas impuestas desde arriba y a desmontarlas una por una, en una especie de carrera del gato y el ratón, que a veces parece cómica, y que en el fondo es trágica”. Pero la cita debe seguir: “Porque tanto el postmarxismo como su primo carnal -el neopopulismo- han afinado hace rato el arte primordial del timo: dominar la lengua, fomentar fábulas acerca del pasado y del presente, generar identidad, dividir con discurso a los justos de los réprobos, estigmatizar adversarios y relativizar horrores de sus socios más abominables. En la estela de Gramsci -el lenguaje es creador de realidad- y de algunos postestructuralistas -la realidad no es objetiva sino subjetiva y el poder se construye con un sistema de enunciaciones bien calculadas- la política es un permanente acto bautismal: se lo bautiza a un oponente como repudiable o reaccionario y al final de un proceso insistente la sociedad queda finalmente persuadida”.
Ni el colombiano Juan Gabriel Vásquez ni el argentino Jorge Fernández Díaz lo dicen, pero en sus diatribas -la constatación de que todo son meras milongas- subyace la lúcida afirmación de Benedetto Croce de que toda historia es historia contemporánea: si se elabora un pasado es para influir en el presente. Con razón informaba ABC el 25 de septiembre de 2024 de que trescientas mil personas, hartas de que las sectas le coman el coco a la pobre gente, pidieron que el lavado de cerebro -control mental, manipulación psicológica, adoctrinamiento, catequesis o como se le quiera llamar- se tipifique como delito en el Código Penal.
No hace falta decir que todo nacionalismo se construye con esos mimbres históricos, los del MAGA: un pasado paradisiaco -el jardín del Edén del Génesis, el buen salvaje de Rousseau, los tiempos dorados de Don Quijote-, un enemigo pérfido que vino a arrebatárnoslo y, finalmente, la utopía, es decir, el reino feliz de los tiempos finales, para decirlo con las conocidas palabras del título del precioso trabajo de Manuel García-Pelayo.
Dentro de ese género de ficciones, merecen un lugar propio los nacionalismos antiespañoles, que han encontrado en México su sede indiscutible. Tomás Pérez Vejo lo tiene bien estudiado -y criticado-: valga como ejemplo su artículo de ABC del reciente 15 de enero de este 2026, “México y Españas (en plural): de perdones y relatos”, con una síntesis inicial categórica y que no deja dudas sobre cuál es la posición del autor: “Sólo puede pedir disculpas quien tiene capacidad moral para hacerlo y ni el actual Estado español ni los españoles de hoy pueden hablar en nombre de un Estado, la Monarquía Católica, y de los conquistadores, de los que son tan herederos, o tan poco, como el actual Estado mexicano y los mexicanos actuales”. Y eso por no hablar de Edmundo O’Gorman, el autor de esa frase tan iconoclasta -corrosiva, incluso- de que, en realidad, la conquista la hicieron los indios y la independencia los españoles. Baste recordar que su libro, del remoto 1958, se llama La invención de Amércia.
Si en México hay muchos indigenistas -es, se insiste, la historia dominante o incluso por así decir ortodoxa, al menos desde mediados o finales del siglo XIX, hasta cristalizar en la revolución de 1910-, de la doctrina del nacionalismo catalán, la Renaixença, hoy ya abiertamente independentista, puede predicarse que, aunque hija del romanticismo alemán y de Herder, tiene mucho en común con el cuerpo de ideas nacido al otro lado del Atlántico.
Ovejero, como los citados O’Gorman y Pérez Vejo allí, está entre quienes siempre se han empeñado -por ejemplo, en un libro anterior, Secesionismo y democracia- en llevarle la contraria a esos planteamientos y denunciarlos. Más aún, y desde una perspectiva de izquierdas (porque nuestro autor es de los que sigue creyendo en las ideas de la Revolución Francesa, libertad, igualdad y fraternidad, que invoca con frecuencia), señala, con tono acusatorio, su carácter esencialmente reaccionario, como, a modo de prueba del nueve, habría venido a constatarlo en los últimos tiempos la irrupción de Orriols.
En página 105 se exponen cuáles son “los pasos de la justificación independentista” para terminar llegando al derecho de autodeterminación. Los cuatro siguientes: “a) el pueblo catalán comparte una lengua; b) compartir una lengua es compartir una identidad propia; c) quienes, concentrados territorialmente, comparten una identidad constituyen una nación; y d) toda nación tiene derecho a un Estado, especialmente cuando sus miembros son objeto de discriminación y están privados de unos derechos de los que disponen los demás ciudadanos de la comunidad política”. Es como la doctrina del padre Mariana de la legitimación del tiranicidio: sin un verdadero tirano -el autor del agravio-, toda la construcción pierde pie. El tirano hace falta y si acaso no existe hay que pintarlo.
Lo segundo del libro es explicar los datos históricos en los que se basa -con las debidas tergiversaciones- esa historia de malos tratos poco menos que crónicos. A los precedentes más remotos -Caspe en 1412 o incluso el Decreto de Nueva Planta de 1716- se les presta una menor atención que a la Guerra Civil y al franquismo, sí, el de la SEAT en 1951, que son objeto de análisis en páginas 117 y siguientes, con los datos que son conocidos y que acreditan que, entre 1939 y 1975, aquella tierra no sufrió más represión que las demás y, sobre todo, en lo económico se vio distinguida y premiada.
Aun cuando no ignora nadie, y Ovejero en primer lugar, que el discurso de las cuentas pendientes -el que se combate- se encuentra muy interiorizado en la sociedad de allí desde tiempo inmemorial. Digámoslo con una referencia orteguiana de 1921 (que Ovejero no recoge), es decir, mucho antes del conflicto de 1936 y la posterior dictadura: “Pocas cosas hay tan significativas del estado actual como oír a vascos y catalanes sostener que ellos son pueblos oprimidos por el resto de España. La situación privilegiada que gozan es tan evidente que a primera vista esa queja habrá de parecer grotesca. Pero a quien le interesa no tanto juzgar a las personas como entenderlas, le importa más notar que ese sentimiento es sincero, por muy injustificado que se repunte. Y es que se trata de algo puramente relativo. El hombre condenado a vivir con una mujer a quien no ama siente las caricias de ésta como un irritante roce de cadenas. Así, aquel sentimiento de opresión, injustificado en cuanto pretende reflejar una situación objetiva, es síntoma verídico del estado subjetivo en que Cataluña y Vasconia se hallan”.
Dicho, insisto, hace más de cien años, cuando la Cataluña de Cambó, el gran favorito de Maura, estaba, violencia anarquista y patronal al margen, muy por delante en modernización, cosa que hoy no ocurre ni por asomo. Pero cerremos el paréntesis orteguiano y volvamos al libro de 2026 que estamos glosando.
El siguiente estadio, ya el tercero, de la elaboración del libro que aquí se está glosando consiste en exponer que el resto de la sociedad española -la izquierda y luego también la derecha- no sólo no ha impugnado esa mercancía, pese a serle cruelmente acusatoria, sino que la ha interiorizado, dándole la vitola más preciada, la de izquierdista y progresista. Así se explica, con tono, se insiste, nada complaciente, en páginas 127 y siguientes. Y no ahora, en los últimos años, sino desde los inicios de la democracia.
Ni que decir tiene, a modo de contexto general, que todo resulta intrincado y contradictorio en los discursos a los que Ovejero contesta: el nacionalismo es naturalmente supremacista: soy diferente a ti significa que soy superior, pero al mismo tiempo voy por la vida como una víctima, aunque sólo sea porque tú eres tan ciego (y tan malvado) que no reconoces esa superioridad que resulta tan evidente.
El autor está entre aquellos a quienes no les gusta nada la realidad actual, pero eso no significa que pueda ser calificado entre los fans del texto de la Constitución de 1978. El capítulo 8 y último tiene un título que no se anda con paños calientes: se llama “el error de la transición”. Un yerro, en esencia, de diagnóstico, al creer que existía un genuino problema territorial, cuando lo cierto es que donde se encontraba el problema es en la solución que se arbitró, repleta de incentivos perversos: “El nacionalismo es el problema de la democracia española”, como se afirma en página 226 en una de las muchas frases lapidarias del texto. Y eso que de Negreira no habla.
El autor es un catalán (y barcelonés) de 1957, docente e investigador en la Facultad de Ciencias Económicas de allí, pero que ha vivido y estudiado algunas temporadas en Estados Unidos. Ni que decir tiene que a Ortega se le cita mucho, por ejemplo, en página 233 -su discurso parlamentario de 1932 sobre el Estatuto republicano- y en página 249, sobre sus Meditaciones del Quijote de 1914. Pero el hecho diferencial de Ovejero es la frecuencia con que se apoya en textos de autores de las universidades norteamericanas en donde estuvo, textos a los que sabe sacar petróleo debajo de las piedras: por ejemplo, en página 107, los trabajos de Edward Sapir (1884-1939) o su discípulo Benjamín Lee Whorf (1897-1941) sobre el lenguaje, al hilo de la actualización del concepto germánico de Volkgeist. O los de Daniel L. Everett (1951) acerca de la lengua de un pueblo del Amazonas. Lo dicho: que en el medio intelectual USA, cuya sequedad y superficialidad en los últimos tiempos es famosa por doquier, se pueda encontrar algo servible constituye un mérito sobrehumano, acreedor a un aplauso muy excepcional.
Y otro mérito aún mayor, si cabe: siendo los discursos sobre el noreste ibérico tan soporíferos -todos ellos, así de tirios como de muchos de los troyanos-, sucede que la lectura de este libro no sólo se muestra entretenida, sino que a ratos despierta sonrisas e incluso carcajadas de admiración. Quien se lo iba a decir a un Valentín Almirall o a un Josep Puig i Cadafalch, que, dicho sea sin descubrir nada nuevo, se mostraban tediosos hasta el grado de tirar para atrás.
A los heterodoxos (más aún, herejes sin disimulo: los valientes de verdad) hay que valorarlos mucho. Y Ovejero -un revisionista, dicho sea sin ofenderle- lo es por partida triple y en ambas con carácter eminente: primero, por despellejar hasta la carne viva el marco constitucional de 1978 en lo que hace a la distribución territorial del poder -lo existente obedece a un vicio de origen y no a la degeneración de un modelo ideal-; segundo, por hacerlo con unas herramientas intelectuales con origen norteamericano pero de las que sabe obtener un partido que nadie habría podido imaginar; y tercero, por hacer reír cuando habla de cosas tan insufribles.