Cultura

Guinovart, Morera y Txaikovski: tres maestros únicos en Tritó

RESEÑA

Javier Mateo Hidalgo | Martes 24 de marzo de 2026

El pasado jueves 30 de octubre, en el Auditorio Nacional de Música y dentro del marco de Ibermúsica en su temporada 25-26, el director ruso Vasily Petrenko dirigía un programa sinfónico que se inauguraba con una pieza insólita. Nos estamos refiriendo a La vida secreta del pianista y compositor barcelonés Albert Guinovart (1962). Su trayectoria como creador alcanzaba un merecido reconocimiento gracias a su musical Mar i Cel (1988). Fue en 2003 cuando a fin de sumarse a las celebraciones del centenario del pintor irrepetible Salvador Dalí, compuso la obra que aquí mencionamos y que toma como título uno de los libros más conocidos del pintor de Cadaqués, de corte autobiográfico y publicado en 1981. Se trata de una sonata para piano a cuatro manos convertida a partitura orquestal y que traduce musicalmente dicha obra literaria, a caballo entre los recuerdos personales y profesionales. El resultado es un trabajo que mezcla momentos irónicos con otros al más puro estilo Gershwin, siempre manteniendo lo melódico e incluso insuflando de ternura una partitura moderna y a la vez clásica —como lo era también el estilo del artista surrealista—.

Dicha obra se encuentra contenida en un estupendo disco que aquí reseñamos, publicado por el excelente sello Tritó, cuya labor de difusión y recuperación del patrimonio musical catalán resulta encomiable. Entre sus títulos destaca este, que incluye a otros dos maestros únicos: el compositor barcelonés Enric Morera (1865-1942) —representante del modernismo musical y famoso por la mítica sardana La Santa Espina— y su Cançons de carrer y el músico ruso Piotr Ílitx Txaikovski (1840-1893) y su Suite Nº 4, op. 61 en Sol Mayor, “Mozartiana”. La grabación se encuentra registrada precisamente por el mismo maestro del concierto, Vasily Petrenko, que dirige a la Orquesta de Cadaqués. Las tres obras surgen de tres admiraciones: la de Albert Guinovart hacia la obra y personalidad de Salvador Dalí; de nuevo, la de Guinovart por la música de Enric Morera —que le llevará a orquestarla—; por último, la de Txaikovski por la música de Wolfgang Amadeus Mozart.

En el profuso libreto del CD, el propio Guinovart informa de que La vida secreta tuvo “un recorrido bastante curioso” desde que fue creada hasta su registro en esta grabación. Fueron las hermanas Eulàlia y Ester Vela —que celebraban su décimo aniversario como dueto de piano— quienes encargaron a Guinovart la obra. De ahí, que debiera ser interpretada a cuatro manos —del mismo modo que Maurice Ravel compuso su Concierto para la mano izquierda en re mayor (1929-1931) para el pianista Paul Wittgenstein, que había perdido su brazo derecho durante la Primera Guerra Mundial—. El encargo, que tuvo lugar durante las celebraciones de los cien años del “genial ampurdanés”, hizo que Guinovart buscase homenajearle, “llevado por la fascinación que siempre” había sentido “por ese personaje extraordinario”. Dividida en tres movimientos, La vida secreta estuvo más inspirada “por el espíritu del artista que por sus mismas obras”. Por ello, los títulos de cada parte no provienen de obras suyas sino que son “palabras salidas de sus labios”. Ya desde su concepción, Guinovart buscó trasladarla a la “paleta orquestal”, resultando ideal para su estreno en el Festival de Cadaqués en 2006 —”tierra tan vivida por el artista”. En su instrumentación, el compositor se permitió alguna licencia “a fin de hacer lucir más el conjunto orquestal e intentar buscar colores y sonoridades con las dimensiones de una orquesta clásica".

Organizada siguiendo la estructura de la sonata tradicional —rápido, lento, rápido— pero tamizada por el estilo tan característico de Guinovart, el primer movimiento Autoretat antipsicològic, refiere a cómo Dalí describía su pintura Autorretrato blando con bacon frito (1941). En él, emplea básicamente dos temas —uno rítmico y otro melódico— que alterna, explotando una estética rítmica propia de la música americana tan jazzística de la primera mitad del s. XX —país donde residió Dalí entre 1940 y 1948, huyendo de la Segunda Guerra Mundial europea—, con otra más dulce aunque igualmente amable. En algunos momentos, raya lo esperpéntico y surrealista, si bien finalmente se acaba retornando al orden, siguiendo la reexposición lógica de los temas. El segundo movimiento, Espectre fòssil, recoge una frase del libro que a Guinovart le resultó muy daliniana. Como decíamos, el compositor no se basa en cuadros concretos del pintor, si bien su título y atmósfera sonora nos puede llevar al paisaje playero presente en el lienzo El espectre del sex-appeal (1934), donde los violines iniciales, de carácter más siniestro —como la figura central y gigantesca del óleo—, dan paso a vientos y cuerdas que parecen emular a la lentitud de las olas del mar, que en la mitad central de la pieza se desbocan para retornar posteriormente al estado previo. La última parte, El paroxisme de l´alegria, corresponde a una frase contenida en el Manifiesto místico que Dalí ideó en 1951. A diferencia del carácter religioso del texto, Guinovart apuesta por ritmos desenfadados —con fuerte presencia de la percusión— y de corte casi circense y delirante. El compositor emplea el tono alegre de los Rondós presentes en la sonatas clásicas, si bien tras una primera parte llega un segundo bloque de corte más nostálgico que acabará retornando a la primera parte para desembocar en un divertido final.

La segunda de las obras interpretadas en el disco, las Cançons de carrer (“Canciones callejeras”) de Enric Morera, fueron compuestas en 1926 y están orquestadas por el propio Guinovart. En su labor, emplea un colorido respetuoso con estas “preciosas melodías”, buscando “mantener la simplicidad de aquel acompañamiento original de guitarra o piano, a modo de un cantante que se acompaña a sí mismo”. Así, evitando eclipsar la voz humana, recurre a una orquesta de “poca densidad”, consistente en quinteto de viento, percusión y cuerda. La soprano Rosa Mateu (1967) —alumna de Carmen Bustamante (1938)— hace auténtica justicia a esta obra brillante y luminosa estructurada en nueve partes que ponen música a poemas de Josep Maria de Sagarra (1894-1961) —autor de la célebre obra teatral La herida luminosa (1954)—: Clavell del balcó (“Clavel del balcón”) —canción llena de sentimiento, que alterna partes más dramáticas con otras más felices, dedicándose a la flor del clavel, cuyo “perfume es como una cárcel” que hace sentir “todos los males”—, Ai, Marguerida (“Ay, Marguerida”) —canción destinada a un amor que se recuerda clavado “en el corazón”—, Abril —refiere, llena de colorido, al mes de la estación primaveral—, L´oreneta (“La golondrina”) —remite melancólicamente a este pájaro becqueriano que abandona el lugar en busca de parajes más cálidos, prometiendo volver—, Estel del matí (“Estrella del mañana”) —canción amorosa plena de alegría y vivacidad— y La font (“La fuente”) —triste canción que vuelve a hablar del amor a través del manar del agua como suspiro apenado—.

La tercera y última obra incluida en el disco, la Suite Nº 4 (1887) de Txaikovski, surge de la fascinación sentida por el compositor ruso hacia la obra del músico salzburgués. Una atracción que se remonta a su etapa de estudiante, cuando participó en el Conservatorio de Moscú para representar La nozze di Figaro. Por aquellos días apuntó en su diario: “Pensar en una suite a partir de Mozart”. A lo largo de tres años elaboró la presente pieza, formada por cuatro movimientos inspirados en las siguientes piezas breves mozartianas: la Giga en Sol menor (1789), el Minuet en Re mayor (1770), el Ave Verum Corpus (1791) —en la transcripción pianística realizada por Franz Liszt (1871)— y las Variaciones para piano (1784). Txaikovski tomó las piezas originales y las orquestó siguiendo el gusto del siglo XIX, recreando así “el pasado en un mundo contemporáneo” y buscando que dichas obras de Mozart fuesen reconocidas por sus coetáneos. Con ellas —en palabras de Guinovart— “el director Vasily Petrenko ha podido dialogar asimismo con un compositor ruso, haciendo así que el cruce de homenajes de este disco compacto quede completo”.

Nos encontramos pues, ante un disco inusual por su contenido y original selección —como hemos visto, perfectamente justificada— que hará las delicias de los melómanos más exquisitos. Una oportunidad única para acercarnos a la tradición y a su abrazo con la modernidad que nos brinda la excelente Tritó.